Homilía en la Fiesta de la Epifanía del Señor

Homilía de la Fiesta de la Epifanía de Nuestro Señor por D. Ugo Carandino (IMBC), iglesia de San Luis Gonzaga en Albarea (FE), 6 de Enero del 2019.

En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Alabado sea Jesucristo, sea por siempre bendito y alabado.

Queridos hermanos,

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Venite, adoremus Dominum!

Hoy es la Fiesta de la Epifanía, es decir, de la manifestación de la Divinidad y Realeza de Nuestro Señor Jesucristo. Ella pone el broche de oro al tiempo de Navidad, tiempo éste que acabará con el Domingo de la Sagrada Familia y la Octava de la Epifanía.

A través de la liturgia hemos seguido los distintos momentos de la Infancia de Jesús, narrados por el Evangelio: el Nacimiento en la Cueva de Belén, la Circuncisión de Nuestro Señor y el domingo que se encuentra entre Navidad y el 1º de Enero, en el que la Iglesia nos propuso el Evangelio de la Presentación del Niño Jesús en el Templo (Cuarenta días después de su Nacimiento).

¿Qué tienen como característica todos estos misterios de la vida del Niño Jesús? La adoración. Adoración por parte de las criaturas que lo reconocieron como el Verbo Encarnado: antes que nadie, la Virgen Santísima y San José, luego los pastores y los que estuvieron presentes en la Circuncisión y Presentación en el Templo, comenzando por San Simeón -como narra San Lucas- y la profetisa Ana.

Con el misterio que hoy contemplamos salimos de los límites del pueblo elegido por el Señor para preparar la venida del Mesías, y El Verbo Encarnado es reconocido con la solemnidad máxima por los representantes de otros pueblos. La Epifanía no es solamente la manifestación -al pueblo de Israel y a los demás pueblos- de la Divinidad y Realeza Social de Cristo, sino que con la Epifanía también comienza a realizarse lo que un tiempo atrás (puede que unos meses) profetizó San Simeón, reconociendo en ese Niño al Mesías entre los brazos de San José y la Virgen. ¿Qué dijo en esa ocasión el santo anciano? “Este niño está destinado para ruina y para resurrección de muchos”. Ruina para todos aquellos que no querrán reconocer la divinidad y realeza de Cristo, porque tropezarán con su Santo Nombre y le darán la espalda. En cambio será consolación y resurrección para aquellos que lo reconocerán.

Es por ello que esta profecía de Simeón se cumple en el misterio de la Epifanía: La ruina para Herodes y para todos los que siguieron y seguirán su ejemplo, y la resurrección (o redención) para los Magos. Herodes es una criatura y como cualquier criatura recibió inspiraciones para poder salvar su alma. En el día del Santo Nombre de Jesús puede que algunos de vosotros recitarais las Letanías del Santísimo Nombre de Jesús, en un momento de éstas se pide para que seamos librados “de la negligencia en oír tus inspiraciones”. Pues bien, queridos hermanos, en algunos casos, nos encontramos frente a elecciones que determinan que un acto sea virtuoso o demeritorio. Pero luego hay opciones que sitúan el alma de una persona en una vida honesta o en una vida deshonesta. Si se siguen las santas inspiraciones seremos conducidos hacia Dios y unidos a Dios viviremos honestamente, mientras que si despreciamos las santas inspiraciones nos alejaremos de Dios y viviremos de forma deshonesta.

Herodes, que recibió muchísimos talentos, ya que era considerado “Herodes, el Grande” por las majestuosidades arquitectónicas que concibió su ingenio, despreció estas inspiraciones como toda alma que se pone contra Dios. Y en vez de poder recordarlo hoy como San Herodes, el primer rey que puso su cetro al servicio del Rey de Reyes, sin embargo lo recordamos por aquello que llegó a ser, un desgraciado que acumuló un crimen tras otro. Tras decretar la muerte de sus propios hijos, años más tarde, mandará matar a los Santos Inocentes, ¿Por qué? Por el honor y el poder. Ahora bien, pocos meses después de la Epifanía Herodes murió y fue juzgado por Cristo. ¿De qué le valió su poder y su autoridad si no estaban fundamentadas en Cristo? De nada, nos tememos que para obtener una eternidad infeliz y tremendamente dolorosa.

No obstante, otros personajes que contemplamos en este misterio de la Epifanía nos muestran un ejemplo bien diferente, puesto que siguieron de veras las santas inspiraciones de Dios. Así actuaron los Magos, que antes incluso de ponerse camino a Belén sintieron esa inspiración que les hizo volverse hacia el Señor. Es lo que hemos visto en el Tiempo de Adviento, el deseo de Cristo. Si se tiene un verdadero deseo del Señor, uno lo busca y lo busca donde se encuentra, esto es, en la Fe, en los Mandamientos, en los Sacramentos… Los Magos tuvieron el privilegio de hallarlo físicamente, movidos por las inspiraciones que no menospreciaron sino que cultivaron. Cuando uno se encuentra frente a una tentación, ésta se convierte en pecado si se la consiente; al contrario, cuando se reciben inspiraciones buenas (del Señor, del Ángel Custodio u otros intermediarios de la Providencia), si éstas se aceptan y cultivan resultan muy valiosas para nuestra alma.

