La Religión (Luz y Vida)

CAPÍTULO VIII

LA RELIGIÓN

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J.— ¿Sabrías decirme, amigo lector, qué nombre solemos dar al conjunto de actos con los cuales rendimos a Dios nuestros homenajes de adoración, amor, servicio?

T.— Creo que el nombre más apropiado es precisamente éste: Religión.

J.— Muy bien; y ya en este plan, ¿qué te parece: a Dios le gustará cualquier religión?

T.— Ya verá: yo creo que si uno va de buena fe, Dios se complacerá también en su religión, ¿no le parece?

J.— No te alejas de la verdad. Puedes estar bien seguro de que ninguna injusticia, ningún absurdo hallarás en la verdadera religión.

T.— Pues, ¡cuántos hay que no lo creen así!

J.— Porque no la conocen; y muchas veces se parecen a Don Quijote de la Mancha, que atacaba molinos de viento creyendo que eran gigantes.

T.— No entiendo lo que quiere decir.

J.— Sencillamente: hay algunos que se la toman contra la Religión porque enseña, prohíbe o manda tal cosa o tal otra; y muy a menudo, la religión no tiene nada que ver con ello; pues son cosas que estos señores se han imaginado y lo han achacado a la religión; y por allí la atacan, quedándose luego tan campantes como si hubiesen dado en el blanco.

T.— Y han dado en un molino de viento.

J.— Así es.

T.— Pues yo creo que esta consideración abrirá los ojos a más de uno. Y puede que se quieran cerciorar de lo que la religión verdaderamente enseña, antes de tomársela contra ella.

J.— Si se trata de corazones nobles, así lo harán.

T.— Ojalá que lo hagan todos.

J.— Volviendo ahora a lo que me preguntabas: Claro está que si uno procede de buena fe, Dios no le castigará; antes hará de manera  que venga al conocimiento de la verdad; o, por lo menos, antes de morir, le dará las gracias necesarias para que se pueda salvar, porque la voluntad de Dios es que nos salvemos todos. Pero pensar que todas las religiones pueden agradar igualmente a Dios, es pensar que a Dios le puede agradar igualmente la verdad y el error, lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto.

T.— Comprendo muy bien; si las religiones son distintas, es que las unas enseñan cosas que las otras no enseñan, y aún cosas contradictorias entre sí; y como la verdad es una sola, y Dios es la Verdad infinita, es imposible que a Dios le agrade lo mismo una cosa que otra.

J.— Has discurrido muy bien. Uno de los absurdos mayores que han salido de la mente humana es afirmar que todas las religiones, aún consideradas en sí mismas pueden ser igualmente verdaderas y agradar todas a Dios de la misma manera.

T.— Entonces, ¿todos los hombres tienen la obligación de buscar y abrazar la religión verdadera?

J.— ¿No tiene cualquier hijo el deber de honrar a su padre como éste quiere y no como al otro se le antoje?

T.— Es evidente. Pero, ¿cómo sabrá el hombre cuál es la verdadera religión?

J.— El mismo Dios ha presentado tales señales, que para todo corazón recto no es difícil distinguirla.

T.— Me gustará conocer esas señales; ello me hará mucho bien, y estoy seguro de que a muchos otros les ocurrirá lo mismo.

J.— ¿Qué te parece? Si el mismo Dios se ha dignado venir a la tierra y nos ha enseñado un religión ¿habrá posibilidad de dudas para saber cuál es la verdadera, la que a Él le agrada?

T.— Ninguna duda será posible. Tal religión será la única verdadera, la única divina, la obligatoria, la única salvadora.

J.— Entremos, pues, en materia abordando, para ello, una segunda parte de este trabajo que titularemos: JESUCRISTO.