2. Existe Dios: Argumento Físico (Luz y Vida)

CAPÍTULO II

EXISTE DIOS: ARGUMENTO FÍSICO

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A)  El Orden.

J.— ¿Ves este reloj? ¿Sabes de dónde procede?

T.— De alguna relojería.

J.— Te equivocas. Yo tenía unos pedacitos de cristal y de hierro; los metí en una cajita. Durante nueve noches seguidas, a las doce en punto y con luna nueva, sacudí la cajita por espacio de un cuarto de hora. A los nueve días, abro la cajita y me encuentro un magnífico Longines.

T.— Está de broma D. Joaquín.

J.— Claro que sí; ¿pero qué te parece? ¿Un niño de doce años aceptaría esto?

T.— De ningún modo.

J.— ¿Y uno de siete?

T.— Vacilaría.

J.— Pero si al de siete le dijera que la Iglesia de la Sagrada Familia de Barcelona no fue construida por albañiles, sino que una noche comenzó a levantarse del suelo por sí sola hasta llegar a estas alturas, ¿se lo creería?

T.— De seguro que no.

J.— ¿Y si lo dijera a un niño de cuatro años?

T.— Como un niño de cuatro años tiene una inteligencia muy rudimentaria, lo aceptaría sin titubear.

J.— «Aquí te quería». Con esto ya ves que cuanto más débil es la inteligencia, tanto más fácilmente acepta que pueda haber un efecto sin la causa proporcionada. Y viceversa. Cuanto más desarrollada está una inteligencia, tanto más exige que, entre el efecto y la causa, haya la debida proporción.

T.— No hay duda. Y así ha de ser.

J.— Dime ahora. ¿Qué edad te parece que habría de tener quien se tragase, no lo del reloj, ni lo del templo, sino una cosa mucho más exorbitante; a saber: que el reloj maravilloso de este universo no ha sido fabricado por relojero alguno, ni este inmenso edificio del mundo ha sido construido por ningún arquitecto?

T.— Claro que manteniéndonos en aquella proporción, habríamos de asignar a este tal una inteligencia de pocos meses, pero…

J.— Pero así es. Fíjate qué reloj. La Tierra pesa 5.980 trillones de toneladas, y vuela a 100.000 kms. por hora alrededor del Sol en su movimiento de traslación, a más del movimiento de rotación, que realiza diariamente sobre su propio eje como dijiste antes muy bien; y dista del Sol 149 millones de kms.; de modo que, volando a 100 kms. por hora, tardaríamos en llegar a él la friolera de 171 años. El mismo Sol, con todo su sistema, vuela a 20 kms. por segundo; la estrella llamada Proyectil, a 107; Cincinati, a 506. Y un grupo de estrellas recientemente descubierto, agárrate, Tomás, vuela a 25.000 kms. por segundo. (Véase «A Dios por la ciencia», del P. Simón, S.J. y «Un viaje por el Cosmos», del P. Teodoro Vives, S.J.).

T.— Verdaderamente es «de miedo».

J.— Ya ves qué ruedas tan enormes, qué velocidades tan vertiginosas. ¿En qué cerebro puede caber que un reloj tan gigantesco, tan complicado, tan maravilloso, pueda ser fruto de la casualidad, de una fortuita combinación de átomos?

T.— Realmente hay para quedar estupefacto.

J.— Por esto las inteligencias que razonan sin prejuicios, afirman categóricamente: —Aquí hay un Hacedor Omnipotente de sabiduría infinita, Creador y Regulador de todo el Universo. Por esto decía graciosamente Balmes: «Yo llevo en el bolsillo la prueba evidente de la existencia de Dios», y mostraba su reloj. Y el mismo Víctor Hugo, afirmaba: «La casualidad es un plato que condimentan los tunos para los necios que se lo comen». Y tenía razón. Hasta que Newton descubrió la ley de la gravitación universal, las manzanas caían del árbol «por… casualidad»; y hasta que Watt descubrió la fuerza expansiva del vapor, las tapas de las ollas empezaron a hervir, se levantaban «por… casualidad»; ¿eh?

T.— Quiere decir que no se diferencian de quienes no saben ver las causas de las cosas, los incrédulos que atribuyen a la «casualidad» la combinación de los átomos que integran el universo en su orden maravilloso.

