Experimentos en el hombre (Diccionario de Teología Moral)

1. Noción.

Bajo este nombre comprendemos actos como: operaciones quirúrgicas, inyecciones, administraciones de medicinas y cosas similares, p. ej., alimentos deconocidos en sus efectos; actos realizados no porque son medios útiles y más ciertos para el bienestar de la persona, sino porque queremos aumentar nuestro conocimiento y experiencia y especialmente la ciencia y el arte médico. En líneas generales se puede definir: hacer experimentos sobre el hombre es usar el mismo cuerpo humano (no se trata de su actividad natural), para promover la ciencia, la experiencia y la habilidad práctica.

2. Licitud.

Ante todo está prohibido realizar experimentos en una persona sin su consentimiento; nadie tiene derecho a disponer del cuerpo del prójimo. Aunque el experimento sea sin daño, el acto es malo, ya que es una violación del derecho natural del prójimo. Este consentimiento no se comprende en el acto con que una persona se confía al cuidado de un médico dejándole hacer lo que crea útil; porque el paciente hace esto bajo la cláusula de limitar el permiso a los actos necesarios o útiles para su curación. Esto se sigue de la misma naturaleza de las cosas. Es cierto que el paciente da permiso general, pero al médico en cuanto tal, es decir, al hombre que no busca otra cosa que la curación y el bienestar de su paciente.

Queda el problema de si el hombre puede usar de su propio cuerpo para experimentos, y dar a otros facultad de usar de su cuerpo para estos experimentos; de aquí se seguiría que éstos no harían mal usando de este permiso. Es necesario distinguir diversos casos: a) si se trata de experimentos de los que consta con certeza moral (que excluye la probabilidad, el serio temor de errar, por estar fundada en el conocimiento de las cosas que se trata) de que no ocasionarán daño al cuerpo y, por lo tanto, al hombre, tales experimentos son lícitos, si por ellos el hombre puede promover la ciencia útil a la humanidad; b) si se trata de experimentos que no tienen ninguna utilidad para el bienestar corporal de la persona y existe además un peligro más o menos grave de consecuencias dañosas para el cuerpo, estos experimentos están en contradicción de la ley moral; porque realizarlos significaría tratar el cuerpo humano y por lo tanto al mismo hombre como a una cosa ordenada a un bien externo; sería hacer un mal para lograr un bien. El que realiza el experimento en estas circunstancias lo hace porque es incierto: por lo tanto, porque existe peligro; por esta razón directamente quiere el peligro de ocasionar daño corporal. Esto no es nunca lícito. c) Hay un tercer caso en que se trata de experimentos útiles no sólo para la ciencia, sino también para la misma persona en el sentido de que a falta de medios ciertos para curar o salvar al paciente, el médico usa un medio incierto aun cuando duda si hará bien o mal. En este caso nos encontramos con experimentos de otro género. Para obrar según la ley moral el médico debe dejar a un lado la consideración de la utilidad que el experimento pueda tener para la ciencia y dejarse guiar solamente por el interés del paciente. Si hay más esperanza de salvar la vida o hacer curar al paciente con el uso del medio incierto que sin él, es lícito usar el medio,

3. Sobre los condenados a muerte.

Sobre los condenados a muerte es lícito el experimento sólo cuando se va guiado por una precisa finalidad científica, por un motivo proporcionalmente grave y se realiza con el consentimiento explícito del sujeto. De otra suerte, razones de humanidad y de justicia prohíben estas pruebas: si el individuo ha sido condenado a muerte para expiar una culpa, no por esto pierde su dignidad humana y el derecho al respeto ajeno.

Si el experimento se hace por justos motivos autorizado por el magistrado como conmutación de la condena a muerte (y, entiéndase, con el consentimiento del interesado, y de aquí se sigue una enfermedad particularmente penosa, no sería por esto lícito matar al individuo, el cual, al sujetarse al experimento, ha descontado la pena, ni siquiera en el caso de que el individuo mismo lo pida; pero habrá que procurar por todos los medios aliviar sus sufrimientos y permitirle una vida soportable.

4. Experimentos sobre niños y dementes.

Así como en los experimentos sobre el hombre está en pleno vigor el principio del libre consentimiento del individuo, no es lícito tampoco practicar estos experimentos cuando comprometen la salud de personas incapaces de consentimiento válido (niños, dementes).

