3. Existe Dios: Argumento Biológico (Luz y Vida)

CAPÍTULO III

EXISTE DIOS: ARGUMENTO BIOLÓGICOcaptura de pantalla 2012-01-05 a las 005166903589252755934..png

J.— El Creador ha sembrado en su obra, llamada la Naturaleza, tantas pruebas de su existencia que no hay sino escoger.

T.— La primera es hermosa; a ver qué tal son las otras.

J.— Tan contundentes o más, si cabe.

T.— Por ejemplo…

J.— ¿Estás vivo o muerto?

T.— Aún respiro bien; por consiguiente estoy lleno de vida.

J.— ¿Y hay otros seres vivientes?

T.— Una infinidad.

J.— Y ¿hubo siempre seres vivos en la Tierra?

T.— Si nos atenemos a lo que dicen las ciencias, creo que no.

J.— Claro que no; ya que en siglos remotísimos la Tierra era una masa de fuego desprendida del Sol, según algunos científicos.

T.— Por esto habrá todavía fuego en el centro de la Tierra.

J.— Exacto. Según esta teoría cosmológica, todo el sistema planetario solar era una masa de fuego, que, merced a su movimiento rotatorio, fue desgajándose en pequeñas masas.

T.— Pequeñas relativamente…

J.— Bien has dicho; y una de ellas fue el planeta que habitamos. Ahora bien, ¿te parece posible que en aquella tórrida temperatura existiese la vida?

T.— He oído decir que a lo sumo, a los 600º de calor, perece todo germen de vida.

J.— Luego necesariamente hubo un tiempo en el cual no había vida en nuestro planeta.

T.— Hay que reconocerlo así.

J.— Pero ahora la hay, y tú mismo lo has dicho.

T.— Sería de loco negarlo.

J.— Luego hay que buscar la explicación a este misterio: antes no había vida; ahora la hay.

T.— Pronto está explicado: la vida brotó por generación espontánea de la misma materia, una vez se hubo ésta enfriado y estuvo en condiciones de crear la vida.

J.— ¡Vaya absurdo! La muerte creando la vida. ¿Has visto alguna vez a alguien dar lo que no tiene?

T.— No; imposible.

J.— Luego si la Tierra no tenía vida, mal podía darla. La generación espontánea es una fábula desmentida ya científicamente. Tú habrás oído mencionar al célebre Pasteur. Pues bien; este señor ha demostrado experimentalmente que, donde no hay vida, jamás aparece la vida, si no se mete allí un germen vivo. Por esto dicen los sabios: «Toda vida, de otra vida»; «Todo protoplasma, de otro protoplasma».

T.— Pero en este caso habrá que admitir necesariamente la existencia de un Creador de la vida.

J.— Buena lógica; así lo dijo ya el incrédulo Haeckel: «Si se niega la generación espontánea, hemos de admitir la creación». Pero otro incrédulo científico, Tyndall, sostiene con verdad: «En la ciencia experimental no hay conclusión más cierta que la necesidad de una vida para engendrar otra vida». De modo que ellos mismos nos dan la conclusión exacta. Si no hay generación espontánea, hay que admitir la creación. Y como la generación espontánea es un absurdo, síguese que la Creación es un hecho indiscutible.

T.— Pero, ¿no cabría suponer que los gérmenes de la vida hubiesen bajado de otro planeta?

J.— En primer lugar, con esto no hacemos sino trasladar el problema a otra parte; y allí nos encontraremos con la misma dificultad: de dónde salió la vida.

T.— Es verdad.

J.— Y además, tales gérmenes habrían tenido que atravesar regiones siderales tan heladas o tan abrasadoras que por fuerza habrían perecido también.

T.— Bien están estos raciocinios; pero ¿no viene el hombre del mono y el mono de otro animal menos perfecto y así sucesivamente?

J.— El mentir de las estrellas/es muy seguro mentir,/puesto que nadie ha de ir/a preguntárselo a ellas.

Es muy fácil atribuir a los tiempos antiguos propiedades antiguas que nadie podrá comprobar. Pero la ley de la inercia es una ley implacable de la materia: Y por tanto, lo que hoy juzgamos imposible e imposible lo juzgamos para el futuro, debemos juzgarlo también así para los tiempos antiguos.

T.— ¿Adónde apunta?

J.— Mira, querido lector: ¿tú has oído decir que, desde que el mundo es mundo, algún mono haya pasado a ser hombre?

T.— Nunca, la verdad.

J.— Si ahora te dijeran que en África, por ejemplo, un mono comenzaba a deletrear, ¿lo creerías?

T.— No.

J.— ¿Piensas que algún día algún mono llegará a ser hombre?

T.— Tampoco.

J.— Un obrero que me planteó esta cuestión, al oír mi comentario, exclamó: «¡Basta! Asunto terminado. Es evidente que de admitirse estas evoluciones, al cabo de tantos siglos, hoy habría monos a punto de ser hombres y hombres que hace poco eran monos».

T.— Y discurría bien.

J.— Por otra parte, aun admitiendo tales hipótesis, siempre subsistiría el problema: ¿de dónde salió el primer ser viviente?

T.— Nos encontraríamos con aquello que decimos los del pueblo: ¿Qué fue primero: el huevo o la gallina?

J.— Ahí está: escójase lo que se quiera; hay que admitir un ser primero, y este primero no pudo salir de lo que carecía de vida. Sólo pudo salir de un Ser viviente, eternamente vivo, infinitamente vivo, Creador de la vida, de un Ser que, viviendo por sí mismo, fuera fuente de la vida de todos los demás. Y éste es el Ser a quien llamamos Dios.

T.— Luego existe Dios. Formidable argumento éste también. A la verdad, estoy descolgándome de lo alto de la torre de mi posición de incrédulo.