Homilía en la Fiesta de Todos los Santos

Homilía en la Fiesta de Todos los Santos por D. Piero Fraschetti (IMBC), iglesia de San Luis Gonzaga en Albarea (FE), 1 de noviembre del 2018.

En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

fb_img_15607924956631466781953694624229.jpgLa liturgia nos introduce en esta solemnidad de Todos los Santos, diciendo: “Gaudeamus omnes in Domino…” (Alegrémonos todos en el Señor, celebrando la festividad de todos los Santos, de cuya solemnidad se alegran los ángeles y alaban juntos al Hijo de Dios. Regocijaos, justos, en el Señor; bien está a los rectos la alabanza). También nosotros queremos manifestar nuestra alegría de ser llamados a ser santos, puesto que hemos sido transferidos al Reino de su Hijo amado, por los méritos del cual hemos recibido la Redención, la remisión de los pecados -según la riqueza de su gracia-, nos recuerda san Pablo. Por ello nosotros también hemos sido transportados para ser también herederos de esa gloria que el Señor quiere para todos nosotros. Jesús ha ido a prepararnos un lugar para que también nosotros tengamos parte allí, donde está Él. Y así, con Él, los ángeles, los santos gozar eternamente de la gloria prometida a sus siervos fieles.

Se abre entonces, hoy, delante nuestro, este telón tras el cual contemplamos esta gran multitud, que San Juan en el Apocalipsis -como hemos escuchado- dice que nadie era capaz de contar (turbam magnam quam dinumeráre nemo póterat), procedentes de toda tribu, lengua y nación. Todos ellos procesionando con vestidos blancos y la palma del martirio, lo que nos recuerda que nuestro deseo de ser santos consiste obviamente en vivir en gracia, en la caridad de Dios y en amistad con Él, dando testimonio -como los mártires hicieron hasta el derramamiento de sangre- con un martirio, podemos decir, “blanco”. Esto es, el testimonio cristiano de todos los días viviendo sobre todo las virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad.

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Las tres virtudes teologales son: la Fe, la Esperanza y la Caridad.

Por otro lado sabemos que la Iglesia cuando juzga canónicamente a través de un proceso, juzga la heroicidad de las virtudes de aquellos que van a ser, si procede, elevados al honor de los altares. Y se trata pues de juzgar hasta qué grado estas personas han vivido la fe, la esperanza y la caridad. Pues bien, renovemos nosotros el deseo de vivir heroicamente y tomarnos en serio las virtudes teologales:

  • La Fe: creer en aquello que Dios ha revelado y la Iglesia nos propone a creer, sin dejar de lado ninguna verdad de aquellas que componen el depósito de la Revelación. En el ámbito tradicionalista oímos a veces a muchos que queriendo ser católicos intransigentes e integrales, después y sistemáticamente, no siguen a la Iglesia porque sostienen que las “autoridades” actuales son la legítima autoridad, debiendo considerar que todo lo que éstos hacen, promulgan y difunden (el magisterio, las canonizaciones, la liturgia, etc.) es obra de Iglesia, expresión de la Iglesia. Y esto no puede ser. Si se reconoce que estas son las autoridades legítimas, tendrían que aceptar toda su obra, pues serían las autoridades legítimas y provendrían, supongamos, de la Iglesia. En caso contrario, la respuesta es otra: éstas no son las autoridades legítimas, puesto que todas estas cosas no pueden provenir de la Iglesia. Y así es, por lo que hay que ser coherente y conforme con la Fe, de manera íntegra y completa, ya que la Fe o se tiene íntegra o no se tiene.                                                                                                                                               
  • La Esperanza: Spes contra spem. Esperar siempre, incluido en los tiempos difíciles, por ejemplo en los que nos ha tocado vivir. Ciertamente son difíciles, pero no debemos perder nunca la esperanza fundada en Dios, sabiendo que obtendremos las gracias y ayudas necesarias. El Señor no nos abandona nunca, está siempre con nosotros, asistiéndonos, protegiéndonos y consolándonos. Debemos pues creer firmemente en Él y luego amarlo sobre todo y por encima de todos, incluidos de nosotros mismos. Él nos lo manda, ya que Él nos ha amado antes, no hemos sido nosotros primeros en amarle. Y lo podemos llamar “Padre” porque somos realmente sus hijos.                                                                                                                        
  • La Caridad: ¿Cómo podemos amarlo? Jesús mismo nos lo enseña: “No aquel que dice Señor, Señor; sino quien hace la voluntad de mi Padre. ¿Y cuál es la voluntad de mi Padre? Quien me ame que observe mis mandamientos. Yo y el Padre haremos morada en él”. También Jesús nos dice: “Cargad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. Lo hemos escuchado en las bienaventuranzas, que son la referencia para la verdadera felicidad, de los verdaderos bienaventurados. Y después el Señor continúa diciendo que su yugo y su carga es dulce y ligera.

