La Iglesia es una sociedad sobrenatural

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“Tu es Petrus, et super hanc petram aedificabo Ecclesiam meam, et tibi dabo claves Regni Coelorum”

Nuestro Señor ha instituido la Iglesia Católica como sociedad jerárquica y monárquica, dotada de un Magisterio auténtico e infalible para enseñar la Verdad Revelada y continuar su obra Redentora. Si queremos profundizar en las cuestiones de Fe, nos preguntaríamos: ¿Cuál es la naturaleza íntima de la Iglesia? La naturaleza de una sociedad viene determinada por su fin o bien social (1): conociendo el fin de la Iglesia sabremos su naturaleza íntima.

La Iglesia tiene un aspecto visible y humano: el Sumo Pontífice gobierna con el poder recibido de Dios, ordena a los obispos y a los fieles, etc. No obstante, la Iglesia tiene también un aspecto invisible y espiritual: está asistida por Dios en su Magisterio infalible, santifica a las almas a través de los Sacramentos, etc. Jesucristo instituyó la Iglesia con estas dos partes que son esenciales y ambas son sobrenaturales, lo cual se demuestra fácilmente. Por lo que atañe al aspecto invisible es evidente: tiene por objeto inmediato la santificación de las almas (ex opere operato). Y el aspecto visible es sobrenatural ya que, aún teniendo como objeto inmediato el gobierno de la Iglesia -al establecer una relación moral entre el superior y el inferior- los términos de esta relación son sobrenaturales: el Superior gobierna la Iglesia por el poder recibido de Dios (2), el inferior obedece por el hecho de ser, con el Bautismo, miembro de la Iglesia; además el fin último del gobierno es asimismo sobrenatural porque mira, indirectamente, a la salvación de las almas (dar la gracia a los hombres ex opere operantis).

Para explicar y demostrar mejor todo esto, veamos antes que nada los errores que se le oponen, luego la doctrina de la Iglesia y finalmente añadiremos una prueba racional fundada en la Sagrada Escritura.

Errores

Muchos han considerado a la Iglesia como una sociedad exclusivamente o ante todo natural.

Los Protestantes en general niegan que los ministros de la Iglesia tengan el poder de santificar, de enseñar infaliblemente y de gobernar. Para los luteranos, Nuestro Señor habría encomendado a la Iglesia solo el ministerio de predicar el Evangelio: Dios santificaría de forma inmediata a cada uno a través de la fe “fiducial” (3).

Los Naturalistas y Racionalistas rechazan el orden sobrenatural y todo aquello que sobrepasa la capacidad de la razón: consideran todo aquello que parece sobrenatural o que supera a las fuerzas de la naturaleza como simples invenciones, o tratan de explicarlo con motivos naturales. Otros, influenciados por un cierto cesaropapismo,  consideran a la Iglesia como una sociedad cuya función es más política que sobrenatural. Otros, también, no tienen en cuenta que el aspecto jurídico de la Iglesia depende de su aspecto sobrenatural. Los Modernistas afirman que los medios de salvación, que la Iglesia defiende haber recibido de Jesucristo, tendrían un origen humano, explicables con una evolución natural.

La enseñanza de la Iglesia

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Sesión de apertura del Concilio Vaticano I. Concilio convocado por Pío IX contra el error racionalista y galicano, que definió como dogma de fe la infalibilidad Pontificia.

El Concilio Vaticano afirma que Dios ha instituido la Iglesia para un fin sobrenatural, para que sea perenne la obra de la redención de los hombres: «El eterno pastor y guardián de nuestras almas (Pedro 2, 25), en orden a realizar permanentemente la obra salvadora de la redención, decretó edificar la Santa Iglesia, en la que todos los fieles, como en la casa del Dios viviente, estén unidos por el vínculo de una misma fe y caridad… Así entonces, como mandó a los apóstoles, que había elegido del mundo (Jn 15, 19), tal como Él mismo había sido enviado por el Padre (Jn 20, 21), de la misma manera quiso que en su Iglesia hubieran pastores y maestros hasta la consumación de los siglos (Mt 28, 20).» (4)

