Divorcio (Diccionario de Teología Dogmática)

Divorcio:

En sentido estricto es la disolución del vínculo matrimonial para que los cónyuges puedan contraer nuevo matrimonio; en sentido lato es la separación (en cuanto a habitación, comida, etc.) de los cónyuges, subsistiendo firme el vínculo matrimonial. El divorcio en sentido estricto fue concedido por Dios a los hebreos «ob duritiam cordis eorum» y estaba tan profundamente arraigado en las costumbres de los pueblos romanos y bárbaros que hizo particularmente difícil a la Iglesia la misión de hacer que los fieles y los legisladores aceptaran el principio de la indisolubilidad del vínculo matrimonial, que ella recibió del derecho natural y sobre todo de la Revelación.

Aunque el divorcio no es directamente contrario al fin primario del matrimonio, es decir, a la procreación y educación de la prole (razón por la cual pudo Dios dispensar temporalmente de la primitiva ley de la indisolubilidad), sin embargo se opone directamente al fin secundario, es decir, a la mutua ayuda y concordia entre los cónyuges, como se ve evidentemente si se reflexiona sobre los innumerables desórdenes de que es ocasión la sucesiva separación de los cónyuges (odios, rencores, venganzas, abandono de la prole, discordia entre las familias, degradación de la mujer). Estas y otras razones semejantes movieron al divino Restaurador de la familia y de la sociedad humana a derogar la concesión hecha en el A. T. devolviendo a la institución del matrimonio su originaria indisolubilidad.

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El infiel Enrique VIII cortejando a Ana Bolena. Detrás observa la escena el Card. Wolsey, que tras ser consejero real acabaría siendo perseguido por su oposición al adulterio del monarca.

En efecto, Jesús afirmó con frase inequívoca: «Quien repudie a su mujer y tome a otra comete adulterio, y quien tome la mujer repudiada comete también adulterio» (Lc. 16, 18; cfr. I Cor. 7, 10-11; Rom. 7, 2-3). La doctrina de Jesucristo fue ilustrada por los Santos Padres, aplicada constantemente por la Iglesia Romana (que hubo de sostener gigantescas luchas con emperadores y príncipes libertinos, el último de los cuales fue Enrique VIII, que, despechado porque Roma le negaba el divorcio, separó a todo un pueblo de la verdadera fe) y finalmente definida en términos precisos en el Conc. de Trento (DB, 975, 977). Es cierto que los orientales disidentes y los protestantes, fautores del divorcio, objetan con una frase del Señor: «Pero Yo os digo que el que repudie a su mujer, excepto en el caso de adulterio (παρεκτος λογου πορνειας), la hace cometer adulterio, y quien toma a una mujer repudiada comete el mismo pecado» (Mt. 5, 32; cfr. 19, 9); respóndese a esto  que el inciso, aún separado del conjunto de la doctrina evangélica y de la tradición, no implica necesariamente que Cristo permita el divorcio en el caso de adulterio de una de las dos partes. En efecto, considerando solamente el valor de las palabras en su contexto, Jesús, al enunciar la ley de la indisolubilidad quiso prescindir de la cuestión tan espinosa para sus oyentes del adulterio; su sentido, pues, debe ser el siguiente: «quien repudie a su mujer (prescindiendo ahora del caso de adulterio) la hace cometer pecado».

Recientemente un ilustre exegeta alemán, Allgeiger, con grande erudición ha intentado la reconstrucción de la frase aramaica usada por Jesucristo, y ha sacado la conclusión de que el inciso no es más que una exclamación intercalada por el Divino Maestro para dar más fuerza a sus palabras: «el que repudie a su mujer, lo que no debéis hacer (quod ne faciatis!), la hace cometer adulterio». De esta manera desaparecería toda dificultad. Si aun exegéticamente quedase alguna nubecilla, la disiparía completamente la Tradición.

(Parente, Pietro; Piolanti, Antonio; Garolafo, Salvatore. Diccionario de Teología Dogmática. Barcelona: Editorial Litúrgica Española, 1955)