Inquisición (Diccionario de Teología Dogmática)

Inquisición:

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Auto de Fe con San Fernando (Parroquia de la Magdalena, Sevilla).

Jurídicamente indica un nuevo procedimiento introducido a principios del s. XIII. Según el derecho romano, todos los actos de los procesos criminales se desarrollaban en completa publicidad: la Iglesia se atuvo a este principio hasta después del s. XII. Inocencio III (+1216), dándose cuenta de que la acusación pública se había debilitado por estar expuesta a crueles venganzas, estableció que algunos actos del proceso canónico se tuviesen en secreto. Al conjunto de estos actos se dio el nombre de inquisición, o instrucción secreta.

Históricamente designa el famoso tribunal instituido por Gregorio IX hacia el año 1231, en el cual existe un juez especial llamado «inquisitor hereticæ pravitatis», que se distingue de los jueces ordinarios por las siguientes características:

a) Goza de una jurisdicción variable en cuanto al territorio, limitada, en cuanto a la materia, a solas las causas de herejía pertinaz;

b) Tiene una delegación pontificia permanente;

c) Que no anula la potestad ordinaria de los Obispos en la misma materia. Inquisidor y Obispo son dos jueces paralelos en cuestiones relativas a la herejía.

El carácter específico de juicio inquisitorial no reside ni en el delito, ni en el procedimiento, ni en la pena (la hoguera), cosas más o menos comunes a todos los juicios civiles y eclesiásticos de aquel tiempo, sino en el hecho de que el inquisidor era un juez excepcional, aunque gozaba de delegación permanente.

El motivo que indujo al Papa a crear este tribunal de excepción fue la política religiosa de Federico II, que, antes de Felipe el Hermoso, de Francia, «llevó al templo las codiciosas naves», constituyéndose arbitrariamente en juez de los herejes. Gregorio IX fijó prácticamente con el nuevo tribunal los límites de la competencia imperial en materia religiosa y separó la responsabilidad de la Iglesia de la del Estado.

El procedimiento de la inquisición muestra su naturaleza íntima: apenas entraba el inquisidor en posesión de su cargo se decretaba el tiempo de gracia, que constituía en una predicación que duraba un mes. Los reos confesos, dada promesa y garantía de renunciar a la herejía, quedaban libres de toda investigación ulterior.

Las denuncias contra los herejes se daban verbalmente, comunicándose después al acusado, callando el nombre del acusador y testigos, para evitar venganzas y represalias. El acusado era invitado a defenderse personalmente, pero no podía valerse de un abogado, en obsequio al derecho anterior, que prohibía a los abogados patrocinar las causas de los herejes; gozaba, sin embargo, del derecho de apelación al Papa, que era una verdadera válvula de escape.

Las penas eran muy diversas. La más grave consistía en la excomunión (separación del cuerpo de la Iglesia) y, como consecuencia, en el relajamiento al brazo secular, lo cual significaba casi siempre la hoguera, a la cual condenaba por propia autoridad la autoridad civil al hereje, que entonces era considerado como un delincuente que con la profesión de falsas teorías trataba de resquebrajar la unidad religiosa y perturbar la tranquilidad del Estado. La Inquisición funcionó de esta manera hasta el año 1542, cuando Paulo III, ante la invasión de la herejía protestante, renovó el antiguo instituto, centralizándolo en Roma (Inquisición Romana), con nuevos inquisidores, a quienes estaba concedido el derecho de decisión en propia instancia de todas las apelaciones contra los procesos de los delegados.

Es completamente distinta la Inquisición Española, constituida a instancias de Fernando e Isabel por Sixto IV (1478) para proceder judicialmente contra los apóstatas (hebreos, bautizados y reincidentes), que por sus circunstancias y carácter fue no pocas veces instrumento político en manos de los Reyes. Se ha exagerado extraordinariamente atribuyendo a este tribunal delitos y culpas de que por lo demás no podría acusarse a la Iglesia. Se olvida, además, con frecuencia que gracias a la Inquisición España fue liberada primero de los enemigos internos de su fe y más tarde preservada de la invasión protestante. Por lo demás, observa justamente Landrieux, por graves que se supongan los excesos de la Inquisición Española no son nada en comparación con las persecuciones feroces y las orgías de crueldad desencadenadas por Lutero en Alemania y después de él y por su causa, por Calvino en Ginebra, Enrique VIII e Isabel en Inglaterra, Cristián II en Dinamarca, Gustavo Wasa en Suecia, Juan de Albret en Navarra, los Hugonotes y Jacobinos en  Francia. Sobre este punto es recomendable la lectura de la carta IV  del incomparable apologista José de Maistre sobre la Inquisición, en que refuta con gran agudeza los argumentos de Voltaire.

(Parente, Pietro; Piolanti, Antonio; Garolafo, Salvatore. Diccionario de Teología Dogmática. Barcelona: Editorial Litúrgica Española, 1955)