Pío IX destaca las distintas finalidades de la sociedad natural y de la Iglesia: la primera tiene como fin asegurar el orden público, la segunda la salvación de las almas: «la fe enseña y lo demuestra la humana razón, que existen dos clases de órdenes, y que se han de distinguir dos jerarquías simultáneas de potestades en la tierra, la una natural que vela por la seguridad de los negocios seculares y la tranquilidad de la sociedad humana, la otra empero que tiene un origen sobrenatural dirige a la ciudad de Dios, esto es, a la Iglesia de Cristo divinamente establecida para la paz y salud eterna de las almas». (5)

Enseña León XIII que las partes jurídicas de la Iglesia existen y gozan de valor si están unidas y bajo la dependencia de la vida sobrenatural: “Están en un pernicioso error los que, haciéndose una Iglesia a medida de sus deseos, se la imaginan como oculta y en manera alguna visible, y aquellos otros que la miran como una institución humana, provista de una organización, de una disciplina y ritos exteriores, pero sin ninguna comunicación permanente de los dones de la gracia divina, sin nada que demuestre por una manifestación diaria y evidente la vida sobrenatural que recibe de Dios. […] Cristo mismo, jefe y modelo de la Iglesia, no está entero si se considera en Él exclusivamente la naturaleza humana y visible… Del mismo modo, su Cuerpo místico no es la verdadera Iglesia sino a condición de que sus partes visibles tomen su fuerza y su vida de los dones sobrenaturales y otros elementos invisibles; y de esta unión es de la que resulta la naturaleza de sus mismas partes exteriores” (6). Con esto León XIII quiere decir, según explica el abbé Lucien, que “la naturaleza propia (el texto en latín concreta: propria ipsarum ratio ac natura) de las partes exteriores, visibles (partes conspicuæ) es resultado (efflorescit) de su unión con los otros elementos y dones sobrenaturales. Y ya que dicha unión pertenece propiamente a la Iglesia, excluyendo a cualquier otra sociedad, consecuentemente según León XIII, también los elementos visibles de la Iglesia difieren in natura de sus respectivos homólogos en las sociedades naturales” (7).

Pío XII explica como la Iglesia -aún teniendo en común con la sociedad civil los elementos sociales y jurídicos queridos por Nuestro Señor Jesucristo- es, no obstante, superior a ésta por su Espíritu sobrenatural:

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Credo in Unam, Sanctam, Catholicam et Apostolicam Ecclesiam.

«la Iglesia, que ha de ser tenida por una sociedad perfecta en su género, no se compone sólo de elementos y constitutivos sociales y jurídicos. Es ella muy superior a todas las demás sociedades humanas, a las cuales supera como la gracia sobrepasa a la naturaleza y como lo inmortal aventaja a todas las cosas perecederas. Y no es que se haya de menospreciar ni tener en poco a estas otras comunidades, y, sobre todo, a la sociedad civil; sin embargo, no está toda la Iglesia en el orden de estas cosas, como no está todo el hombre en la contextura material de nuestro cuerpo mortal. Pues, aunque las relaciones jurídicas, en las que también estriba y se establece la Iglesia, proceden de la constitución divina dada por Cristo y contribuyen al logro del fin supremo, con todo, lo que eleva a la sociedad cristiana a un grado que está por encima de todos los órdenes de la naturaleza es el Espíritu de nuestro Redentor, que, como manantial de todas las gracias, dones y carismas, llena constante e íntimamente a la Iglesia y obra en ella. Porque, así como el organismo de nuestro cuerpo mortal, aun siendo obra maravillosa del Creador, dista muchísimo de la excelsa dignidad de nuestra alma, así la estructura de la sociedad cristiana, aunque está pregonando la sabiduría de su divino Arquitecto, es, sin embargo, una cosa de orden inferior si se la compara ya con los dones espirituales que la engalanan y vivifican, ya con su manantial divino (8)…