J.— Bien aplicado. No era de éstos el padre de la moderna astronomía, Copérnico, el cual escribió: «¿Cómo observar el orden magnífico con que Dios gobierna el Universo, sin sentirse inclinado a una vida ordenada, a practicar toda clase de virtudes, a mirar, en todo y ante todo, al Creador mismo, fuente de todo bien?» (De Revolutionibus Orbium Coelestium, prólogo).

T.— Realmente, una reflexión seria sobre el orden que reina en las cosas nos hace ver la necesidad de un Ser Supremo que lo haya creado todo y lo gobierne todo.

J.— ¡Muy bien, Tomás! Tu inteligencia se va abriendo a la luz de la verdad. Completemos ahora la fuerza del argumento, con una anécdota americana: Estaba anunciado un gran partido de fútbol: el estadio, lleno a rebosar. Cuando los espectadores creían ver aparecer a los dos onces, aparecen bicicletas y más bicicletas. Protestas, silbidos, etc.; pero las bicicletas comienzan a evolucionar: cruces, círculos, dibujos. Silencio, expectación, maravilla, entusiasmo, gritos: —Que salga el entrenador. Sale, saluda y… frenéticos aplausos.

T.— Ya entiendo la aplicación del caso: estos ciclistas son los astros; el entrenador, Dios.

J.— ¡Admirable! Y aún nota una diferencia: los ciclistas tenían inteligencia; los astros no la tienen. Pues si que para que los ciclistas se movieran con aquel orden, exigimos la presencia de un ordenador, con muchísima mayor razón debemos exigirlo para el orden de los astros, que acrecen de inteligencia.

B) El Movimiento.

J.— Relacionado con lo dicho, voy a proponerte un argumento tan sólido como sencillo.

T.— A ver.

J.— Tú sabes que la tierra da cada día una vuelta alrededor de sí misma.

T.— Sí, por el movimiento de rotación.

J.— Muy bien. Por tanto, mañana, al terminar la vuelta, habrá dado una más que hoy.

T.— ¡Bomba! Matemáticas puras.

J.— Y sumándolas todas, hoy habrá dado una menos que mañana.

T.— Seguro.

J.— Y ayer una menos que hoy.

T.— Sí.

J.— Y echando para atrás, una menos cada día.

T.— Claro.

J.— Y como podemos ir retrocediendo indefinidamente, tarde o temprano llegaremos por ejemplo a 10 vueltas; a 5, a 4, a 3, a 2, a la primera.

T.— Es verdad.

J.— ¿Y antes? O la nada, o la quietud absoluta, o un empujón de parte de alguien. Si lo primero, se impone la creación; y por tanto, Dios. Si lo segundo, se impone un Propulsor de potencia infinita; y por tanto, Dios también. Si lo tercero, o el que le dio el empujón es Dios, o es otro ser. Si es otro ser, tal ser o se hallaba en quietud absoluta y dio el empujón por el mero acto de su voluntad, y en tal caso es Dios mismo; o se hallaba en movimiento, y en esta hipótesis podremos aplicarle la misma operación aritmética sobre el número de movimientos, hasta dar o en la nada o en la quietud absoluta. Y por tanto siempre se requerirá la presencia de un Ser sin movimiento; de un Ser con inteligencia y voluntad y con poder infinito para crear de la nada, o para mover la tierra con un solo acto de su querer, o para dar fuerzas a otro para moverla. Y en cualquier hipótesis nos hallamos asimismo en la presencia de Dios.

T.— Pero también es curioso que, siendo la cosa tan clara, sean tantos los que no la ven…

J.— Ya sabes, amigo Tomás, que los ciegos no ven la luz del sol y los que cierran los ojos tampoco (1).

 


(1) A punto de mandar a la imprenta estos Diálogos, nos sorprende la noticia de que Rusia ha lanzado el primer satélite artificial.

Asombro en todo el mundo: ¡qué maravilla! ¡qué progreso! ¡qué ciencia! A nadie se le ha ocurrido pensar que esto sea efecto de una fortuita combinación de átomos lanzados al aire por los rusos. Y hace siglos que satélites enormemente mayores y astros y planetas van rodando por el espacio: ¿y no reconoceremos al Artífice soberano, al Ingeniero sapientísimo, al Creador omnipotente?