10. El legislador que no respeta la ley moral cumple el mal y evita el bien (Teología Política)

Retomamos lo que escribimos el miércoles. La Revelación es «absolutamente necesaria, […] ya que Dios por su bondad infinita ordenó al hombre a un fin sobrenatural, esto es, a participar de los bienes divinos, que sobrepasan absolutamente el entendimiento de la mente humana; ciertamente ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó lo que Dios preparó para aquellos que lo aman (1 Cor. 2, 9)» (Dei Filius, II, Papa Pío IX, 24 de abril de 1870).

Para comprender la Teología Política es necesaria la Revelación, como ya hemos aprendido, asimismo la Iglesia es también fundamental. El ir por cuenta propia o el libre examen está anatemizado e impedido. Afirma Trento que la Iglesia es imprescindible, para que «[se ponga] el freno conveniente a las mentes presuntuosas que [han interpretado la Revelación] de manera infame». De hecho: « […] en las cosas tocantes a la fe y a las costumbres pertenecientes a la edificación […] debe tenerse por cierto aquel sentido de la Sagrada Escritura que siempre ha dado y da la Santa Madre Iglesia, a cuya autoridad corresponde juzgar el verdadero sentido y la verdadera interpretación de las santas Escrituras; por ello a nadie le es lícito interpretar la Escritura contra este sentir o e contra el juicio unánime de los Padres».

La Revelación no solo confirma la ley natural, sino que va más allá. Solo la enseñanza auténtica de la Iglesia puede, de hecho, conducir al hombre al pleno ejercicio de la libertad.

León XIII en la admirable Libertas praestantissimum (Acta 8, 218; cf. Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I-II, q. 90, a. 1: Ed. Leon. 7, 149-150) afirma: «Siendo ésta la condición de la libertad humana, le hacía falta a la libertad una protección y un auxilio capaces de dirigir todos sus movimientos hacia el bien y de apartarlos del mal. De lo contrario, la libertad habría sido gravemente perjudicial para el hombre. […] En cambio, los seres que gozan de libertad tienen la facultad de obrar o no obrar, de actuar de esta o de aquella manera, porque la elección del objeto de su volición es posterior al juicio de la razón, a que antes nos hemos referido. Este juicio establece no sólo lo que es bueno o lo que es malo por naturaleza, sino además lo que es bueno y, por consiguiente, debe hacerse, y lo que es malo y, por consiguiente, debe evitarse. Es decir, la razón prescribe a la voluntad lo que debe buscar y lo que debe evitar para que el hombre pueda algún día alcanzar su último fin, al cual debe dirigir todas sus acciones. Y precisamente esta ordenación de la razón es lo que se llama ley».

La Revelación es doble: la del Antiguo y la del Nuevo Testamento.

img_20200628_1716405141085664525522019.jpgLa Primera, junto a las leyes del culto y a las leyes judiciales, contiene una ley moral, que es expresión de la ley natural. «El Decálogo precisa los deberes para con Dios, los derechos y deberes para con la persona humana, la familia y el prójimo. Exceptuando el tercer mandamiento, el resto de mandamientos no superan las fuerzas de la razón humana», afirma Guerry. «Por lo tanto, éstos se imponen como expresión de la ley natural, aunque su autoridad está corroborada por el hecho de que son una manifestación positiva de la voluntad divina […], don gratuito de Dios». Así los Profetas desarrollaron un papel determinante a nivel social, los cuales denunciaron la injusticia, afirmando el derecho del pobre y del indefenso, y predicando la justicia en su doble vertiente: religiosa y social.

En la Segunda, Nuestro Señor Jesucristo sentenció que no vino, de hecho, para abolir la antigua Ley, sino para perfeccionarla, sobretodo proclamando la ley de la caridad, que mueve las virtudes y en particular a la justicia, «constituyendo la nueva ley con la gracia del Espíritu Santo» (Ibíd). Y la caridad verdadera (cf. 1Cor. 13, 6) consiste en hacer todo como plazca a Dios, observando sus mandamientos (cf. Jn. 14, 21). De nada sirve hacer algo bueno si luego no se respetan íntegramente todos los mandamientos (cf. Sant. 2, 10)! Quien, de hecho, afirma: «El que dice que le conoce y no guarda sus mandamientos, miente, y la verdad no está en él» (cf. 1Jn. 2, 4).

A través de la realidad histórica, en la Revelación leemos «el gran diseño de Dios para la salvación de la humanidad». La Iglesia, mensajera de la Verdad, es también fiel custodia de la ley moral, «organismo de salvación, educadora de la humanidad a través de las diferentes fases y actividades de su existencia terrenal».

¡Extra Ecclesiam nulla salus, afirma el dogma! Y San Agustín dice: no creería en el Evangelio sino me lo dijese la autoridad de la Iglesia…

Carlo Di Pietro en ControSenso Basilicata

(Traducido por Propaganda Católica del original)