img_20190914_1241552686568364857444837.jpgSin embargo, cuántas veces para evitar su yugo cargamos con otros yugos y cargas, para nada dulces ni ligeras pero aparentemente menos pesadas. Ahora bien, sin ir más lejos el Señor nos dice que quien quiera seguirlo reniegue a sí mismo, tome su cruz de cada día y le siga. Nosotros queremos hacer nuestras estas palabras sabiendo que tenemos que apartarnos un poco para que Él pueda vivir en nosotros, con la vida sobrenatural, la vida de las virtudes y de la gracia; sabiendo que la Cruz que a veces queremos alejar y rechazamos es con la cual seremos salvados.

2ac032_piodepietrelcina-200El Padre Pío decía: “Todos me piden gracias, milagros, curaciones, etc., cosas para resolver algún tipo de problema, pero nadie me pide que le ayude a llevar su cruz”. Muchas veces tenemos del Señor una mentalidad demasiado milagrera, como si fuera una lámpara de Aladín que resolviera todos los problemas relacionados con nuestra salud, el amor y el trabajo. Sin embargo Él nos ha pedido primero que abracemos la cruz. Se nos cuenta en el Evangelio, que pidiéndole la gente un milagro a Jesús, Éste les contesta: “Piden un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás”. Y ya sabemos a qué se refería.

No obstante, seamos como el grano de trigo, que no puede quedarse solo ya que muere, sino que ha de caer en la tierra y allí morir para dar fruto, igual que la rama que necesita ser podada para no quedarse estéril. Pues bien, que nosotros, aceptando esta lógica del Evangelio, podamos vivir en amistad con Dios y así lo deseemos.

10627Contemplando la Iglesia triunfante de los santos, hoy la Iglesia nos invita también a contemplar la Iglesia purgante, las almas del Purgatorio. Pensemos en nuestros seres queridos, conocidos y en tantas almas por las que nadie reza. Pues bien, en este mes con las oraciones, los sufragios y la limosna, que son todos aquellos medios que la Iglesia nos indica, ayudemos a las almas del Purgatorio. El Purgatorio es una verdad de Fe que hoy, desde hace décadas, es despreciada por incluso aquellos que se dicen “cristianos”. Nosotros, en cambio, queremos vivir como buenos cristianos esta gran verdad de nuestra Fe, sabiendo que las almas que no han expiado las penas de sus pecados en esta tierra deben sufrir la pena de sentido, aun estando ya salvadas. Dichas penas, nos enseña la Iglesia, son prácticamente las mismas que las de las almas condenadas. Ello nos debe mover a sentir compasión, piedad y misericordia de dichas almas, rezando por ellas y yendo al cementerio con actitud cristiana.

La muerte no es una broma, todo lo contrario. Hoy en día para exorcizar la muerte, como se ha perdido la fe, se vive como si nada importara y de forma superficial. Sin embargo, los muertos nos recuerdan: “nosotros fuimos aquello que vosotros sois, vosotros seréis lo que nosotros somos”. Esto os debe ayudar a la hora de considerar la importancia de la vida, de todos los días, y que todo esté encaminado hacia la gloria eterna.

Sabemos, nos recuerda San Juan, que el Señor se manifestará y nosotros seremos semejantes a Él porque lo veremos tal cual es. Que este sea nuestro deseo, nuestra oración que ahora expresamos, de poder contemplarlo un día junto a los ángeles, a los santos, a la Virgen Santísima, a las almas de nuestros seres queridos que están en el Paraíso, y poder vivir en la Gloria y Paz verdaderas por los siglos de los siglos. Así sea.

En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Alabado sea Jesucristo. Sea por siempre bendito y alabado.