4. Existe Dios: Argumento Teleológico (Luz y Vida)

CAPÍTULO IV

EXISTE DIOS: ARGUMENTO TELEOLÓGICO

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T.— Sí, D. Joaquín, la luz va penetrando a raudales en mi mente.

J.— Lo celebro, amable lector; señal de que eres inteligente y no cierras los ojos a la verdad.

T.— ¿Qué argumento me va a presentar ahora?

J.— El argumento teleológico.

T.— ¡Vaya palabra enrevesada! Cualquiera la entiende.

J.— Teleológico viene del griego, «Teleó»: llegar al fin; y «logos»: tratado. O sea: Tratado de la finalidad de las cosas.

T.— Venga el desarrollo.

J.— Muy sencillo: ¿qué son estos auriculares que llevas a un lado y otro de la cabeza?

T.— ¡Hombre! Las orejas.

J.— ¿Y por qué tienen esta forma?

T.— Para oír mejor; para captar mejor las ondas.

J.— Entonces, quien hizo las orejas ¿conocía la teoría del sonido?

T.— Indudablemente.

J.— En este caso, era un ser inteligente.

T.— Muchísimo.

J.— Y este ser inteligente, que conocía la teoría del sonido, y que por esta razón dio a las orejas forma de auriculares, ¿fuiste tú?

T.— ¡Qué va! Yo, no.

J.— ¿Tu padre?

T.— Tampoco.

J.— ¿Tu madre?

T.— Tampoco.

J.— Entonces, ¿quién fue?

T.— La misma naturaleza por la ley de la adaptación o necesidad de los órganos.

J.— ¿Cómo estás de dinero, Tomás?

T.— Mal, muy mal, a cero.

J.— ¿Y no lo desearías?

T.— Ya lo creo.

J.— ¿Y te hace falta?

T.— Hasta para vivir.

J.— Pues, ¿cómo por la ley de la adaptación o necesidad no consigues que se meta dinero en tu bolsillo?

T.— Está usted de broma.

J.— De broma; pero que tiene mucha miga.

T.— Quiere decir que toda ley de adaptación o necesidad ya supone la existencia de un ser inteligente que haya impreso en las cosas esta misma ley de adaptación, de necesidad o de evolución, para la formación del organismo…

J.— Muy bien, Tomás; si te falta dinero, no te falta talento; y pescas al vuelo la verdad.

T.— Gracias por el obsequio.

J.— Es que con hombres que discurren da mucho gusto hablar.

T.— Por consiguiente: la misma evolución de la Naturaleza, en la formación de sus órganos, demuestra la existencia de un Ser inteligente que ha trazado la ley.

J.— Y que siendo distinto de la Naturaleza, y habiendo de poseer una sabiduría tan maravillosa como para formar de un elemento ultramicroscópico un cuerpo tan bien desarrollado, no puede ser sino el Creador del mismo, o aquel que llamamos Dios.

T.— Pero ya que estamos aquí, creo que convendría que aclarase bien esto de la Naturaleza; porque, a la verdad, es el tópico que usa siempre el pueblo, como explicación de todos los enigmas.

J.— ¿Sabes por qué es la explicación de todos los enigmas?

T.— No caigo.

J.— Porque en verdad el pueblo confunde la Naturaleza con Dios; y como, lógicamente, Dios y sólo Dios es la explicación de los enigmas, por esto el pueblo queda satisfecho al oír: es la Naturaleza.

T.— Pero ¿entonces?

J.— Entonces, al no caer el pueblo en la cuenta del engaño del cual ha sido víctima, juzga haberse quedado con la verdad, cuando, al revés, se ha quedado con una falsedad enorme.

T.— Explíquese mejor.

J.— Si tú me preguntas quién ha hecho este reloj, y yo te contesto: «la montre», ¿qué entiendes?

T.— Sencillamente: la casa constructora.

J.— Pero de hecho, yo ¿qué te he dicho?

T.— No sé; una palabra en francés que no he entendido.

J.— Una palabra que significa «reloj»; o sea, he contestado con lo mismo que tú me ha preguntabas; sólo variando la palabra.

T.— En menudo lío me ha metido usted.

J.— Pues éste es el engaño que se hace al pueblo al decirle que el Universo lo ha creado la Naturaleza; el pueblo no cae en la cuenta de que Universo y Naturaleza son dos palabras que indican lo mismo; como reloj y «montre» y «rellotje», etc. De modo que por una parte, al oír Naturaleza, el pueblo ha entendido Dios; y por otra, le ha dicho que el mundo lo ha hecho el mundo; o sea, que no hay tal Dios.

T.— ¡Vaya embrollo!

J.— Con razón escribe Lamark, padre del transformismo: «Han pensado que la Naturaleza era Dios mismo. ¡Pobre gente! Han confundido el reloj con el relojero».

T.— Verdaderamente es así.

J.— Pero claro; como nadie habla de los mandamientos de la Naturaleza, como nadie dice que la Naturaleza amenace con el infierno, por esto se echa por la borda la religión, y ¡tan campantes!

T.— Casi me estoy indignando contra tales embaucadores.

J.— Tienes razón. Pero compadezcámonos de ellos, amigo lector, y sigamos por el camino de la luz.

T.— Bien hermosa brilla con tales reflexiones.

J.— Ya en este plan podríamos multiplicar los argumentos casi al infinito.

T.— Algún otro, por ejemplo.

J.— ¿Para qué tienes los párpados?

T.— Para proteger la vista.

J.— Entonces ¿están puestos ahí expresamente o se hallan ahí por casualidad?

T.— ¡Caramba! Expresamente y muy expresamente.

J.— Y una cosa hecha expresamente ¿requiere una causa inteligente o puede ser efecto de la casualidad?

T.— Evidentemente, sólo un agente racional hace las cosas expresamente.

J.— Luego un agente racional colocó los párpados sobre los ojos para protegerlos.

T.— Como dos y dos son cuatro.

J.— Y este agente ¿fuiste tu?

T.— No, por cierto.

J.— ¿Fue tu padre?

T.— Tampoco.

J.— ¿Tu madre?

T.— Tampoco. La pobre…

J.— Y este agente racional que no eres ni tú, ni tu padre, ni tu madre, ¿fue de una inteligencia cualquiera o había de ser de una inteligencia sin límites?

T.— Realmente, para conseguir que, mediante el proceso de gestación, el embrión humano llegue a salir con los ojos brillantes y con sus ventanitas automáticas de protección, hace falta una inteligencia infinita.

J.— Ya tocas con las manos otra vez la presencia del Creador.

T.— Así es; ¡Dios mío!

J.— Y así podríamos, como te decía, multiplicar los argumentos; por ejemplo: los dientes suponen que quien los dispuso sabía que detrás estaba el estómago; que habría alimentos duros que masticar; que no convenía apareciesen hasta que el infante tuviese cierto desarrollo.

T.— ¡Magnífico! ¡Magnífico!

J.— Y la misma existencia del doble sexo es un exponente maravilloso de la existencia de Dios.

T.— A ver, explíquese, por favor.

J.— Está el hombre y está la mujer. Cada sexo guarda relación con el otro; cada sexo tiene órganos cuyo complemento se halla en los órganos del otro sexo. ¿No es esto una prueba palmaria de que un Tercer Ser los ha creado a los dos, de modo que los dos se completasen?

T.— Mire por donde, D. Joaquín, aparece también clarísima la existencia de Dios.

J.— Ya se te van disipando todas las dudas.

T.— Es verdad.