6. Existe Dios: Argumento Metafísico (Luz y Vida)

CAPÍTULO VI

EXISTE DIOS: ARGUMENTO METAFÍSICO

img_20200627_100848778902538111230574.jpg

J.— Entremos ahora, amigo lector, en un argumento para el cual se requiere un poco más de atención.

T.— Mire, don Joaquín, que no estoy muy ducho en filosofías.

J.— Tú mismo vas a discurrir por el campo de la metafísica con una seguridad sorprendente.

T.— Soy todo oídos.

J.— ¿Qué te parece, Tomás —y sea dicho en broma— ¿se habría perdido mucho, caso de que tú no hubieras nacido?

T.— Creo que todo habría marchado de la misma manera.

J.— Luego tú no eres un ser necesario. Luego tú no tienes en ti mismo la razón de tu existencia.

T.— Es evidente. Si yo tuviera la razón de mi existencia, habría existido siempre, y no podría dejar de existir.

J.— Y si no la tienes en ti, la has de tener en otro.

T.— ¡Caramba! Si es tan clara la Metafísica, ya me las echo de sabio.

J.— Ahora bien, este otro que tiene la razón de tu existencia, o él, a su vez tiene en sí mismo la razón de su existencia, o la tiene en otro. Si lo primero, tenemos el ser que existe por sí mismo, el ser que no puede dejar de existir, el ser necesario, el ser que llamamos Dios. Si en cambio, también él tiene la razón de su existencia en otro, plantearemos la misma cuestión sobre ese tercero: o habremos dado ya en el ser necesario, o habremos de seguir la búsqueda. Y como es imposible seguir indefinidamente, ya que tarde o temprano hemos de dar con el ser que tenga en sí mismo la razón de su existencia, tarde o temprano habremos encontrado al Ser primero, habremos encontrado al Ser necesario, habremos encontrado a Dios.

T.— Y ¿por qué no podría ser que el uno viniese del otro, y éste del otro y así siempre?

J.— Por una imposibilidad absolutamente matemática. Fíjate bien. Si tú recibiste la existencia de otro ¿qué hiciste tú para existir?

T.— Nada.

J.— Esta nada, ¿cómo lo expresarías en números de aritmética?

T.— Con un cero.

J.— Ahora no has de hacer más que sumar. Tú hiciste cero, el oto cero, el de más allá cero, y cada uno de todos los de la serie, por extensa que se quiera suponer, cero. Suma ahora cuánto habéis hecho todos juntos…

T.— Con más cero, da cero. No hemos hecho absolutamente nada.

J.— Si no habéis hecho nada absolutamente para existir, ¿existiríais?

T.— Hombre, esto es formidable. Realmente no.

J.— Por consiguiente, necesariamente ha de haber un ser que no esté en estas mismas condiciones.

T.— Realmente, su existencia se impone con más claridad que la luz del sol.

J.— Y si no está en las mismas condiciones, señal de que no tiene la razón de su existencia en otro; si no la tiene en otro, la tiene en sí mismo. Si la tiene en sí mismo, Él mismo es su existencia; nadie se la puede limitar; no puede dejar de existir. Es el Ser necesario. Es el Ser infinito. Es Dios.

T.— Casi estoy temblando ante la evidencia de este Ser soberano, cuya existencia se me presenta tan clara como dos y dos son cuatro.

J.— Te felicito, Tomás; eso prueba que eres sincero en tus reflexiones, y no haces como otros que se empeñan en decir que es negro lo que es blanco y blanco lo que es negro.

T.— Tenía mis dudas sobre este asunto crucial, y no quiero ser tan tonto que me quede con ellas al demostrárseme que estaba equivocado. A la verdad, no puedo ya dudar de la existencia de este Ser supremo, Creador de todas las cosas, que se llama Dios.

J.— ¡Enhorabuena!

T.— Pero ¿me permite una pregunta?

J.— Habla, amigo, habla, que aquí estoy para contestarte a cuanto desees saber.

T.— A Dios ¿quién lo ha hecho?

J.— Esta pregunta ya no la haces por tu cuenta, sino por cuenta de los otros.

T.— Puede ser.

J.— Porque con lo que hemos dicho, la pregunta ya está contestada. Desde el momento que Dios es el Ser necesario, el Ser primero, el Ser que existe por sí mismo, Él es la causa de todos los seres y no puede haber sido causado por otro. De lo contrario, caeríamos otra vez en la serie de los ceros, tendríamos un cero más, tendríamos la nada; no existiríamos. Pero como no podemos dudar de la existencia de ese Ser primero, que, por tanto, ha de ser también necesariamente eterno; de ese Ser Infinito, que llamamos Dios.

