1. Desbrozando el terreno (Luz y Vida)

CAPÍTULO I

DESBROZANDO EL TERRENO

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D. Joaquín.— Carísimo amigo Tomás: Emprendamos con buen ánimo este camino que te ha de conducir a la mansión de la luz y de la vida.

Tomás.— Todo será menester, pues se me hace una montaña tan agreste y elevada, que me vienen ganas de echarme para atrás y dar el asunto por imposible.

J.— Desde pequeño conozco este adagio: «A pan duro, diente agudo», y este otro: «Lo que mucho vale, mucho cuesta». Lejos pues, de mí el consentir en tu amilanamiento. Adelante, amigo. Además, ten en cuenta que no es la cosa tan baladí como para no tomarse un poco de molestia en averiguar su contenido.

T.— ¡Bah! ¿Qué importancia pueden tener los asuntos de Religión? Lo positivo es ganar dinero y pasar bien la vida.

J.— Dejemos aparte el que aun el dinero viene muchas veces con la Religión, y que la vida se pasa mucho mejor con ella. Lo grave del caso está en que aquí se trata de la verdad o del error, con las tremendas consecuencias que de ello se derivan; no el pasar bien o mal unos cuantos años, sino el ser para siempre felices o para siempre desgraciados.

T.— Claro está que si creyésemos en otra vida, sería de locos no preocuparse del problema de la eternidad.

J.— Pero, aun no creyendo, es de necios no averiguar lo que haya de cierto. Recuerda aquel caso tan gracioso: dos incrédulos hallaron a un ermitaño haciendo penitencia: «—Vaya chasco que se llevará usted, hermano — le dijeron —, si después de esta vida no encuentra el Cielo que tanto anhela.» «—Mayor se lo llevarán ustedes — respondió el monje — si después de esta vida encuentran el infierno, en el cual no creen.»

T.— Y tenía razón.

J.— Vaya si la tenía. Como que el fraile nada iba a perder y los otros se hundían para siempre.

T.— Es verdad. Adelante, pues; mas no piense que voy a aceptar porque sí lo que usted me diga. Dos y dos son cuatro y, lo que no sea esto, por la ventana.

J.— Precisamente de esto se trata. De que dos y dos son cuatro, así para el que vende como para el que compra.

T.— No lo entiendo.

J.— Mira: entra un hombre en un estanco; pide tabaco y cerillas, y pregunta: «—¿Cuánto le debo?» Y la estanquera: «—Vea usted; dos pesetas del tabaco y dos de las cerillas, son cinco pesetas.» Y el otro, que nada tenía de tonto, replica al instante: «—Se ha equivocado usted, señora; dos del tabaco y dos de las cerillas son tres pesetas.» Oye esto un tercero que se encontraba por allí, e interviene diciendo: «—¡Señores!, dos y dos son cuatro, tanto para el que vende como para el que compra.»

T.— Está bonito el chiste, pero no sé adónde apunta.

J.— Lo verás enseguida. Al que vende le interesaría que dos y dos fuesen cinco, y al que compra, que dos y dos fuesen tres.

T.— Exacto.

J.— Pero la verdad no depende de nuestros gustos y caprichos. Las cosas son tal como son, aunque nosotros no quisiéramos que fueran de aquella manera.

T.— Bien, ¿y qué?

J.— Que hemos de estar firmes en lo que has dicho primero: que dos y dos son cuatro, y no cinco ni tres. Por consiguiente, cuando alguna idea se presenta a nuestra mente con las garantías de verdad, debemos aceptarla, nos guste o no nos guste.

T.— De acuerdo; y aquí me tiene usted.

J.— Con tan buena disposición, sigamos adelante. Por ahora demos unos pasos, o. mejor todavía, limpiemos el camino de dificultades.

T.— Aquí estoy con la primera: Mire, don Joaquín, yo no creo sino lo que veo, y como no veo a Dios, ni el Cielo, ni el Infierno, no se disguste si le digo que no creo en nada de todo esto.

J.— ¿No crees sino lo que ves?

T.— Como se lo digo, así me ratifico en ello.

