Lo que va de su siglo a nuestro siglo (Año Sacro)

est-301-264_g-2Mujer fue, pero valió por muchos hombres en aquel siglo de nuestra grandeza en que los hombres lo eran de veras. En sí reunió como en raro ejemplar las condiciones más características del pueblo católico español de su tiempo. A más de tres siglos de distancia ni la empequeñecen sucesos posteriores, ni la obscurece la lejanía, ni permite confundirse sus líneas vigorosas con las de ningún otro de sus contemporáneos. Destacarse como Santa en el siglo de San Ignacio, de San Francisco Javier, de San Pedro de Alcántara y de San Juan de la Cruz, gran santidad debe ser. Sobresalir como escritora en la época de Fr. Luis de León, del Venerable Granada, de Cervantes y de Lope de Vega, grandes letras serán. Merecer renombre de ardida y emprendedora en el siglo en que Hernán Cortés quemaba en Méjico sus naves, y los soldados españoles ganaban las batallas de San Quintín y de Lepanto, algún heroísmo descubre.

¡Oh! ¡Si como celebramos hoy la fiesta casi cuatro veces secular de la gloriosa Hija de Ávila, fuera posible hacerla revivir en nuestra vida social, hacerla discurrir por nuestras calles y plazas, frecuentar nuestras casas, visitar nuestros templos, leer nuestros periódicos y revistas (!), dar su voto tan competente y autorizado en nuestros conflictos y divisiones! ¡Ella no vio anticatólicos en su patria, porque no era conocida en ella entonces semejante gangrena, lamentábase de lo que oía decir de Francia e Inglaterra, donde calvinistas y anglicanos derribaban templos, profanaban sagrarios, hacían cesar el divino Sacrificio, arrojaban de sus casas a las esposas del Señor! Veríase obligada a preguntar hoy con espanto en el corazón y con lágrimas en los ojos: Pues qué, ¿han pasado los calvinistas de Francia nuestros Pirineos? ¿Han desembarcado en nuestras playas los anglicanos de Enrique VIII y de la feroz Isabel? ¿Quién demolió esos templos? ¿Quién martirizó y dispersó a tantos Sacerdotes, Religiosos y Religiosas y aun piadosos fieles? ¿Quién convirtió en impúdico teatro (histórico) la casa donde nací y que la piedad de mis amigos había convertido en capilla? ¿Quién hizo de ese jardín del Señor cuadro general de devastación y ruina? ¿Quién ha pervertido esa literatura, antes tan ortodoxa? ¿Quién de ese pueblo, hijo predilecto de la fe, hizo enfurecida jauría de blasfemos demagogos y socialistas? ¿Quién a las antiguas fundaciones y piadosas mandas en favor de los pobres sustituía inicuos despojos legalizados con el nombre de desamortización?

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Nosotros también nos preguntamos: ¿Quién demolió esos templos? ¿Quiénes profanaron los sagrarios y suprimieron el divino Sacrificio?… ¿Quién hizo de ese jardín del Señor cuadro general de devastación y ruina? Santa Teresa sentiría impulsos de maldición contra quienes llevan el nombre de carmelitas y no son más que agentes del modernismo anticatólico y antiespañol.

Y si al preguntar esto la Santa se le debiese responder sin disimulos la verdad, y decirle que no calvinistas franceses, ni ingleses cismáticos, ni sarracenos o moriscos, sino españoles bautizados, españoles de España ¡gran Dios! aunque parezcan los miserables no tener nada común con ellas, causaron estos desastres, sólo anhelando borrar el nombre de Dios y de su Cristo de esta tierra de Santos para hacerla patrimonio del falso dios de la Francmasonería, que es Satanás; si esto se dijese a la gran Doctora, como debería decírsele para no mentir, ¿no es de presumir que sentiría Teresa de Jesús impulsos de maldecir esta tierra que fue de su amor, o por lo menos de mirarla como non populus meus, como raza degradada, indigna de ostentar los nobilísimos blasones de su nacionalidad?

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Procesión de Santa Teresa en Alba de Tormes (1960). La verdadera España somos nosotros, y entre ellos y nosotros hay un abismo que jamás, jamás se llenará.

¡Oh Santa gloriosa! ¡Oh española insigne! Esa España no era vuestra España, porque ya no era la España de vuestra fe. ¡Era la España de vuestros enemigos… y de los nuestros! Mirad cómo la pusieron a la infeliz mentidos apóstoles de regeneración social, pérfidos, villanos bastardos, indignos del hermoso nombre de españoles. No, porque no lo fueron legítimos los que tenían declarada guerra mortal a lo que siempre España amó, a lo que heredó con lo más castizo de sus glorias, a lo que sostuvo diecinueve siglos a costa de lo más puro de su sangre. No, no era esta la España; era la irrupción extranjera que usurpó el nombre de tal. No, no era España la que, oh Santa esclarecida, tan mal os habría de parecer. No eran ellos la España verdadera: la verdadera España somos nosotros, y entre ellos y nosotros hay un abismo que jamás, jamás se llenará. Nosotros somos la España de la fe, la España de la santa tradición, la España que os canta, que os reza, que devotamente os implora, que busca en vuestros libros la inspiración de conducta, y en vuestros ejemplos la línea más segura de ella para no extraviarse ni prevaricar. Nosotros somos la España antigua, la España teresiana, la España del Papa, la España de Dios, la España que con la ardiente y tenaz protesta en los labios y el profundo gemido en el pecho, esperó y espera, sí, sin vacilar en su esperanza, como esperó durante ocho siglos de cautiverio sarraceno, la hora de su nueva redención. Y ha creído y cree en ella como cree en su Dios, y a pie firme y sin descanso trabajó y trabaja para apresurar su momento feliz. Y en su indómita heredada y proverbial fiereza rechazó y rechaza toda tregua, rehusa todo pacto, abomina toda avenencia con aquellos a quienes es su único deber y su único anhelo combatir y vencer.

(Sardá y Salvany, D. Félix; Año Sacro, Tomo II. Barcelona: Editorial Ramón Casals, 1954)