Estos experimentos no son lícitos ni siquiera empleando sujetos incapaces portadores de afecciones incompatibles con la vida.

5. Experimentos sobre los moribundos.

Análogamente es ilícito realizar en los moribundos experimentos peligrosos que puedan apresurar o hacer más penosa su muerte. En éstos, sin embargo, puede ser moralmente lícita por motivos proporcionalmente graves la ejecución de experimentos inocuos e indoloros, con finalidad científica, como la inyección de sustancias colorantes no nocivas, destinadas a poner en evidencia -en la exploración posterior del cadáver – especiales estructuras morfológicas por determinados procesos funcionales.

6. Experimentos psicológicos.

Hay todavía una serie de experiencias que no es lícito realizar sino por motivos muy graves sin la explícita autorización de los sujetos, que habrán de dar su asentimiento después de ser instruidos sobre la importancia de las investigaciones y de sus habituales resultados; nos referimos a las investigaciones, que, aunque no ocasionen un daño sensible material al sujeto, pueden dañarle espiritualmente, ya que el individuo que se somete a ellas pierde el autocontrol y pone más o menos al desnudo sus tendencias, sus sentimientos, su vida ideoafectiva.

Es cierto que el experimentador, además de la escrupulosa observancia de las normas éticorreligiosas, está obligado al secreto profesional, pero el individuo a examinar podría negarse a someterse a la prueba (hipnotismo, u otros métodos que requieren el empleo de drogas que relajan los frenos de la inhibición consciente), si conoce sus efectos, los cuales por lo tanto es obligatorio señalárselos de antemano.

Se han de condenar absolutamente los experimentos que – como el psicoanálisis – sugieren sueños y fantasías inmorales o de algún modo perturban con sutiles y persistentes indagaciones sexuales, y con peligro de escándalo, la conciencia de los individuos.

7. Cesión del propio cuerpo por una cantidad de dinero.

Es ilícita la cesión pagada del propio cuerpo a fin de que sea objeto de experiencias peligrosas o dañosas para la salud; es igualmente ilícito al experimentador tal adquisición. Sólo cuando estas experiencias tengan un fin racional de gran utilidad científica o práctica podrán hacerse lícitas siempre que, entiéndase bien, se practiquen con medios honestos; en este caso el dinero ofrecido por el investigador y aceptado por el individuo asume el valor de una compensación comprensible por los riesgos conscientemente afrontados en vista sobre todo de un notable bien común.

8. Experimentos de hibridación humana.

Son intrínsecamente ilícitos los experimentos dirigidos a estudiar los efectos del cruce entre el hombre y los animales, ya se haga de un modo natural, ya se trate de investigaciones efectuadas por medio de la fecundación artificial. En el primer caso, perteneciente ciertamente más a las perversiones sexuales que a las indagaciones biológicas, la prohibición cae abiertamente bajo el 6.º Mandamiento del Decálogo; en el segundo, la prohibición nace del hecho de que la fecundación artificial está prohibida en sí, como se explica en dicha voz.

Ni siquiera en el caso de que el experimento se haga con espermatozoos procurados sin culpa, puede encontrar la aprobación de la Iglesia, fiel y constante defensora de la dignidad humana y de la distinción neta – querida por Dios Creador – entre el hombre y las demás criaturas.

9. Autoexperimentos.

Las conquistas de la ciencia se verifican no pocas veces gracias al sacrificio de víctimas que la humanidad presenta como héroes a las generaciones futuras. Entre estos bienhechores ejemplares destacan los médicos: médicos que no han dudado en ofrecer su propia persona para experimentar los efectos de un nuevo fármaco, para valorar la virulencia de un microbio o la eficacia de una vacuna, etc., con miras al progreso científico y al bienestar de la comunidad.

La moral católica – que no hace muchos años (1952) se pronunció explícitamente a este propósito por boca del Sumo Pontífice – admite estos experimentos, siempre que tengan una posibilidad concreta de éxito, y justificación proporcionada al riesgo que se corre y cuando no haya otro medio menos peligroso para obtener el mismo propósito.

(Card. Roberti, Francesco; Palazzini, Pietro. Diccionario de Teología Moral. Barcelona: Editorial Litúrgica Española, 1960)