7. El «qualunquismo universal» del cosmopolita contra el Estado nacional (Teología Política)

Señala el Arzobispo Guerry (Op. cit., p. 12), en el año 1958, que en Francia, para hacer frente a la creciente lascivia moderna -que en pocos años reduciría la “Grandeur” a una mescolanza culturalmente mestiza, moralmente apóstata y políticamente anarcoide-, la Asamblea Plenaria del Episcopado, reunida el 27 de abril de 1954, aprobó el Directorio pastoral cuyo artículo 24 recogía la siguiente directriz: «El sacerdote no debe alejarse nunca de la Doctrina Social de la Iglesia».

Asimismo, la segunda Asamblea Plenaria del Episcopado (del mismo año) explica en su Declaración doctrinal que «uno de los males más graves de la hora presente, es el desprecio a la enseñanza social de la Iglesia».

El mayor ejemplo de la recta cuestión social y de tantas otras cuestiones edificantes, fortalecido y confirmado constantemente por la boca de los Pontífices, fue Santo Tomás de Aquino.

TomasAquino-2En la Encíclica Studiorum Ducem (29 junio 1923), el Papa Pío XI confirma la voluntad de sus predecesores, León XIII y san Pío X, de imponer el Aquinate en la formación, e insiste: «[la doctrina Tomista y Escolástica] sea atenta e inviolablemente observada por aquellos que en las escuelas del Clero enseñan las materias superiores. Tengan por cierto que cumplirán su deber y satisfarán nuestros votos si, comenzando por amar al Doctor de Aquino y familiarizándose con sus escritos comunican a los alumnos de la propia disciplina este ardiente amor, haciéndose intérpretes de su pensamiento, y los hacen capaces de excitar en los demás los mismos sentimientos (…)».

Sin embargo, pocos años más tarde, morirá el Papa Pacelli (Pío XII), último baluarte del tomismo doctrinal y social, y las Naciones serán entregadas definitivamente a Gobiernos (legítimos o usurpadores) completamente incapaces de hacer ordinariamente una buena legislación y administración, como buenos padres de familia, por culpa de la ignorancia, la indiferencia o el odio total hacia la verdadera Doctrina social de la Iglesia.

De boca de la Santa Iglesia, por el contrario, nosotros sabemos que la aceptación íntegra al Magisterio (v. Sodalitium Pianum), tanto en materia social como dogmática, moral, etc., supone para los sacerdotes y para los católicos militantes una «obligación de conciencia».

El católico, sobre todo si se dedica a la pastoral y a la política, tiene el deber de «conocer la Doctrina social, de estudiarla y de difundirla», de lo contrario, no estará capacitado para corregir el error, siendo él mismo un ciego que faltará a su deber de buen pastor, y también como legislador, siendo él portador de inmoralidad faltando a su papel de guía.

Por consiguiente, es necesario sobre todo «saber en qué consiste ésta. Sobre este punto se dan confusiones desagradables y malentendidos que es necesario disipar. De quienes la explican, depende en gran parte, la postura de muchos cristianos hacia esta doctrina » (Op. cit., p. 13). Nos referimos, claro está, a la verdadera Teología política.

El tema es sumamente delicado, porque se contraponen dos visiones. Por un lado la moderna y errónea concepción del Estado, con los designados para el Gobierno (que muchas veces resulta ser una ficción, puesto que vienen impuestos por organizaciones supranacionales) que se sienten autorizados para promulgar y defender el error y el mal; y por otro lado, la concepción del Estado que proviene de Dios, y que por lo tanto, al contrario que los primeros, quiere Príncipes y Gobernantes que tengan una «abominación total hacia el mal», lo cual contrasta con toda medida que convierte en lícito el error y el mal en sí mismo.

Los unos contra los otros.

El Cosmopolitismo supera aún más esta contraposición, ya que es la apoteosis de la apostasía, presentando un choque de mayor calado. Representa el «espíritu del mundo» que querría, con previsibles resultados funestos e inhumanos, enfrentarse directamente a Dios (cf. Enciclopedia Cattolica, Vaticano, 1952).

El Estado Nacional (que busca el bien común del pueblo), se convierte, en el Cosmopolitismo, en el enemigo a batir, distante y peligroso, porque obstruye la consecución de elecciones subjetivas (aunque comunes con intenciones de globalizarlas). Por lo que creo oportuno hablar de un qualunquismo universal (indiferencia o apatía política) cuando el cosmopolita conquista al pueblo con la ilusión de una supuesta participación democrática, aunque en la práctica anule cualquier complicidad activa, convirtiéndolo en mero espectador pasivo de una realidad que debe mutar  de forma necesaria y por todos los medios, pero según determinadas directrices impuestas por quien no tiene ninguna Potestad.

Creo que el estudio atento de la geopolítica puede facilitar la comprensión de estas dinámicas que brevemente he mencionado.

Carlo Di Pietro en ControSenso Basilicata

(Traducido por Propaganda Católica del original)