Relicturus Ecclesiam (Alocución de San Pío X)

Relicturus Ecclesiam

Alocución del Santo Padre Pío X

pronunciada en el Consistorio del 16 de diciembre de 1907

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Venerables hermanos,

En procinto de dejar a la Iglesia y en el momento de volver al Padre, Cristo Nuestro Señor muchas veces y explícitamente predijo que estaríamos siempre expuestos a la persecución de los enemigos y nunca libres de tribulaciones en esta tierra. La misma suerte que corrió el Esposo debía ser reservada también a la Esposa, así como del primero se dijo: Tú reinarás en medio de mis enemigos (S. CIX, 2), así la otra dominaría del uno al otro extremo de la tierra, a través de los enemigos y de las luchas, hasta que al fin poniendo el pie en la patria de promisión goce de la feliz adquisición de una tranquilidad indefectible.  Y este oráculo del Divino Redentor, como ahora y desde siempre, vemos cumplirse al pie de la letra. En unos lugares acorralada por las huestes alineadas y en luchas abiertas, en otras partes por astutas artes y con camufladas insidias, pero por todos lados asediada.

Todo derecho suyo es combatido y negado; sus leyes son despreciadas por aquellos mismos que deberían tutelar su autoridad; al mismo tiempo que un cúmulo de impías y descaradas publicaciones amenazan con dañar la santidad de la fe y la pureza de las costumbres, con gran ruina para las almas y no menos perjuicio y agitación para la vida social. Eso que vosotros, no mucho tiempo atrás, pudisteis ver con vuestros propios ojos y como así mismo Nos lo referisteis. A todo esto se añade ahora otro mal incontestablemente gravísimo: un cierto espíritu ávido de novedad, que no soporta ninguna disciplina y ninguna autoridad, va difundiéndose ampliamente; apuntando a la doctrina de la Iglesia e incluso a la verdad revelada por Dios, se esfuerza por derrumbar desde sus fundamentos la Santísima Religión. Con tal espíritu se levantan algunos (¡Dios quisiera que fuesen menos!), que con un ímpetu cegado abrazan tan temerarias aspiraciones de aquello que vulgarmente alaban como ciencia, crítica, progreso y civilización. Burlada toda autoridad, ya sea la del Romano Pontífice o de los Obispos, ponen de moda una duda metódica repleta de impiedad en la misma base de la fe y se introducen, particularmente, entre el clero. De esta forma destrozan el estudio de la teología católica y extraen su  filosofía, sociología y literatura de fuentes envenenadas; difundiendo también en voz alta un conocimiento laico opuesto a la ciencia católica, y se arrogan a ellos mismos el derecho y el deber de corregir y enderezar el pensamiento católico.

Debería ciertamente deplorarse que tales hombres, abandonado el seno de la Iglesia, pasaran a ser sus enemigos declarados: pero es mucho más doloroso verlos caídos en tanto exceso de ceguera que les hace considerarse aún y proclamarse hijos de la Iglesia aunque, con los hechos si no quizá con las palabras, hayan renegado de aquella promesa de fe que pronunciaron en el Bautismo. Y de este modo mantienen aún hoy las prácticas cristianas, se alimentan de las carnes sacrosantas de Cristo y, lo que es más horrendo, suben así al altar de Dios para ofrecer allí el Sacrificio. Con todo lo que predican, lo que hacen y lo que con suma pertinacia profesan, demuestran que han perdido la fe. Y aunque se jacten de encontrarse todavía en la nave, han naufragado miserablemente.

Siguiendo el ejemplo de Nuestros Predecesores, los cuales con suma vigilancia y corazón fortísimo tutelaron la sana doctrina, prontos a que no se alterara la pureza de la fe, Nos, igualmente, recordando las palabras del Apóstol: Custodia el depósito precioso (Tim 13), publicamos no hace mucho el decreto Lamentabili y poco después la Carta Encíclica Pascendi Dominici Gregis. Con palabras fuertes advertimos al Episcopado, para que según Nuestras disposiciones, velara con máxima atención los seminarios para impedir que se hiciera daño alguno a la formación de la juventud, a la cual se educa con la esperanza de entrar a formar parte del clero; y que, nos gozamos de decirlo ahora aquí, todos los obispos acogieron nuestra advertencia con ánimo dispuesto y la pusieron en práctica con verdadero celo.

No obstante Nuestros paternales esfuerzos para el arrepentimiento de los ánimos engañados, ya sabéis Vosotros de qué modo han respondido éstos. Otros, con mentira hipócrita, quejáronse que Nuestras Palabras no iban dirigidas contra ellos y con astutas argucias trataron de esquivar la condena. Otros, con profundo pesar de los buenos, opusieron una abierta resistencia usando una audacia insolente. Por lo que, agotadas inútilmente las artes de la caridad, nos vimos finalmente obligados -con profundo tormento de nuestro corazón- a lanzar las penas canónicas.

Pese a ello no cesamos de rezar con las más vivas súplicas a Dios, Padre del entendimiento y de las misericordias, para que haga regresar a los errados al sendero de la justicia. Y esto mismo, oh Venerables Hermanos, os pedimos que hagáis también vosotros, seguro que con Nos haréis todo lo posible para alejar lo máximo posible esta peste de errores.

Y ahora, llegando al motivo por el cual os hemos reunido, queremos antes que nada daros a conocer que, habiendo resistido afectuosamente y durante un largo periodo de tiempo a la súplica de Nuestro Hijo José Sebastián Neto en lo tocante a la renuncia al Patriarcado de Lisboa, hemos aceptado finalmente la renuncia. El nuevo Patriarca, que lo sucederá en su lugar, será designado pronto por Nos en el decreto y papeletas consistoriales.

Después de esto hemos decidido crear y proclamar Cardenales de la S. R. I. a cuatro personajes egregios, todos ellos probados por su virtud y oficios ejercidos, considerados dignos de ser incluidos en vuestro amplísimo Colegio.

 

(Texto de la web oficial del Vaticano. Traducción de Propaganda Católica)