Contagio (Diccionario de Teología Moral)

1. Concepto.

Se deriva del latín contagium (contacto) y denota el modo de propagarse de algunas enfermedades llamadas precisamente «contagiosas» y producidas por agentes infecciosos: gérmenes o virus filtrables.

Estas enfermedades se pueden propagar:

a) Por contacto directo, o sea del hombre enfermo o convaleciente al sano, y también de personas clínicamente sanas que, siendo portadoras del agente infeccioso, lo transmiten por contacto a otros individuos;

b) Por contacto indirecto, cuando los gérmenes patógenos son transmitidos mediante objetos contaminados, el polvillo atmosférico, el agua, la leche, etc., o también por medio de moscas u otros pequeños animales.

2. Reflejos morales. 

unnamedDesde el punto de vista de la moral el contagio tiene notable importancia, especialmente por estos dos aspectos: la transmisión voluntaria de formas infecciosas y la transmisión de enfermedades venéreas.

No es sólo una invención de la fantasía de algún novelista, sino que se ha verificado y verifica en la realidad el hecho de que un individuo trate de infectar a otro mediante el contagio, generalmente indirecto. Es además cosa sabida que uno de los medios de ofensiva bélica estudiada por algunos gobiernos es la llamada guerra bacteriológica, la cual consiste en el inficionamiento  del aire o de las aguas de un territorio enemigo determinado mediante la diseminación de cultivos bacteriológicos con un elevado potencial patógeno. Se trata en ambos casos de verdaderos y propios delitos, realizables solamente por un delincuente o — como en el segundo ejemplo — inspirados por nefastos principios de la guerra totalitaria: toda discusión  moral es a este respecto superflua, tan evidente es su más explícita condenación.

Más sutil y difícil viene a ser la cuestión cuando se pasa a considerar los contagios directos que tan frecuentemente se verifican en el ambiente de los individuos afectados por enfermedades infecciosas. Tratándose de contagios del todo involuntarios hay que descartar en ellos cualquier idea de culpabilidad; hay, sin embargo, aquí materia para alguna consideración ética que no será inútil.

Cae de su peso que estos individuos —aunque estén enfermos con las infecciones más graves y más fácilmente contagiosas— tienen no sólo el derecho, sino también el deber de hacerse asistir convenientemente y curar por personas experimentadas. Y es igualmente obligatorio por parte de los familiares más íntimos del enfermo el prestarle esa permanente y amorosa asistencia que ayuda a suavizar el mal y a apresurar la curación. Por otra parte se ha de tener en cuenta el áureo precepto cristiano de visitar a los enfermos, precepto que implica, como obra de misericordia, la idea de una ayuda eficiente y provechosa. Pero no debe descuidarse el hecho de que frecuentemente el enfermo solicita la compañía ajena no por necesidad real, sino por pasatiempo, y no se da cuenta de la gravedad posible de las consecuencias de esta solicitación.

Frente a casos de enfermedades epidémico-contagiosas de cierta importancia, el médico, la enfermera u otra persona autorizada y responsable que tenga autoridad y confianza sobre el enfermo y su familia manifieste prudentemente los consejos higiénico-profilácticos del caso. Estos consistirán sobre todo en advertir al enfermo y a sus parientes sobre la posibilidad de contagios directos o sobre el deber de evitarlos, sea por medio de desinfecciones oportunas o impidiendo que los amigos y conocidos se acerquen sin necesidad al enfermo.

3. Del delito de contagio.

De la máxima importancia — moral y social — es la transmisión de las enfermedades venéreas.

10df6a_8bec6130dbf14336ada4a821c678115f_mv2Según el dictamen de la moral católica es ya culpable (de grave ofensa al 6.º mandamiento del Decálogo) el que ejercita el coito o realiza actos impuros extraconyugales. Si estas acciones son a sabiendas ocasión de contagio venéreo la culpa aumentará viniéndose a sumar a la precedente la ofensa al 5.º mandamiento.

Muchos individuos, sin embargo, no se dan cuenta a tiempo de estar afectados por enfermedades venéreas, por lo cual las transmiten inconscientemente a otras personas: esto vale sobre todo para la mujer, la cual — incluso por causa de la especial conformación de sus órganos sexuales — es más fácilmente responsable involuntaria de este daño.

Pero hay muchos casos también en que el enfermo, por un criminal espíritu de venganza u otros prejuicios, transmite conscientemente a otros su propia infección venérea. Estos casos requieren las máximas sanciones morales, aun a la vista del grave daño que de ellos se deriva para la sociedad. Para poner freno a la difusión de estas y de otras inmoralidades no hay nadie que no se dé cuenta de que más que en una arreligiosa «educación sexual» — siempre impotente frente a las pasiones y a los egoísmos — es necesario insistir en la enseñanza religiosa que pone al individuo ante preceptos y sanciones divinas.

(Card. Roberti, Francesco; Palazzini, Pietro. Diccionario de Teología Moral. Barcelona: Editorial Litúrgica Española, 1960)


Nota de Propaganda Católica:

A fecha de hoy la epidemia del Coronavirus se ha difundido por todas partes. ¿Cómo debe actuar el buen cristiano? El cristiano debe afrontar todas las contrariedades con paciencia, poniendo su confianza en Dios y siempre con la prudencia por delante. Esto quiere decir: rezar, santificar las fiestas, cumplir con sus deberes de estado, tomar las debidas precauciones higiénicas y no opinar de aquello que desconoce.

Ut a pestilentiæ flagéllo nos liberáre digneris, Te rogamus audi nos.