7. ¿Quién es Dios? (Luz y Vida)

CAPÍTULO VII

¿QUIÉN ES DIOS?

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J.— ¿Ves este mi Longines, Tomás? Dijiste que necesariamente lo había fabricado un relojero, y dijiste bien. Pero ahora yo te pregunto, ¿sabes si aquel relojero, era español o alemán? ¿Si era alto o bajo? ¿Grueso o delgado? ¿Si era sabio o tonto?

T.— Por lo menos en asuntos de relojería, no podía ser un ignorante.

J.— ¿Cómo lo sabes?

T.— Porque como nada puede estar en un efecto que no esté en la causa, desde el momento en que el reloj es una verdadera maravilla, el constructor por fuerza había de ser muy entendido en el arte.

J.— Con ello, por la perfección del reloj, conoces la pericia del relojero. ¿No te parece, por tanto, que también nosotros, por la perfección del reloj del universo podemos rastrear, siquiera, la sabiduría de su Autor?

T.— Evidentemente el proceso será muy lógico.

J.— Dime, pues, ¿el Universo es algo real?

T.— Indudablemente.

J.— Luego Dios es un ser real; no un ser imaginario; no un ente de razón como dirían los filósofos; sino un ser que realmente existe, como existes tú, como existo yo, como existe el Sol, como existe el mundo.

T.— Y ¿no puede ser Dios el mismo mundo?

J.— Mira que sin darte cuenta caes en un absurdo que ya hemos rebatido. Dices que reloj y relojero son exactamente lo mismo.

T.— ¡Sí que me he lucido! Es verdad.

J.— Luego Dios es un ser completamente distinto del Universo, como el relojero es distinto del reloj, el arquitecto es distinto de la casa, el pintor es distinto del cuadro. Decir que Dios es el mismo mundo es confundir conceptos tan evidentemente opuestos; es suponer que el universo es inteligente, ordenador de sí mismo, o esa, es suponer tales absurdos que no pueden caber en ninguna inteligencia.

T.— Entonces, ¿quién es Dios?

J.— Para hacer más atractivo nuestro diálogo, voy a contarte una historieta. Dicen que en cierta ocasión un rey llamó al prior de un convento, y le dijo: —He sabido que usted es muy sabio, y quisiera que me dijera quién es Dios. El prior contestó: —Déme V. M. un día para reflexionar sobre ello. —Concedido — replicó el rey —. Al día siguiente, el rey llama al monje para conocer la respuesta; y el monje tímidamente, suplica al rey que le conceda una semana para pensar en el asunto. Se maravilla el rey, pero se la concede. Pasada la semana, le vuelve a llamar; y el monje, con mayor encogimiento, le dice:—Perdone V. M., pero habría de concederme un mes. Y pasado el mes, el soberano llama al monje: —El mes ha pasado ya, dígame ahora sin más dilaciones: ¿Quién es Dios? Y el buen prior contesta: —Perdóneme V. M.; día y noche estudio y medito para poder dar a V. M. una respuesta satisfactoria; pero cuanto más ahondo en esta pregunta ¿quién es Dios?, tanto más me pierdo en aquel abismo infinito de toda perfección sin fondo ni riberas, en aquel ser inconmensurable que, siendo la misma existencia, la soberana realidad personificada, no puede ser comprendida por nuestra pequeña inteligencia.

T.— Entonces, ¿nos hemos de encoger de hombros y renunciar a conocer a Dios?

J.— Vayamos por partes, amigo lector. Ciertamente que pretender un conocimiento exacto de la divinidad, es pretender un imposible. ¿Conoces la anécdota de San Agustín?

T.— No, señor.

J.— Paseaba San Agustín por la orilla del mar buscando si podía comprender el misterio de la Santísima Trinidad, o sea, al mismo Dios, y, de pronto, observó que un niño estaba atareado en meter agua en un pequeño hoyo que había excavado en la arena. —¿Qué haces aquí, pequeño? —preguntó Agustín—. —Estoy mirando si meto toda el agua del mar en este hoyo. —Pero, criatura, ¿no ves que esto es imposible siendo el mar tan grandioso y el hoyo tan pequeño…? —Más difícil es aún —contestó el niño— que la inmensidad de Dios quepa en una cabeza tan pequeña como es la del hombre. Y el niño desapareció. Comprendió entonces Agustín que no debemos tener la pretensión de comprender a Dios en toda su esencia, ya que para esto sería menester que fuéramos Dios como Él.