»Por lo cual lamentamos y reprobamos asimismo el funesto error de los que sueñan con una Iglesia ideal, a manera de sociedad alimentada y formada por la caridad, a la que ―no sin desdén― oponen otra que llaman jurídica. Pero se engañan al introducir semejante distinción, pues no entienden que el divino Redentor, por este mismo motivo, quiso que la comunidad por Él fundada fuera una sociedad perfecta en su género y dotada de todos los elementos jurídicos y sociales: para perpetuar en este mundo la obra divina de la redención (4). Y para lograr este mismo fin, procuró que estuviera enriquecida con celestiales dones y gracias por el Espíritu Paráclito…

»No puede haber, por consiguiente, ninguna verdadera oposición o pugna entre la misión invisible del Espíritu Santo y el oficio jurídico que los pastores y doctores han recibido de Cristo; pues estas dos realidades ―como en nosotros el cuerpo y el alma― se completan y perfeccionan mutuamente y proceden del mismo Salvador nuestro, quien no sólo dijo al infundir el soplo divino: «Recibid el Espíritu Santo» (Jn 20,22), sino también imperó con expresión clara: «Como me envió el Padre, así os envío yo» (ibíd., 20,21); y asimismo: «El que a vosotros oye, a mí me oye» (Lc 10,16).» (9)

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Coronación de Pío XII. La Tiara Papal simboliza el triple poder del Pontífice: Padre de Reyes, Rector del Mundo y Vicario de Jesucristo.

Y continúa Pío XII recordándonos que Nuestro Señor se hace presente en la Jerarquía y preside los Concilios: «Él enriquece con los dones sobrenaturales de ciencia, inteligencia y sabiduría a los pastores y a los doctores, y principalmente a su Vicario en la tierra, para que conserven fielmente el tesoro de la fe, lo defiendan con valentía, lo expliquen y corroboren piadosa y diligentemente; Él, por fin, aunque invisible, preside e ilumina a los Concilios de la Iglesia» (10). Reitera aquí, Pío XII, la doctrina de Mystici Corporis, según la cual las funciones jurídicas de la Iglesia están encaminadas al fin sobrenatural: «En Nuestra Encíclica sobre el Cuerpo místico de Cristo expusimos como la “Iglesia jurídica” es también de origen divino, pero no representa a toda la Iglesia. De alguna forma ella solamente representa el cuerpo, que debe ser vivificado por el espíritu, es decir, por el Espíritu Santo y su gracia. En la misma Encíclica explicábamos como toda la Iglesia, su cuerpo y su alma, respecto a su participación de los bienes y del provecho que de ellos se derivan, está constituida exclusivamente para la “salvación de las almas”, según las palabras del Apóstol: “Omnia vestra sunt” (I Cor 3, 22). Con ello se indica la unidad superior y su fin supremo, a los cuales están destinados y se dirigen la vida jurídica y cualquier función jurídica en la Iglesia. Por consiguiente, el pensamiento, el querer y la acción personal en el ejercicio de dicha actividad deben encaminarse al fin propio de la Iglesia: la salud de las almas. Con otras palabras, el fin supremo y la unidad superior no deben procurar otra cosa que el “cuidado de las almas”, al igual que toda la obra de Cristo sobre la tierra fue el cuidado de las almas y este cuidado de las almas ha sido y es toda la acción de la Iglesia» (11).

Con estos textos resumamos la doctrina de la Iglesia. La Iglesia es una sociedad sobrenatural porque su mismo fin es sobrenatural: asegurar la salvación eterna de las almas. Por ello es superior a toda sociedad humana, incluso a la Sociedad Civil. En la Iglesia hay una parte visible y otra invisible, ambas indispensables. Todos tenemos la certeza de que la parte invisible es sobrenatural, pero también la parte visible lo es: no solo recibe la fuerza, sino que su misma naturaleza es el resultado de la unión con los elementos sobrenaturales. Jesús está presente en Ella y el Espíritu Santo la vivifica. Por este motivo no puede ser comparada con la sociedad civil, la cual no depende de la unión con los elementos sobrenaturales.

