Estado e Iglesia (Diccionario de Teología Dogmática)

Estado e Iglesia:

El concepto de Estado es muy complejo y el término no ha sido siempre usado en el mismo sentido: algunos entienden con él más bien la autoridad, el poder, el gobierno; otros designan con esta voz el organismo social, la nación. Se puede decir que el Estado consta de la autoridad como elemento formal y de la multitud como elemento material. De aquí se puede sacar una definición aproximada del Estado diciendo que es la unión estable de familias e individuos en un territorio determinado, bajo la misma autoridad, a fin de procurar el bien común. El concepto de Nación implica unidad de raza y de historia, que puede faltar en un Estado políticamente constituido. Son diversas y contradictorias las opiniones acerca del origen del Estado como sociedad civil y acerca de la naturaleza del Estado como autoridad suprema.

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El Leviatán, de Thomas Hobbes.

a) Contractualismo (Hobbes, Rousseau): La sociedad civil tiene su origen en un contrato o convención de los hombres primitivos que movidos por el deseo de eliminar las luchas individuales y los desórdenes renunciaron a la plenitud de su libertad privada, sometiéndose a una voluntad general personificada en el Estado soberano. Esta concepción es fantástica y no tiene fundamento histórico alguno.

b) Absolutismo: El Estado lo es todo y el individuo es para el Estado. Este concepto domina ya en el paganismo y en diversa medida lo aceptan Platón y Aristóteles. Pero el absolutismo se ha afirmado en los tiempos modernos con las teorías idealísticas  de Hegel y de sus secuaces, que presentan el Estado como algo divino, como una religión, una voluntad absoluta, que absorbe la vida y la libertad de la persona humana: es la estatolatría de fondo panteístico, usada en apoyo de los regímenes totalitarios y despóticos. Estas teorías con su vuelta a las lamentables concepciones del paganismo no necesitan otra consideración que la de sus pésimas consecuencias, para ser refutadas.

c) Liberalismo: De acuerdo con los principios de la revolución francesa afirma la soberanía del pueblo y la igualdad de todos los ciudadanos en el ejercicio de sus derechos personales. El Estado (autoridad), delegado del pueblo, tiene la misión de mantener el orden público y regular, por medio de la ley, la armonía y equilibrio de la libertad. Es la teoría del Estado gendarme, a que contribuyó el mismo Kant, quien separando la moral y el derecho deja la primera a la autonomía de la razón individual y el segundo a la tutela del Estado más negativa que positiva. El Estado liberal, agnóstico en política y economía, lo es también frente al problema religioso y a la Iglesia.

d) Positivismo: Apoyándose en las teorías del evolucionismo explica el origen y naturaleza del Estado comparándolo al desarrollo natural de un organismo, sin influjo de principios inmutables o de una voluntad libre, sino conforme a una ley determinista.

Ésta y otras teorías, aun teniendo algún aspecto y alguna afirmación cierta, pecan todas de exageradas: o dan demasiado a la libre voluntad, o a la autoridad del Estado o al individuo. Pero el pecado más graves es del absolutismo, que hace del Estado un Moloc a quien ha de inmolarse la personalidad humana, que es sagrada. Es cosa que sorprende que las mismas corrientes democráticas, como es el socialismo, se inspiren en esta concepción, atribuyendo al Estado una ingerencia directa o indirecta en los intereses y en la vida privada de los individuos.

En cuanto al problema de la religión todas estas teorías son deficientes o erróneas, porque sugieren el desinterés del Estado (Liberalismo), o la absorción de la religión en la vida misma del Estado, que se declara divino, ético, religioso (Absolutismo idealístico), o la persecución declarada y la eliminación de toda religión positiva, especialmente de la Iglesia Católica (Comunismo y Socialismo).

Enfrente de todas estas doctrinas, que han dado tan amargos frutos en el campo político y social, se levanta la doctrina católica con sus tradiciones clásicas, con sus principios humanos y divinos basados en la razón y en la Revelación. En nuestros tiempos esta doctrina ha sido refundida, ilustrada y proclamada por León XIII, especialmente en sus Encíclicas «Immortale Dei», «Libertas» y «Rerum novarum», por Pío XI en su «Quadragesimo anno» y por Pío XII en sus frecuentes discursos de profundo contenido doctrinal.

De éstos y de otros documentos del Magisterio eclesiástico se deducen estas líneas fundamentales de la doctrina social cristiana acerca de la sociedad civil, del Estado y de sus relaciones con la Iglesia:

1) La sociedad tiene un origen natural, lo mismo que la familia, porque el hombre, naturalmente sociable (Aristóteles), no puede bastarse a sí mismo, sino que tiene necesidad de la ayuda organizada de sus semejantes para poder desarrollar sus aptitudes y conseguir su fin. Por ser natural, al sociedad tiene como autor al mismo Dios.

2) El fin de la sociedad y del Estado es el bien común de orden temporal, distinto y superior al bien privado. A este fin pertenece la tutela jurídica que defiende los derechos y asegura la justicia en las relaciones de los súbditos, y la asistencia o ayuda a las iniciativas privadas económicas, industriales, culturales, etc. Persiguiendo el bien común, el Estado no debe impedir, antes debe facilitar a los ciudadanos la consecución del fin sobrenatural (propio de la sociedad religiosa) a que está destinado todo hombre.

3) La autoridad del Estado viene de Dios; el pueblo, con su voluntad explícita o implícita, no tiene otra misión que designar la persona o el sujeto de la autoridad.

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Francisco Franco es condecorado con el Gran Collar de la Orden Suprema de Cristo, concedido por Pío XII por la defensa, custodia y propagación de la Fe.

4) Atendida la subordinación objetiva del fin temporal del hombre al fin sobrenatural, es evidente que la Iglesia, como sociedad religiosa instituida por Dios precisamente para el fin sobrenatural, no sólo no puede depender del Estado, sino que exige que el Estado le esté subordinado indirectamente, evitando la intromisión en las cosas espirituales tocantes a la Iglesia y el legislar u obrar en las cosas temporales de manera que pueda obstaculizar el ejercicio de la autoridad religiosa sobre los fieles y la práctica de la religión en los fieles mismos.

5) El Estado tiene el deber de reconocer y profesar la religión, porque, como la familia y el individuo, tiene su origen y depende de Dios. En consecuencia, el Estado tiene el deber, en lógica y derecho riguroso, de defender la Iglesia católica y prohibir los demás cultos. Por motivos prudenciales puede tolerarlos.

6) La Iglesia en un Estado que de hecho no siga estos principios estipula, para evitar conflictos, el Concordato, que consiste en un contrato bilateral de derechos y deberes, salvo siempre el principio de superioridad de la Iglesia.

(Parente, Pietro; Piolanti, Antonio; Garolafo, Salvatore. Diccionario de Teología Dogmática. Barcelona: Editorial Litúrgica Española, 1955)