Sexualidad (Diccionario de Teología Moral)

1. Generalidades.

Es la disposición a considerar como sola o prevalente felicidad la satisfacción sexual y en el plano ético constituye el núcleo principal del sensualismo: teoría filosófica que hedonísticamente considera el placer de los sentidos como el fin máximo de toda acción.

La sexualidad suele concretarse en una suerte de aberraciones del instinto sexual, ya que pospone la natural finalidad genesíaca al capricho desordenado de los placeres sexuales. Esta satisfacción se busca con procedimientos condenados por la moral católica (véase Meretricio, Neomaltusianismo, Perversiones sexuales).

Juzgamos oportuno aquí deternos sobre un asunto quese halla en estrecha relación con la sexualidad, que es la llamada reforma sexual.

2. La reforma sexual.

M. Hirschfeld (1868-1935), padre de la sexología moderna y defensor de la licitud de muchas perversiones sexuales.

No pocos sexuólogos, capitaneados principalmente por M. Hirschfeld, director del Institut für Sexualwissenchaft, han creado desde hace poco más de treinta años un movimiento que tiende a la reforma sexual, sosteniendo la imposibilidad de la castidad formal, la licitud de cualquier práctica sensualística y otros conceptos de esta especie en abierta contradicción con la moral católica. Para los propugnadores de la ciencia sexual los dictámenes de la Biblia y de la Iglesia constituían vínculos tal vez útiles en tiempos primitivos y para poblaciones semibárbaras, hoy no sólo superados, sino irrealizables e inútilmente oprimentes; para que el género humano consiga la felicidad conviene más bien que el hedonismo – con la saciación libre de los sentidos – vuelva a su auge como en los siglos áureos y el paganismo.

No hace falta decir la necia utopía que representan estas teorías, ya que es realmente inconcebible la consecución cualquier felicidad por medio de las lágrimas, los lutos y los delitos que se derivan de una actuación práctica de los principios sexuales defendidos por estos reformadores. Evidentemente al médico católico no le es lícito colaborar en ningún modo con el movimiento sexuológico en examen: movimiento que parte de premisas heréticas para llegar – a través de un camino brutal de egoísmo – al dolor y al delito.

3. La promiscuidad de los sexos.

Sin embargo, la sociedad moderna, especialmente en aquellas naciones que se han sustraído a la influencia espiritual de la Iglesia católica, va aceptando de día en día muchos principios propugnados por Hirschfeld y sus secuaces: de aquí la difusión, especialmente en ciertos círculos intelectuales, de la homosexualidad; de aquí el amor libre, el neomaltusianismo, el constante y pavoroso aumento de divorcios, etc., con las graves y notorias consecuencias morales, sociales y patológicas que han de afectar a toda la humanidad.

Uno de los corolarios de estos insanos principios es la promiscuidad de sexos: mal que a primera vista puede aparecer no tan grave, pero que de hecho viene a ser frecuentemente pernicioso porque puede constituir fácilmente la premisa, la ocasión y el incentivo para aquellos males mayores anteriormente señalados.

Todos saben cómo la prudente separación de muchachos y muchachas que existía hasta hace algunos decenios prácticamente ha desaparecido. En las escuelas, en las fábricas, en las oficinas y en todo género de reuniones los jóvenes de ambos sexos suelen vivir juntos en una camadería aparentemente asexada; se encuentran a cualquier hora del día y de la noche y se asocian en bailes, excursiones, vacaciones, etc., sin acompañamiento ninguno de padres o familiares, lo cual puede favorecer muchas irregularidades morales.

Esta situación es indudablemente cosa de nuestros tiempos modernos, que – al amparo de las exigencias económicas y con el favor de dos largas guerras que sustrayendo a los varones a su habitual trabajo han hecho necesaria la prestación femenina – ha movido a la mujer a la conquista permanente de ocupaciones retribuidas que en otro tiempo se reservaban al hombre, alejándola de su reino legítimo que es el hogar. Esto explica el que las familias orienten a sus hijas hacia las carreras escolares de los varones, a fin de que – después de la consecución de un diploma o de un grado académico – puedan participar en cualquier concurso u oposición, y cómo las jóvenes, una vez conquistado su empleo traten de sustraerse a la autoridad de los padres de los cuales no dependen ya económicamente, sino que por el contrario, con frecuencia les ayudan con una parte de sus ganancias; esto explica finalmente el que las mujeres empleadas quieran mantener cierta independencia incluso frente al marido, ya que contribuyen con su sueldo al bienestar de la nueva familia. Ahora bien, esta independencia femenina que tiende a generalizarse aun donde no va movida por razones económicas, no puede menos de aportar un incremento a la sexualidad.

Trátase de justificar este uso con las presuntas ventajas que se pueden esperar; a saber, que los jóvenes adquieran una mayor espontaneidad y soltura en el trato con los coetáneos de otro sexo, y las muchachas aprendan a defenderse de la seducción mejor que cuando vivían aisladas.

Existe por el contrario el hecho de que la espontaneidad degenera con frecuencia en descaro y la mayor libertad se convierte en incentivo de reprobables atractivos del amor libre y de las calculadas condescendencias de que hemos hablado a propósito de la iniciación sexual. No hemos de olvidar que esta especie de igualdad de los sexos que se quisiera obtener por medio de la promiscuidad, etc., tiende a realizarse en la práctica no – como sería de desear – con la difusión de las mejores cualidades (la sinceridad de los jóvenes, la delicadeza de las jóvenes, y similares), sino con la generalización de los defectos ( grosería, mala educación, intemperancias, etc.), de donde proviene un decaimiento global de las costumbres.

Finalmente – y éste es acaso a la larga el aspecto éticamente más grave de la promiscuidad de los sexos y de la invasión femenina de los empleos masculinos -, hay que pensar en las dañosas consecuencias que puede sufrir la humanidad por el abandono de los cuidados domésticos por parte de la mujer moderna.

4. Conclusiones morales.

La moral católica, que considera la pureza como uno de los más ricos tesoros del género humano, condena decididamente la sexualidad, en cualquier forma, y el médico, instruido por experiencia en las deplorables consecuencias del hedonismo, no puede menos de acomodarse a esta firme condenación que comprende también las seudocientíficas consecuencias de la reforma sexual.

Debieran también cuidar los gobernantes de ir reduciendo gradualmente el acceso de la mujer a los empleos, mejorando las retribuciones de los hombres y favoreciendo de distintos modos el retorno de las mujeres a su natural ambiente doméstico para el cual fueron creadas. Como por otra parte la promiscuidad en las condiciones presentes no puede evitarse siempre, los padres tienen una obligación aún más estricta de vigilar sobre ella para evitar sus degeneraciones. Y los mismos jóvenes deben darse cuenta igualmente de que si una correcta relación con los coetáneos de otro sexo no es cosa de suyo mala, puede fácilmente llegar a serlo cuando se aflojan los frenos del autodominio y los sentimientos de respeto para la persona ajena que la enseñanza religiosa inculca y que son fruto de un carácter bien templado y de un elevado nivel ético.

(Card. Roberti, Francesco; Palazzini, Pietro. Diccionario de Teología Moral. Barcelona: Editorial Litúrgica Española, 1960)