¿Qué opina la Iglesia del deporte?

En la Misa celebrada el 24 de abril de 1960 con motivo de la Fiesta Pascual de los jóvenes del Centro Deportivo Italiano, en el Palazzetto dello Sport de Roma, el Cardenal Ottaviani ha animado a los jóvenes para que, con el ejemplo de su virtud, digan aquello que la católica Roma pretende decir a los deportistas de todo el mundo esperados en la Ciudad Santa para la Olimpíada.

Éste es mi tercer encuentro con el mundo del deporte, y siempre a través del Comité Provincial en Roma del Centro Deportivo Italiano. Es una demostración de cuán a gusto me encuentro entre los jóvenes y con los que se interesan por ellos. Esta ocasión de hoy me es grata, además, porque me da la oportunidad de saludar a distinguidas personalidades.

Asimismo me es grato aplaudir sinceramente a los esforzados atletas que ganaron los trofeos que les serán distribuidos, a sus dirigentes y técnicos que con su fervor y entrega les han suscitado un sano atletismo. Por último, me place, porque me da la oportunidad de hablaros del deporte en vísperas del año de la Olimpíada en Roma.

15571745059926952745271780133146Tiene fija la mirada en el deporte, ávida de ganancias, una industria que puede considerarse importante; mira al deporte cargada de insidias y codiciosa de éxitos, más de una organización de propaganda; al deporte se dirige la atención de técnicos, especialistas, pedagogos, políticos; al deporte mira la Iglesia con intenciones más nobles, más desinteresadas, dándole la justa medida en el campo de las actividades humanas y eleva su dignidad condicionándola a lo moral y religioso.

En la Antigüedad, ante el ara de Júpiter, en Olimpia, por una feliz intuición del valor trascendente de la actividad deportiva, se iniciaban las competiciones de los juegos panhelénicos en un intento de afirmar y fomentar la unidad y la virtud racial y religiosa de la estirpe griega.

Ahora, en cambio, la antorcha que iluminará las competiciones romanas en el próximo verano desconoce las barreras de los griegos y bárbaros, no señala una élite, una raza, sino que es una llamada a todos los pueblos de la tierra. El deporte ha asumido y alcanzado un valor universal. Pero es de Cristo que se ha originado esta conciencia de eficaz universalidad; y de la levadura que Él ha puesto en el mundo con su Iglesia.

La hermandad de los pueblos es obra del cristianismo, que esparció por el mundo la simiente de aquella divina palabra que nos ha enseñado a llamar Padre a Aquel que en los cielos y la tierra nos ha hecho a todos hermanos.

Cuando los deportistas de todo el mundo se hallen en Roma, podrán comprobar que existe una Roma de los Césares y una Roma de Pedro, que han usado igualmente de las vías consulares conducentes al Capitolio. Para la Roma de los Césares, aquellas vías guiaban a los legionarios a empresas guerreras y de dominación, hasta que no fueron recorridas por los pregoneros del Evangelio, portadores del mensaje de paz y hermandad.

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Pío XII observa desde el trono una demostración de baloncesto en la Plaza de San Pedro.

Aquí veremos a los deportistas de todo el mundo, de todas las razas y a todos los consideraremos hermanos, porque así nos lo ha enseñado Cristo. El valor atlético no deberá sofocar el espíritu de unión y de amor. Por esto la Iglesia quiere tener su influencia en el deporte, como un mandato que forma parte de los múltiples aspectos de su misión. No se trata de si la Iglesia puede, sino que debe mirar al mundo del deporte.

Tanto el técnico como el deportista joven aprenderá de ella la finalidad última y definitiva del atleta al servicio de la cual se dedica, valorizando al individuo, y no precisamente en detrimento de la sociabilidad, de lo político y de la religiosidad del mismo; potenciando el físico y no precisamente en perjuicio de lo espiritual, lo humano no en perjuicio de lo religioso.

Aquí en la Roma cristiana las sagradas reliquias del Coliseo harán recordar a los deportistas la fortaleza del espíritu que coronó de gloria a los atletas del martirio contra la tiranía; las monumentales Basílicas hablarán de la elevación de las almas hacia lo alto. El cuerpo humano, que el deportista quiere convertir en ágil, pronto a los reflejos, robusto y resistente, debe ser también vigilado como templo de aquel espíritu que le hace anhelar la verdadera gloria inmortal. El ejemplo que darán especialmente los jóvenes del Centro Deportivo Italiano, al no dejar desierta la casa del Señor, erigida en el mismo centro de la ciudad olímpica, dirá a los deportistas del mundo que en el centro del catolicismo el deporte es concebido también como educación, formación de las conciencias, para la resistencia moral unida a la resistencia física y para la elevación de la vida informada por los dictados del perfecto ciudadano y del perfecto cristiano. Vida que, en la virtud no únicamente física, sino también y especialmente moral, individual y social, tiende a la conquista de un laurel, incorruptible, aquella corona a la conquista de la cual San Pablo incitaba a los cristianos con el ejemplo de quienes corren en el estadio: Sic currite ut comprehendatis.

Solamente en la doctrina cristiana el cuerpo, consorte del espíritu, consagra eficazmente su dignidad y adquiere el valor de un bien, junto al espíritu, de quien no es un enemigo, sino un cooperador coesencial. Este concepto debe penetrar en la mente de los técnicos, de los políticos, de todos, en suma, que se interesan por el deporte, y descender hasta las masas de los atletas, a las multitudes de los entusiastas y de los apasionados.

Con ello ganará el individuo, la familia, la escuela, el Estado, la nación. La competición, no para exhibirse; no para la vana ambición; no para la codicia de una ganancia no honesta; sino la competición para el perfeccionamiento humano y sobrenatural de la propia personalidad.

Éste es el deporte para una juventud mejor, que el Centro Deportivo se propone dar a los jóvenes; éste es el deporte que la juventud pide, en su sano instinto, no dando al deporte preeminencia sobre otros valores, sino pidiéndole un servicio para la restauración de la fuerzas físicas o para compensar las mortificaciones y los sacrificios de orden fisiológico en el desarrollo cotidiano del deber.

Sólo así el deporte contribuirá a sustraer a la juventud de las insidias y halagos del vicio y de las trágicas consecuencias del delito. El reaparecido pervertidor paganismo, la rebelión contra Dios y sus leyes y su Iglesia; un renovado e hipócrita humanismo olvidado de lo espiritual y de lo eterno, organizan talento, técnica, arte, economía, finanzas, con daño para la juventud; con cine, teatro, prensa, festivales, reuniones, convenciones, la mayoría de las veces dañosos no solamente para el físico, que viene entorpecido por la inmovilidad, sino también para la moral, que es envenenada por la lascivia excitante.

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La prensa se hace eco de la demostración deportiva ante el Papa.

Que el deporte resista al asalto y se salve de tanto estrago; esta potente llamada de las masas juveniles responda a las ansias por lo bello, lo bueno, lo grande y lo generoso, que hay en el corazón de estos jóvenes vástagos que se encaran con la vida, fáciles al reclamo, incautos a las insidias y que son una verdadera esperanza para las familias, para la patria y para la Iglesia.

Estas palabras significan mis ansias de bien para la juventud. Tengo fe en que cada uno en su lugar las convertirá en aquel tesoro que espero para el bien de la juventud, para el bien del deporte, para el triunfo del deporte italiano ante el mundo que vendrá a Roma para oír aquello que Roma querrá decir al mundo.

(Cardenal Ottaviani, El Baluarte. Barcelona: 1962. Publicaciones Cruzado Español)