Primera prueba: La Iglesia continúa la misión sobrenatural de Jesucristo

La Iglesia ha sido constituida por N. Señor para continuar Su misión sobrenatural sobre la tierra. Demostrémoslo.

Afirmamos en primer lugar que la Iglesia ha sido constituida para continuar la misma misión de Jesucristo. Jesús dijo a sus discípulos: “El que a vosotros oye, a mí me oye, y el que a vosotros desecha, a mí me desecha, y el que me desecha a mí, desecha al que me envió” (Lc 10, 16). Jesús instituyó el Colegio de los Apóstoles, al cual ha encomendado su misma misión: “He manifestado tu nombre a los hombres que de este mundo me has dado… Ahora saben que todo cuanto me diste viene de ti; porque yo les he comunicado la palabras que tú me diste, y ellos ahora las recibieron, y conocieron verdaderamente que yo salí de ti, y creyeron que tú me has enviado… Yo les he dado tu palabra, y el mundo los aborreció porque no eran del mundo, como yo no soy del mundo… Santifícalos en la verdad, pues tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envié a ellos al mundo” (Jn 17, 6-17). Después de la Resurrección Jesús confirmó esta misión: “Como me envió mi Padre, así os envío yo” (Jn 20, 21).

El fin de la misión que Cristo ha cumplido es la santificación sobrenatural, esto es, la salvación de los hombres. El mismo nombre de Jesús señala su misión sobrenatural: “… a quien pondrás por nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1, 21). Él mismo lo dijo numerosas veces: “El Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc. 19, 10). “He bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió… Porque esta es la voluntad de mi Padre, que todo el que ve al Hijo y cree en Él tenga la vida eterna” (Jn 6, 38-40).

Por lo que el fin de la Iglesia es la santificación sobrenatural, es decir, la salvación del género humano.

Segunda prueba: La ley primera de la Iglesia tiene como finalidad la salvación sobrenatural de los hombres

La ley primera que Jesús quiere dar a su Iglesia está compuesta por tres poderes que Él le ha entregado: enseñar, gobernar, santificar (12). El fin de estos poderes es la salvación y la santificación sobrenatural de los hombres, luego el fin de la Iglesia es la salvación sobrenatural de los hombres.

a) El poder de enseñar tiene como finalidad la salvación. Así pues Jesús ha ordenado “Predicad el Evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado se salvará, mas el que no creyere se condenará” (Mc 16, 15). La misión de enseñar, explica S. Pablo (Rom. 10, 9-15), conlleva la predicación; la predicación es necesaria para que los hombres crean en Cristo, lo confiesen e invoquen su nombre; la confesión y la invocación del nombre de Cristo son necesarias para obtener la salvación, por ello el poder de enseñar tiene como fin la salvación de los hombres.

b) El poder de gobernar tiene como finalidad la salvación. En la Iglesia el encargo de gobernar es la continuación del mismo encargo de pastorear el rebaño que ejerció Jesús. Por ello dijo a San Pedro: “Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas” (Jn 21, 15-17).

Luego pastorear el rebaño de Cristo tiene como fin la salvación sobrenatural de los hombres, tal como el Señor lo ha manifestado en la parábola del Buen Pastor: “Yo soy el buen pastor, el buen pastor da su vida por las ovejas… Tengo otras ovejas que no son de este aprisco, y es preciso que yo las traiga, y oirán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo pastor… Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna, y no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano” (Jn 10, 11-28).

Por lo tanto, el fin de gobernar es la salvación y la santificación sobrenatural de los hombres.

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A través de la Iglesia Cristo nos conquista por su Sangre para la Eternidad.

c) El poder de santificar, como indica el mismo nombre, tiene como finalidad la salvación: no se trata de hecho, como afirman los Protestantes, de la simple acción de predicar el Evangelio, sino que ello conlleva el poder de dar la santificación (13), de modo tal que los ministros son verdaderamente “coadjutores de Dios por medio de los cuales Cristo obra la salvación” (Rm 15, 15). El fin del Bautismo es  renacer por el Espíritu Santo; el de la Confirmación, es el de conferirnos los dones del Espíritu Santo; el de la Eucaristía, es la participación con Cristo en la vida celestial y eterna para la cual los fieles viven; el de la Penitencia, es la verdadera remisión de los pecados; el de la Extrema Unción, es el de aliviar y salvar al enfermo, y perdonar sus pecados; el del Orden, es el de conferir la gracia y el poder de cumplir el ministerio evangélico; el del Matrimonio, es el de dar la gracia con la cual los esposos puedan imitar la unión y la dilección con la cual Cristo se ha unido a la Iglesia y la ama.

