«Oh Salutaris Hostia!» (Año Sacro)

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La tarea del católico de hoy es como la de un soldado en campaña.

La tarea del buen católico en nuestros días es sumamente parecida a la del soldado en campaña. La hace grata el deber, noble la grandeza de la causa, interesante lo variado de sus peripecias, tranquila lo seguro de sus resultados. Pero es ardua, áspera, fatigosísima. Así es que el corazón, enardecido con el grito continuo del ataque y de la defensa, pide de vez en cuando un respiro, como el guerrero más animoso necesita de vez en cuando sentarse un momento, quitar de la cabeza el duro capacete, soltar de la mano la espada, enjugar el sudor, y permitirle a la frente calenturienta el suave oreo de las brisas. ¡Dichosos aquellos de cierta paz relativa, en que el combate cristiano, reducido a la contradicción que cada cual experimenta de los enemigos comunes en la práctica de la virtud, no era en lo demás sino una hermosa metáfora! Dios no ha querido otorgárselos a la generación presente. Hágase en esto, como en todo, su santa voluntad.

Descansemos hoy unos momentos; concedámosle al espíritu agitado unas breves treguas; sentémonos a reposar la cansada cabeza en el seno de quien a ello tan amorosamente nos convida.

Las solemnidades cristianas, esparcidas por la Iglesia en el decurso del año, son frescos oasis que brinda ella a sus hijos fatigados. Y si de todas puede esto decirse con suma propiedad, ¿cuánto más de la que estamos celebrando, de la dulcísima, suavísima, amorosísima festividad del Santísimo Sacramento? Hablemos, pues, del Santísimo Sacramento.

shutterstock_35181357440309986546494918.jpgBrotó del Corazón de Jesús esta corriente de aguas vivas allá en el Cenáculo de Jerusalén, en la solemne hora de su última Cena; y desde entonces acá ha sido ella arroyuelo, modesto y escondido, sí, pero siempre fresco, vivificante, restaurador, a quien debe el Catolicismo su eterna juventud y el verdor y lozanía de sus preciosos vergeles. La esterilidad vergonzosa del Protestantismo se explica en gran parte con esta palabra: no tiene Sagrario. Las maravillas todas de la Iglesia católica se explican, al revés, por la influencia en ella del Sagrario de Cristo Sacramentado.

monstrance_0026517969307747597475.jpgSi hubo mártires que por la fe diesen alegres la vida entre crueles y nunca oídos tormentos, fue porque al calor del Sagrario vigorizaron su corazón para tan sangrientos combates. Por esto los habrá siempre que se necesite en la Iglesia de Dios. Si hubo doctores y apologistas incansables en la defensa de la verdad, faros de saber y de cristiana doctrina, cuyos resplandores a distancia de muchos siglos esclarecen todavía los más arduos problemas del dogma y de la moral, al Sagrario acudieron a proveerse de los tesoros de luz que luego derramaron tan abundante en sus libros y escuelas. Si tiene el Catolicismo tipos angelicales de pureza, de caridad, de abnegación sin límites en sus monasterios, hospitales, casas de educación, asilos de pobreza y hasta de horror en los campos de batalla, no busquéis el secreto de tan raras cualidades más que en el fondo misterioso del Sagrario, donde las va a buscar la débil novicia, o a conservar la encanecida profesa. Si hay misioneros que crucen los mares y atraviesen vastos continentes y ensanchen cada día con la palabra de salud en los labios las fronteras del reino de Cristo, lo deben al Sagrario y a sus secretas influencias.

Del Sagrario se derrama sobre toda la Iglesia la vida sobrenatural, como del sol se derrama sobre la naturaleza física la luz, el calor, la fecundidad. Porque olvidamos el Sagrario, andamos tan a menudo débiles, tibios, cobardes, desmayados. Muy otro sería el influjo de nuestra voz, muy otro el de nuestros escritos, muy otro el de nuestras Asociaciones, si estas armas las fuésemos a templar constantemente en aquella fragua; si de allí las sacásemos como enrojecidas en el fuego del amor de Dios y en el celo por su gloria y por bien de nuestros hermanos.

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La Procesión del Corpus en Sitges, 1887. Arcadi Mas i Fondevila.

Ahora bien. Escúchenme mis amigos una propuesta que les voy a indicar, y en la cual puede muy bien no hayan atinado muchos por otra parte celosísimos y dispuestos a toda obra buena. El espíritu de oración que se despierta visiblemente en el pueblo fiel, desarróllase de un modo particular en estos solemnísimos días que la Iglesia consagra al augusto misterio de nuestros altares. A estas horas pocas son las poblaciones del Principado que no hayan llevado a cabo su peregrinación o romería a un santuario venerado, desde donde el clamor de sus oraciones y el testimonio público de su fe han sido motivo de júbilo para los Ángeles, de consuelo para la Iglesia atribulada, y de ira y espanto para sus enemigos. Pues bien. Con ocasión del Corpus y su hermosa octava, a nueva romería os llamo, amigos míos, a nueva peregrinación os convido: la romería al Sagrario, la peregrinación al trono de Jesucristo Sacramentado. No está lejos nuestro buen Dios, ni en la cima de nuestras montañas, antes lo tiene cada uno al pie de su casa, hecho, como dice el buen Fr. Luis de León, vecino nuestro en cualquiera de nuestras poblaciones [NdR: Tras la supresión del Santo Sacrificio y la alteración del Sacramento del Orden por el “Concilio” Vaticano II, son poquísimos los Sagrarios donde realmente está Jesús Sacramentado. Ahora bien, se pueden hacer provechosas visitas y comuniones espirituales desde cualquier lugar]. Abierta está a todas horas la audiencia de ese Rey que no exige largas antesalas, ni costosas recomendaciones, ni muestra ceño en el rostro, ni experimenta cansancio ni fastidio por nuestra conversación. Rodeemos como corte de fidelísimos vasallos el solio de ese Príncipe de Paz; levantemos en torno de él como un muro de alabanza, de oración, de desagravio, que ahogue a su rededor el grito de blasfemia con que le insultan sin descanso sus enemigos y los nuestros. Derramemos nuestro corazón en su presencia, mostrándole las heridas de él, su miseria, su debilidad, su tristeza por la persecución de la verdad, sus ansias y suspiros por el triunfo tan deseado.

¡Hostia de salud! ¡Víctima de propiciación! ¡Asilo de seguridad! ¡Iris de bonanza! Gemimos, Señor, gemimos y necesitamos de Vos, y venimos cansados a Vos. ¡Señor, que ruge la borrasca cada día con más espantoso rugido! ¡Señor, que suben cada día más encrespadas las olas! ¡Señor, que es cada día más espesa la oscuridad! ¡Señor, que cierran con nosotros cada día más numerosos y fieros los enemigos!

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Oh Salutaris Hostia. Bella premunt hostilia, Da robur, fer auxilium!

¿No es verdad, amigos míos, que podríamos hacer así durante estos ocho días (¿y por qué no durante todo el año?) la más deliciosa, eficaz y universal romería?

(Sardá y Salvany, D. Félix; Año Sacro, Tomo II. Barcelona: Editorial Ramón Casals, 1954)