No se trata, por consiguiente, amigo Tomás, de dar una explicación total, completa, comprensiva de Dios. A esto no podemos llegar. Pero alcanzar un conocimiento relativo de su existencia y de sus perfecciones, sirviéndonos de las criaturas como de peldaños para subir hasta Él, y de la luz de la razón que Él mismo nos ha dado, esto ya es posible.

T.— ¿Juzga usted entonces culpables a quienes no creen o dicen no creen que Dios exista?

J.— Y muy culpables. Ya la Sagrada Biblia, en el libro de la Sabiduría, los acusa diciendo: «Necios son todos los hombres que no conocen a Dios; pues viendo las cosas buenas de la tierra y las maravillas de la misma, no supieron encontrar al Hacedor de ellas.» Y el Apóstol San Pablo afirma también: «Las perfecciones invisibles de Dios pueden conocerse por las cosas visibles que han sido creadas; incluso su poder eterno y su divinidad, y por esto no tienen excusa los que habiendo conocido a Dios (o habiéndole podido conocer) no le glorificaron como Él se merecía.» (A los Rom. 1-20, 21.)

T.— Duras palabras que habrían de hacer pensar seriamente a tantos despreocupados que no quieren reflexionar sobre estas cosas tan importantes.

J.— Y estos mismos individuos no tolerarían en modo alguno que sus hijos no se preocuparan de su padre y de honrarle como los padres quieren.

Además, todo el mundo, cuando ve un magnífico palacio, enseguida pregunta por su arquitecto; al ver un cuadro hermoso, pregunta por el pintor; al ver una estatua se interesa por el escultor, y se pondera su ciencia, su arte; se le erigen monumentos, se celebran sus centenarios, etc. Y, sin embargo, el verdadero padre de los hombres, al Gran Arquitecto del Universo, al divino pintor de tantas maravillas, al sabio escultor de los cuerpos vivientes, se le quiere desconocer; no se le da la gloria que es debida.

T.— Realmente es un contrasentido que no admite excusa de ninguna clase.

J.— Ayudémosles cuanto podamos, a fin de que, si tienen un poco de buena voluntad, puedan ellos cumplir le sagrado deber de conocer a su Creador y de honrarle cuanto sea posible.

T.— Yo creo que este librito les podrá ayudar un poco.

J.— Ojalá, Tomás, ésta es mi intención; y bien recompensado me sentiría si muchos se aprovecharan de él. Y, prosiguiendo en lo que decíamos: de lo que contemplamos en el mundo podemos llegar a un conocimiento de Dios, si no perfectísimo, bastante satisfactorio para lo que es dado a nuestra flaca inteligencia; conocimiento que se perfecciona enormemente cuando se añade lo que el mismo Dios se ha dignado manifestarnos por medio de la Revelación.

T.— ¿Qué es eso de la Revelación?

J.— La Revelación es el conjunto de verdades que Dios mismo se ha dignado manifestar a los hombres, por medio de los profetas y apóstoles, y, sobre todo, por medio de su mismo Hijo, Jesucristo; pero de esto ya hablaremos más adelante.

T.— Así que, ateniéndonos a lo que nuestra razón alcanza, ¿qué concepto debemos tener de Dios?

J.— Por lo que alcanza nuestra razón, sabemos que hay un solo Dios; que Dios es simple, sin partes; que Dios es un ser espiritual, sin materia; que es inmutable, eterno, inmenso, o sea, que está en el cielo, en la tierra y en todo lugar.

T.— Así me lo enseñaba ya mi madre cuando era pequeño.

J.— Benditas mil veces las madres que enseñan a sus hijos desde su más tierna infancia a conocer, amar y servir a Dios.