Por lo tanto, el fin del poder de santificar es la salvación y la santificación sobrenatural de los hombres.

Conclusión

Hemos dicho al comienzo de este artículo que “la dignidad de los medios se considera principalmente por razón del fin” y hemos demostrado que el fin de la Iglesia es sobrenatural. Por ello debemos concluir que la Iglesia es una sociedad sobrenatural. “Por su origen es, pues, la Iglesia una sociedad divina; por su fin y por los medios inmediatos que la conducen es sobrenatural”, afirma León XIII (14).

Siempre que se habla de la Iglesia no se puede hacer abstracción de su aspecto sobrenatural; cuando se compara la Iglesia con la sociedad civil o cuando se piensa en su aspecto jurídico y visible, olvidando u omitiendo su aspecto sobrenatural, se pierde la justa concepción de la Iglesia. Es precisamente por su parte sobrenatural que el aspecto jurídico tiene su valor y olvidarlo sería un error, similar a quien considerara en el hombre solo el cuerpo. Aun siendo éste también obra del Creador es inferior al alma, y sin ella no sería otra cosa que un cadáver si vida. De la misma manera la parte jurídica de la Iglesia, siendo querida e instituida por el mismo Cristo y contribuyendo ella también a la santificación de las almas, está animada por el Espíritu del Redentor, recibiendo la fuerza y la vida de la parte sobrenatural, sin la cual perdería su propia naturaleza y sería como un cuerpo sin alma.

Don Giuseppe Murro (sacerdote del IMBC).

(Artículo publicado en el nº62 de la revista Sodalitium. Traducción de Propaganda Católica.)


NOTAS

1) S. Th. I II, q. 1 a. 3; II II, q. 174 a. 2: “La dignidad de los medios se considera principalmente por razón del fin”.

2) El Papa recibe el poder de jurisdicción directamente de Dios; el resto de la Jerarquía de la Iglesia lo recibe a través del Papa.

3) La fe que se basa en la sola confianza en Dios, sin necesidad de nuestras buenas acciones.

4) Conc. Vat., Pastor Aeternus, 14-7-1870, DZ 3050.

5) PÍO IX, Etsi multa luctuosa, 21-11-1873.

6) LEÓN XIII, Satis Cognitum, 29-6-1896.

7) «Recordamos que “una analogía es un predicado que coincide con otros según una razón esencialmente distinta, no obstante se da una relación de semejanza” (Cf. Maquart, Elementa Philosophiae, T. 1, pp. 97-98» (NdA). ABBÉ BERNARD LUCIEN, “La situation actuelle de l’Autorité dans l’Eglise. La Thèse de Cassiciacum“, Documents de Catholicité, 1985, pág. 42 y nota.

8) PÍO XII, Mystici Corporis, 29-6-1943.

9) Ibidem.

10) Ibidem.

11) PÍO XII, Inauguración del nuevo año, a los Miembros del Tribunal de la S. R. Rota, 2-10-1944, I. P. La Chiesa, n.1135.

12) N. Señor “concedió a los apóstoles y a sus sucesores la triple potestad de enseñar, regir y llevar a los hombres hacia la santidad; potestad que, determinada con especiales preceptos, derechos y deberes, fue establecida por Él como ley fundamental de toda la Iglesia.” PÍO XII, Mystici Corporis.

13) Los ministros de la Iglesia actúan no por derecho propio, sino instrumentalmente y por derecho vicario de Jesucristo.

14) LEÓN XII, Satis Cognitum, 29-6-1896.