En el primer ejemplo, el de Herodes, vemos el de una persona que ha basado su vida en el desprecio de Dios hasta su ruina eterna. Mientras que en el caso de los Magos vemos a aquellos que buscan a Dios y lo ponen como base de sus vidas, ¿Con qué fin? Para meritar la vida eterna. Tanto Herodes como los Reyes Magos fueron juzgados por el mismo Juez y recibieron el premio o el castigo, en función de lo que hicieron en vida.

Todo el Tiempo de Navidad manifiesta lo que el Señor ha venido a hacer, es decir, la obra de la Redención a través de la Pasión y otros misterios que seguirán a los misterios natalicios, tan consoladores para nosotros. Consoladores si no los disociamos del fin de nuestra existencia.

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La Epifanía destierra todo laicismo: Jesucristo reconocido por los Magos como Dios y como Rey. Imitemos a los Magos, aborrezcamos a los Herodes.

Pues bien, también los Magos doblaron sus rodillas ante Cristo, reconociéndolo como Dios y como Rey. Un Dios al que adorar y un Rey al que pedir el privilegio de servir como súbditos, puesto que promete y da la vida eterna. No promete un bienestar terrenal, sino que promete y da la vida eterna. Este es el misterio de la Epifanía, que hemos de meditar con un fervor profundo puesto que recuerda como siguiendo las pisadas de los Magos muchísimos pueblos de la tierra -casi todos- se encaminaron, unos más y otros menos, hacia Nuestro Señor Jesucristo. Por lo tanto debemos agradecerle por pertenecer a esta multitud de pueblos que han obtenido la gracia de la conversión al Catolicismo romano y rezar; rezar por todos aquellos que viven en la obstinación e incredulidad y no reconocen la divinidad de Cristo, rezar por los que se encuentran en la idolatría, en la herejía, en el cisma, y también, por desgracia, por los que no están fuera de la Iglesia.

En definitiva, que esta fiesta de la Epifanía sea una acción de gracias por lo que somos nosotros, consecuencia de la adoración de los Magos (o sea la salvación para todos los pueblos, no sólo Israel), y el deseo de que todos los pueblos y todos los miembros de los distintos pueblos reconozcan a Cristo como Salvador.

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Que deseemos la Sta. Misa, con el mismo deseo de los Reyes Magos para adorar a Nuestro Señor.

En todo este contexto que hemos visto emerge la adoración: los pastores adorando, los presentes en la Circuncisión y Presentación adorando, los presentes en la Epifanía adorando, etc. Nosotros podemos y debemos adorar a Cristo cada vez que tenemos la gracia de participar en la Sta. Misa. Para empezar bien este nuevo año civil despertemos en nosotros, queridos hermanos, el deseo -no la obligación- de la Santa Misa (claro está que es una obligación bajo pecado mortal no santificar el Día del Señor). Que deseemos la Misa, como aquellos Magos que atravesaron desiertos para arrodillarse ante el Señor. Es un privilegio adorar a Nuestro Señor Jesucristo en la Santísima Eucaristía, durante la renovación del Santo Sacrificio de la Cruz. Este Santo Sacrificio de la Cruz hace posible lo que el Señor nos prometió, y que los Magos pidieron a Jesús, la santificación y salvación de nuestras almas.

Pidámosle esto, que es lo que dice la Oración de la Misa de hoy, ya que hemos conocido a Cristo a través de la Fe, por virtud de la misma alcancemos la vida eterna. Esto es lo que hace de la Epifanía una fiesta sumamente bella, consoladora y que debería llenar nuestro corazón de celo, de desear a este Cristo tan esperado, que luego se ha encarnado y ha renacido en nuestras almas el día de Navidad. En Navidad muchas iglesias se llenan, muchos -bien o mal- se acercan a los sacramentos, pero luego llega la Epifanía; y en la Epifanía, ¿Con quién estamos? ¿Con los Magos que adoraron a Cristo, y por lo tanto pusieron sus vidas en las manos de Cristo; o con Herodes, que dio la espalda a Cristo y, en lugar de adorar al portador de la vida, adoró a quien sembró la muerte? O con los adoradores de Cristo, O con los enemigos de Cristo. Ahora bien, el primer enemigo de Cristo, no lo olvidemos, está dentro de nosotros. Debemos, pues, esforzarnos y será esta la única forma real para contribuir al bien de la Iglesia y de la sociedad: que Cristo reine en nuestra alma. Arrodillarnos durante la misa y doblegar nuestra voluntad en todos los momentos del día, para que así no triunfe Herodes con el orgullo, con la soberbia, con la obstinación en el pecado, con el desorden y la infidelidad; sino que doblemos las rodillas como los Magos, que dejaron sus tierras, sus familias, sus intereses, etc. Por ello, si queremos seguir a Cristo, debemos dejar todo aquello que en nuestro caso puede ser un impedimento para encontrar y adorar a Cristo. Que Cristo sea realmente nuestro Dios y nuestro Rey.

Ha vuelto a nacer Dios en nuestras almas, ha vuelto a nacer el Rey en nuestras almas, no lo expulsemos; sino que reine hasta el momento en que, como los Magos y Herodes, seremos juzgados por este Dios y Rey. De esta forma debemos dedicar toda nuestra vida a conquistar un lugar en aquel Reino, donde reina y triunfa Nuestro Señor por todos los siglos.

En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Alabado sea Jesucristo, sea por siempre bendito y alabado.