9. La ordenación de la razón, o recta razón, se llama ley (Teología Política)

Entre las fuentes de la Doctrina social, más allá de la ley natural sobre la cual ya nos hemos referido, encontramos también la Revelación. Estamos hablando de la Sagrada Escritura, tal como la Iglesia la ha recogido en sus Libros canónicos, teniendo presente que la Revelación, completada y definida por Cristo, termina con la muerte del último Apóstol.

El Concilio de Trento (1545-63) en la IV Sesión estableció el Canon o Catálogo de Libros que la Iglesia define como inspirados. Y son los siguientes: libros históricos, didácticos, legislativos, proféticos, primero del Antiguo y luego del Nuevo Testamento. Enumerados los Libros inspirados, el Concilio de Trento anatematizó a todos aquellos que no aceptasen como sacros y canónicos estos Libros con todas sus partes.

335367416_2La Iglesia ha recogido en el Canon los Libros de la Sagrada Biblia por una cualidad que los distingue del resto: la inspiración. Lo declara el Concilio Vaticano (Sesión III, cap. 2, can. 4), el cual, tras haber afirmado que los Libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, íntegros,  con todas sus partes, deben ser aceptados como sagrados y canónicos, añade: «La Iglesia los tiene por sagrados y canónicos, no porque, habiendo sido escritos por la sola industria humana, hayan sido después aprobados por su autoridad, ni sólo porque contengan la revelación sin error, sino porque, habiendo sido escritos por inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios por autor».

En qué consiste la inspiración lo explica el Papa León XIII en la Providentissimus Deus (18 de noviembre de 1893): «Porque Él [Dios] de tal manera los excitó [a los escritores sacros] y movió con su influjo sobrenatural para que escribieran, de tal manera los asistió mientras escribían, que ellos concibieran rectamente todo y sólo lo que El quería, y lo quisieran fielmente escribir, y lo expresaran aptamente con verdad infalible; de otra manera, El no sería el autor de toda la Sagrada Escritura».

El hombre, mediante la razón y con sus propias fuerzas, tiene la capacidad de comprender todas aquellas verdades contenidas en la ley natural y, entre estas verdades, «de elevarse hasta el conocimiento de un Dios personal» (Ibid.). Sigue afirmando el Vaticano I: «[…] la Santa Madre Iglesia profesa y enseña que Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con certeza por la luz natural de la razón humana partiendo de las cosas creadas, porque lo invisible del Él, se ve, partiendo de la creación del mundo, entendido por medio de lo que ha sido hecho (Rom 1, 20)» (Dei Filius, Papa Pío IX, 24 de abril de 1870).

Sin embargo, por culpa del pecado original que el hombre y la mujer reciben «por transmisión» en la naturaleza humana, y por causa de las pasiones que ofuscan a menudo la razón y que impiden «ver con claridad», el Concilio Vaticano ha definido que son necesarias la Iglesia y la Revelación. La laicidad política, por ejemplo, es la negación de este y otros dogmas, y es una especie de apostasía práctica.

La Revelación es «absolutamente necesaria, […] ya que Dios por su bondad infinita ordenó al hombre a un fin sobrenatural, esto es, a participar de los bienes divinos, que sobrepasan absolutamente el entendimiento de la mente humana; ciertamente ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó lo que Dios preparó para aquellos que lo aman (1 Cor. 2, 9)».

La Iglesia es indispensable, explica Trento, para que «[se ponga] el freno conveniente a las mentes presuntuosas que [han interpretado la Revelación] de manera infame». De hecho: « […] en las cosas tocantes a la fe y a las costumbres pertenecientes a la edificación […] debe tenerse por cierto aquel sentido de la Sagrada Escritura que siempre ha dado y da la Santa Madre Iglesia, a cuya autoridad corresponde juzgar el verdadero sentido y la verdadera interpretación de las santas Escrituras; por ello a nadie le es lícito interpretar la Escritura contra este sentir o e contra el juicio unánime de los Padres» Ibid.

La Revelación no solo confirma la ley natural, sino que va más allá. Solo la enseñanza auténtica de la Iglesia puede, de hecho, conducir al hombre al pleno ejercicio de la libertad.

León XIII en la admirable Libertas praestantissimum (Acta 8, 218; cf. Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I-II, q. 90, a. 1: Ed. Leon. 7, 149-150) afirma: «Siendo ésta la condición de la libertad humana, le hacía falta a la libertad una protección y un auxilio capaces de dirigir todos sus movimientos hacia el bien y de apartarlos del mal. De lo contrario, la libertad habría sido gravemente perjudicial para el hombre. […] En cambio, los seres que gozan de libertad tienen la facultad de obrar o no obrar, de actuar de esta o de aquella manera, porque la elección del objeto de su volición es posterior al juicio de la razón, a que antes nos hemos referido. Este juicio establece no sólo lo que es bueno o lo que es malo por naturaleza, sino además lo que es bueno y, por consiguiente, debe hacerse, y lo que es malo y, por consiguiente, debe evitarse. Es decir, la razón prescribe a la voluntad lo que debe buscar y lo que debe evitar para que el hombre pueda algún día alcanzar su último fin, al cual debe dirigir todas sus acciones. Y precisamente esta ordenación de la razón es lo que se llama ley».

Carlo Di Pietro en ControSenso Basilicata

(Traducido por Propaganda Católica del original)