Pero si quieres una especie de aclaración a la dificultad de tu fantasía, contéstame:

— ¿De dónde sale el agua del río?

T.— De la fuente de la montaña.

J.— ¿Y la fuente de la montaña?

T.— De las corrientes subterráneas.

J.— ¿Y éstas?

T.— De la lluvia.

J.— ¿Y la lluvia?

T.— De la condensación del vapor.

J.— ¿Y el vapor?

T.— De la evaporación del agua del mar.

J.— ¿Y el mar?

T.— Oh, no sé, el mar el mar, el mar es el depósito del agua.

J.— Aquí tienes una especie de aclaración al coco que tanto atormenta a los pobres incrédulos. Yo vengo de otro, y éste de otro, y éste de otro, y al fin de Dios. Y ¿Dios de quién?

T.— Comprendo, comprendo; Dios es el mar de la vida, es la vida misma.

Preguntar quién ha hecho a Dios es como afirmar que no existe nada.

J.— Claro; porque sin un Primero, no hay un segundo ni un tercero, ni el último que somos nosotros; y puedes comprobarlo hasta la evidencia absoluta con una sencilla comparación: si tú no tienes un céntimo, ¿podrás comprar algo?

T.— No, por cierto.

J.— Y si yo tampoco tengo nada ¿cuánto tenemos entre los dos?

T.— Ni para una caja de cerillas.

J.— Pero ¿y si somos mil?

T.— Si ninguno tenemos nada, todos somos pobres de solemnidad.

J.— ¿Y si somos millones?

T.— Por más millones y millones que suponga, si ninguno tiene un céntimo, todos juntos no tendrán ni cinco.

J.— Es nuestro caso, ni más ni menos. Si ningún ser tiene existencia por sí mismo, no tenemos absolutamente nada de ser. Y por tanto no existimos. ¿Está claro?

T.— Ciertamente no es tan clara la luz del sol.

J.— En cambio, se presenta el Banco de España y comienza a repartir: al uno mil, al otro cien, a éste un millón; al de más allá, cien millones; y de éstos, el uno da al otro y éste a otro y así sucesivamente. ¿Podremos ya tener dinero?

T.— Claro que sí.

J.— Supuesta o admitida, por consiguiente, la existencia de Dios, queda perfectamente explicada la existencia de los demás seres. Y podríamos poner también la comparación de los coches de un tren. ¿Qué hace cada coche para correr? — Nada — Por más coches que pongamos, ¿caminará nunca el tren?

T.— Sin la locomotora, jamás.

J.— Queda, pues, demostrada hasta la saciedad la existencia de un ser necesario, causa de todos los seres; de un Ser independiente de todos los demás, superior a todos ellos, o sea, de Ser que llamamos Dios.

T.— Verdaderamente son tan claras estas demostraciones que la duda se hace imposible para una inteligencia sincera.

J.— Y no es esto sólo, Tomás. Todas las criaturas son huelas visibles de su Hacedor. Observa, por ejemplo, una colmena. ¡Qué sociedad tan bien ordenada! La reina en toda su majestad; las obreras la sirven afanosas. ¡Con qué habilidad construyen esas abejas las celdas exagonales! Su precisión matemática deja pasmados a los maestros de las ciencias exactas. ¿Y dónde está la inteligencia que todo lo preside? En los pobrecitos insectos, no. Está en su Hacedor que les ha impreso tan maravillosos instintos. Y observa al pajarito con qué primor construye con su compañera el nido de sus amores. Y observa la hormiga con qué previsión recoge en verano el grano para el invierno; y contempla la astucia de la araña espiando desde su escondite la mosca que cae en sus redes. Todos, todos los animalitos, como los astros, ensalzan la gloria del Creador. Y no menos maravilloso es el reino vegetal: Siembra aquí una pepita de manzana y saldrá un manzano; siembra en el mismo sitio una pepita de pera y saldrá un peral. ¿Quién dice a la pepita que recoja los elementos para producir manzanas o peras? Ella y la Naturaleza, que al fin y al cabo es ella misma, nada sabe; y sin embargo, es evidente que alguien está en el secreto. Este alguien es el Creador; este alguien es Dios.

T.— ¡Señor, Señor! ¡Cuán admirable es vuestro nombre en todo el ámbito del universo!

Explíqueme ahora algo sobre las perfecciones de Dios.