5. Existe Dios: Argumento Moral (Luz y Vida)

CAPÍTULO V

EXISTE DIOS: ARGUMENTO MORAL

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J.— También ahora, tú mismo vas a tocar con la mano la existencia de Dios.

T.— Me gusta, a la verdad, este sistema de preguntas, porque uno es llevado hasta la meta sin esfuerzos y con toda claridad.

J.— Dime, pues, ¿tienes algún derecho?

T.— Muchos.

J.— Cítame uno.

T.— El derecho a la vida, por ejemplo.

J.— ¿Estás seguro de que tienes este derecho?

T.— Ya lo creo.

J.— Pues bien; con relación a este derecho tuyo, ¿qué me corresponde a mí?

T.— Toma; la obligación de respetármelo.

J.— Claro está; porque de no tener yo tal obligación, ¿qué harías de tal derecho?

T.— Nada, sería letra muerta.

J.— Y esta obligación, ¿la tengo yo solo, o la tienen todos los hombres?

T.— Todos, sin excepción.

J.— Y si ahora viviese un hombre que vivió hace mil años, ¿la tendría también?

T.— Igual que los otros.

J.— ¿Y si viviera uno que nacerá dentro de diez mil, también estaría obligado a respetarle la vida?

T.— ¡Vaya! Lo mismo que los otros.

J.— Con lo cual resulta que todos los hombres, pasados, presentes y futuros, tienen la obligación de respetarte la vida.

T.— Así es.

J.— Ahora bien, una obligación ¿quién la impone?: ¿un inferior, un igual o un superior?

T.— Una obligación, sólo un superior la puede imponer.

J.— Y este superior, ¿ha de ser inteligente?

T.— Evidentemente: ha de saber lo que es un derecho, lo que es una obligación, los motivos en que se fundan tales derechos y obligaciones, etc., etcétera.

J.— Y este superior ¿puede ser como los demás hombres?

T.— Si es como los demás ya no es superior; es un igual.

J.— Luego vemos ya la necesidad de la existencia de un ser inteligente, superior a todos los hombres y que no puede ser uno de ellos.

T.— Realmente ya hemos vuelto a topar con la existencia de Dios.

J.— Pero para ser superior ¿ha de presentar algún título?

T.— Cierto.

J.— ¿Y qué título?

T.— Qué sé yo.

J.— Si es superior a todos los hombres pasados, presentes y futuros, ha de ser anterior a nosotros, ha de estar con nosotros, ha de seguir siempre con la humanidad.

T.— Esto quiere decir que ha de ser eterno.

J.— Como es eterno el derecho a la vida en cualquier hombre, y la obligación recíproca de respetársela unos hombres a otros.

T.— Por tanto, ¿cuál será el título que presentará para se nuestro superior?

J.— Sólo uno puede tener: El que sea nuestro Hacedor, y siendo nuestro Hacedor, es nuestro Amo absoluto, con derecho, por consiguiente, a imponernos obligaciones, y a concedernos los derechos que crea convenientes.

T.— No hay otra solución.

J.— Y este Creador o superior, ¿ha de tener poder para premiar y castigar?

T.— Evidentemente. De lo contrario, ni mis derechos tendrían consistencia, ni las obligaciones de usted y de los demás, imperativo alguno. Todo se reduciría a un juego de palabras. Ley sin sanción, papel mojado.

J.— Por esto partiendo de esta base falsa deduce lógicamente Rousseau esta absurda consecuencia: «Todo esto de virtud y pecado, bien y mal, justicia e injusticia, son convencionalismos creados por la sociedad».

T.— Los anarquistas añadirían: por la sociedad burguesa.

J.— Y llevando las ideas a la práctica, toman la pistola y exigen por la violencia lo que les interesa para el logro de sus fines.

T.— Y si no hay ni bien ni mal, ni Dios, ni cielo, ni infierno, realmente, cualquiera les convence de que no deben obrar así.

J.— Es de una lógica aplastante. Y a propósito, para amenizar nuestra conversación, escucha el siguiente relato: — Dos jóvenes iban por ferrocarril a París; como piadosos cristianos, al arrancar el tren, hicieron la señal de la cruz. Un caballero con aspecto de ricachón, comenzó a burlarse de ellos sosteniendo que la religión era un cuento inventado por los curas, que Dios era un mito, que muerto el perro, se acabó la rabia, y otras lindezas por el estilo. Aquellos jóvenes fingían dar crédito a sus palabras, y al llegar a París le rogaron quisiera acompañarles a una torre que tenían en un suburbio de la capital, Una vez estuvieron en descampado le dijeron al señor: — «Perdone Ud; le hemos engañado; aquí no hay tal torre. Lo que ocurre es que usted nos ha convencido de que toda religión es una farsa. Y como en este supuesto, no hay más vida que ésta, hemos resulto disfrutar de ella. Y como para disfrutar hace falta dinero, y nosotros no tenemos y usted sí, ahora mismo nos va a entregar la cartera». Protestó el otro, espantado. Pero los jóvenes insistieron: — «No hay Dios; aquí nadie nos ve; no hay bien ni mal; no hay libertad; somos meras máquinas; o a lo sumo, animales como los demás. El instinto nos impele a robarle y a matarle. Pronto, venga, el dinero, que después le colocaremos tres bolitas de plomo en el cerebro.» — Asústose más el opulento incrédulo, e invocó la justicia de Dios que castiga los crímenes más ocultos. Entonces los jóvenes acabaron con la broma y le dijeron: — Dé gracias a Dios de que no nos haya convencido; de otra forma aquí yacía usted cadáver y desvalijado. — «Gracias por la lección» — replicó el otro — «y estad seguros, amigos, de que en adelante creeré en Dios sin el cual no hay derechos ni deberes entre los hombres, ya que todos seríamos una manada de fieras».

T.— Un poco dura fue la lección, pero bien aprovechada.

J.— Tómenla para sí, cuantos alardean de incredulidad; aunque luego quieran darse tono de hombres honrados a carta cabal.

T.— No me negará Ud., D. Joaquín, que realmente hay hombres de esta clase.

J.— No lo niego, pero ¿sabes cuál es la razón? La razón es que ellos mismos creen en Dios, mucho más de lo que se imaginan; ellos también sienten la necesidad de un Ser superior cuya voluntad se impone a nuestras conciencias; y su inteligencia no deja de manifestarles sus intimaciones; pero la fe es un don de Dios, como veremos más adelante, que ellos rechazan voluntariamente, a pesar de su credibilidad.

T.— Tiene usted razón, D. Joaquín, ahora me explico la psicología de estos individuos.

J.— Quede, pues, en firme, amigo lector, que sin Dios, los hombres no son otra cosa que una manada de fieras.

T.— Pero como evidentemente, los hombres no somos fieras sino seres racionales…

J.— Luego fuerza es admitir la existencia de Dios Nuestro Señor, Creador de los hombres, legislador soberano, Premiador de buenos y Castigador de malos.