T.— ¿Qué otras cosas es Dios?

J.— Dios es infinito, o sea, que no está limitado por nada ni por nadie, antes bien, todas sus perfecciones son tan excelentes que no tienen límite alguno. Y, por tanto, Él es infinitamente poderoso, sabio, bueno, justo, misericordioso, etc. Y si quieres palabras más autorizadas, aquí tienes las del Concilio Vaticano, sesión 3.ª, capítulo I: «La Santa Romana Iglesia Católica y Apostólica cree y confiesa que hay un solo Dios vivo y verdadero, creador y señor del cielo y de la tierra, omnipotente, eterno, inmenso, incomprensible, infinito en su inteligencia, voluntad y demás perfecciones; el cual, siendo una individua sustancia espiritual, infinitamente simple e inmutable, debe ser concebido como esencialmente diverso del mundo, como infinitamente feliz en sí y por sí mismo, y sobre cualquier otra cosa existente o posible fuera de Él, infalible y sublime.»

Dios, por consiguiente, no es una ficción de la fantasía humana; no es la cristalización meramente ideal de nuestras aspiraciones; no es el eje subjetivo de nuestros pensamientos; no es un sueño, una quimera, una especie de «genio» para inducirnos a la virtud y alejarnos de la maldad. Dios es un Ser real, personal, con infinita inteligencia e infinita voluntad; que conoce todas las cosas, hasta nuestros más íntimos pensamientos; cuyo querer es poder. Dios es el Señor absoluto de todos los seres; principio y fin de la Creación; legislador soberano de todas las criaturas, y especialmente de la criatura racional; Juez insobornable, ante cuyo tribunal nos hemos de presentar todos para recibir un premio o castigo eternos.

Con palabras más filosóficas, te diré que Dios es el Ser por esencia, Acto purísimo; el Ser cuya esencia es el existir; la vida infinita y el Obrar infinito, o como dice Lippert («Visión católica del mundo», pág. 41): «Dios es la realización plena y total de su posibilidad. En él toda posibilidad existente está absorbida por la realidad. Él es todo lo que puede ser.»

T.— Siendo Dios quien es, justo es que lo bendigamos, que le alabemos, que le amemos con todo el corazón y que cumplamos fielmente su santa voluntad.

J.— Muy bien dicho, Tomás. Este es el deber natural, esencial y de sentido común de toda persona racional. Recemos, pues, juntos, Tomás: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre; venga a nos el tu reino; hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. Te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos; gracias te damos, Señor, por tu gloria verdaderamente grande… Tú solo eres el Señor, Tú solo el Santo, Tú solo el Altísimo, Tú solo el Creador de todas las cosas.

Y con esto, amigo lector, hemos llegado a un tema que requiere otro capítulo.

T.— Si es tan interesante como los anteriores, crea que disfrutaré de veras.

J.— Con la gracia del mismo Dios espero que no lo será menos.

T.— Pero antes, dígame, por favor: si Dios es tan bueno, tan sabio y tan poderoso, ¿cómo permite que haya tantos males en el mundo?

J.— Mira, Tomás, si mientras se construye una fábrica tú preguntas el porqué de tal rueda, ¿qué te dirán?

T.— Que espere a que la fábrica esté terminada, y entonces yo mismo veré y comprenderé el objeto de aquella rueda.

J.— Muy bien. Lo mismo te digo yo; pero, sin embargo, quiero adelantarte esto: por más que tus hijos lloren y pataleen, ¿dejas de mandarlos a la escuela?

T.— No; aunque sea a bofetadas.

J.— A fuerza de azotes me mandaba mi padre cuando tenía cinco años. ¿Y los padres son malos, injustos, crueles al obrar así?

T.— Lo serían si obrasen de diferente manera.

J.— Pues ya tienes aquí la primera explicación de tu dificultad. Nosotros somos niños ante Dios. No comprendemos el porqué de estas penas, pero en los planes del Señor, si nosotros no se lo estorbamos, todas redundan en nuestro mayor bien. Mas al final lo entenderás mejor y por esto, si te parece, pasemos ahora adelante.