J.— Voy a contarte una anécdota que me ocurrió en el tren camino de Alicante: Viajaba en mi departamento un joven, que pronto inició la conversación sobre materia religiosa, y afirmó rotundamente: «—Yo soy socialista y no creo sino lo que veo, y por esto no creo en Dios, ni en religión alguna.» Yo le dije: —Perdone, ¿cómo se llama usted? (respondió dando su nombre). —¿De dónde es? —De tal pueblo. —Qué casualidad; yo conozco a su familia; pero he de darle una triste noticia: el señor a quien usted llama padre no es tal padre de usted o a lo menos usted no puede creer que lo sea. El otro, molestado, exclamó: —Usted me insulta. Usted insulta a mi familia. —No se alarme, —le dije—. Efectivamente, aquel señor no es su padre, o al menos usted no puede creer que lo sea, porque usted no lo vio «como padre» , y usted no cree sino lo que ve. Otro viajero le grita: —Quítate la gorra, que te ha hundido.

T.— Realmente no tenía escapatoria.

J.— Y como en una reunión de incrédulos explicara este lance, saltó otro con aire de triunfo: «Pero me lo dijo mi madre».

T.— También éste se lució. Como si hubiese visto «a su madre» mejor que «a su padre».

J.— Te felicito por tu talento. Has cogido al vuelo la idea. Comprendes, por tanto, que hemos de creer muchas cosas sin haberlas visto. Y casi toda la vida se basa en creer lo que no vemos: ciudades, personajes, sucesos, historia, etc. Es más, ¿cuánto apuestas a que yo te demuestro que tú ves una cosa de un modo y la crees de modo totalmente contrario?

T.— ¿Cómo? ¿Qué veo una cosa y la creo al revés? Trabajo le doy.

J.— Dime. ¿Tú que ves? ¿Que la Tierra da vueltas alrededor del Sol, o que el Sol da vueltas alrededor de la Tierra?

T.— A la verdad, mis ojos dirían que es el Sol el que da vueltas alrededor de la Tierra.

J.— Y en cambio ¿qué crees?

T.— Verdaderamente admito, porque la ciencia lo ha demostrado, que es la Tierra la que gira alrededor de sí misma por un movimiento de rotación y al mismo tiempo gira alrededor del Sol por un movimiento de traslación.

J.— Muy bien. Por tanto, aceptas verdades completamente opuestas a lo que a ti te parece que ves.

T.— Allanada esta dificultad ya no diré más: «no creo sino lo que veo». Pero queda otra. Estoy de acuerdo con usted en que hemos de aceptar muchas cosas sin verlas, siempre que la razón nos demuestre su certeza. Mas si la razón no las explica, entonces, ¡ni hablar!; y por esto yo no creo sino lo que comprendo.

J.— Despacio, lector. En parte estás en lo cierto, en parte no. ¿Tú comprendes, por ejemplo, qué es la electricidad?

T.— No lo comprendo; pero veo la luz, y al ver la luz, mi razón me atestigua que necesariamente ha de haber una central generadora de la corriente. Por consiguiente, creo en la central aunque no la vea; pero la inteligencia me asegura que existiendo la luz ha de existir la central.

J.— Y esto incluso no comprendiendo tú cómo la central produce la corriente ni cómo la corriente produce la luz.

T.— Es verdad.

J.— ¡Chócala, amigo! Es nuestro caso. Yo no te exijo que creas en Dios y en las demás verdades de la Religión, a ciegas, sin ton ni son; sin motivo alguno de credibilidad. Ya el mismo San Pablo decía que nuestro «obsequio» religioso, o sea la honra que tributamos a Dios con nuestra fe, ha de ser racional.

T.— Ya me gusta esto. Vaya explicándose.

J.— Nosotros no vemos con los ojos del cuerpo ni comprendemos con la razón muchas verdades de nuestra fe; pero vemos cosas con los ojos y con la razón de las cuales deducimos, por lógica implacable, la existencia de aquellas verdades. Y, por consiguiente, es impropio de personas racionales y cuerdas no aceptarlas.

T.— En este plan me tiene usted dispuesto a decir que sí a todo lo que usted me demuestre ser verdad.

J.— ¿Queda, por tanto, amigo Tomás, desbrozado el terreno?

T.— Sí. Siga usted adelante, que soy todo oídos.