La defensa de la Fe con las armas (Año Sacro)

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¡Santiago y cierra, España! Este fue el grito hispánico en las gestas de nuestra historia, para defender la Patria del moro, para conquistar nuevos territorios y combatir la Revolución.

Nuestra antigua España, la España de la tradición y de la fe de Santiago, trae, a juicio del Racionalismo y del Semirracionalismo modernos, la gran mancha de haber defendido en todos tiempos a filo de espada aquella fe y tradición. Y a los fieles herederos de ella se nos echan en rostro muy frecuentemente análogas acusaciones. Sigamos examinando este punto, que es de gravísima importancia, como que marca tal vez el único verdadero motivo de disentimiento entre nosotros y gran número de nuestros adversarios.

¿Puede un pueblo, que está en posesión de la verdadera fe que ha adquirido entre los horrores del martirio, defender por todos los medios convenientes esta posesión contra cualquier clase de enemigos que intenten perturbarle en ella?

Creemos que basta formular de esta manera la pregunta, para que espontáneamente aparezca en labios de toda persona de buen sentido formulada la respuesta. Sí, puede. O mejor aún y más categóricamente. No sólo puede, sino que debe.

Y la razón está a la vista. La fe de un pueblo no es ciertamente el menor de sus títulos de gloria o el menos precioso de sus heredados blasones. Pueblo católico y que a través de combates mil ha logrado la suerte de ver realizada entre sus hijos la unidad católica, puede querer y debe querer transmitir sin menoscabo a sus hijos esta joya, que constituye su integridad moral, como la conservación de sus fronteras constituye su integridad territorial. Por la independencia de su suelo y de sus leyes y de su administración civil puede guerrear un pueblo, y debe en casos dados arrostrar la muerte el buen ciudadano, ¿y no ha de poder a su vez por lo que constituye la prenda más segura de su felicidad en esta vida y el único medio de realizar su último fin en la eternidad? Se estima con razón el porvenir del comercio, y se levanta un país en armas contra otro país rival antes que admitir imposiciones que en este ramo le perjudiquen: se estima le honor del pabellón, y todos los sacrificios de dinero y de sangre no se juzgan desproporcionados para lavar su afrenta; ¿y tan sólo ante el riesgo de lo más excelente que tiene el hombre, que es la fe de su alma, se le quiere dotado de una impasibilidad y resignación que en todo otro asunto se motejarían de indiferencia y cobardía? Su bolsa y la honra de su familia puede defender, arma en ristre, cualquier buen cristiano contra el bandolero que las asalta, ¿y el derecho de no ser molestado en el ejercicio de su culto y de sus creencias no ha de poder defenderlo un pueblo, con todos sus medios de resistencia nacional, contra un invasor, sea quien sea, que intente arrebatárselo?

Tanto es así que, o hay derecho para la guerra en este caso, o no le hay en ninguno. Y apelamos a todos los tratadistas de derecho público internacional, paganos o cristianos, hasta el advenimiento  al mundo de la herejía liberal o socialista.

Bien hizo, pues el glorioso San Hermenegildo en levantarse en armas con los españoles católicos de su tiempo contra la tiranía arriana, que personificaba en el trono visigodo nada menos que su propio padre Leovigildo. Bien hizo, y pereció a consecuencia de aquella lucha, y mártir le ha declarado la Iglesia de Dios.

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El 28 de mayo del año 722 Don Pelayo da comienzo a la Reconquista: “Nuestra esperanza está en Cristo. Este pequeño monte será la salvación de España” (Crónica de Alfonso III).

Bien hicieron todas aquellas generaciones de héroes desde Covadonga a Granada lucharon siete siglos contra el moro, sin otra razón que ser enemigo de su fe, pues a no serlo ni hubieran vacilado en admitirle pacíficamente, y fuera ésta una raza más en este país, donde tantas otras razas anteriormente se habían connaturalizado. Pero eran los árabes enemigos de la fe cristiana, y con ellos no podía ni debía ni supo tener avenencia ese pueblo de firmes y denodados creyentes. Y la Iglesia ha canonizado en cierto modo esta resistencia nacional en la institución de la fiesta de la Aparición de San Jaime; en la del Triunfo de la Cruz; en la de San Raimundo, abad de Fitero; en la de San Fernando de Castilla y en otras que sería prolijo enumerar.

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Escudo de la Inquisición, fundada por los Reyes Católicos y abolida por la Regente María Cristina de Borbón en 1834.

Bien hizo más tarde el pueblo español en pedir y erigir, contra la inminente invasión luterana, y contra los insidiosos manejos de moriscos y judíos, el santo y saludabilísimo tribunal de la Inquisición, que no fue sino una nueva forma jurídica de resistencia nacional al error contra el cual se había luchado en los campos de batalla desde los albores de nuestra historia. El ojo del inquisidor no era más que el ojo del pueblo fiel, siempre en guardia para denunciar cualquier enemigo de su fe que quisiese entrar en sus dominios; y el brazo secular que apoyaba al religioso Tribunal y ejecutaba sus fallos no era más que el brazo armado del pueblo español, que de esta suerte quería conservar incólume su glorioso patrimonio.

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En La Batalla del Bruc el pueblo español plantó cara al invasor extranjero, causando su retirada.

Bien hizo, por fin, en el siglo pasado este mismo pueblo, aún no bastardeado por el Liberalismo, alzándose como un solo hombre contra las invasoras huestes francesas, únicamente porque eran impías, que no las hubiera hostilizado si no hubiesen venido con bandera revolucionaria, como no las hostilizó poco después cuando vinieron con bandera de católica restauración. Hicieron bien Gerona, Tarragona y Zaragoza prefiriendo sucumbir entre ruinas a admitir la paz con los enemigos de Dios; hicieron bien los del Dos de Mayo y los del Bruch en oponer sus pechos, a falta de otros muros, a los arcabuces y espadas del tirano, y por mártir de la fe nacional tenían nuestros padres al que moría en tal lid, religiosa más que política, como las demás que en nuestra patria desde entonces han tenido lugar.

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La bandera católica pura, de nuestros padres, de Santiago… Tiene un nombre: INTRANSIGENCIA.

Bien hacemos, pues, los herederos de la fe y de las tradiciones de la antigua España, en mantener y querer que perpetuamente se mantenga este muro de hierro entre nosotros y los hijos francos o rebozados de la moderna Revolución. Y a falta de otras armas (que no todos los tiempos son a propósito para ciertas maneras de guerrear), bien hacemos en conservarnos alejados de todo lo que de cerca o de lejos huela a resabio herético y conformista; opuestos diametralmente a todas las doctrinas y procedimientos de este bando; inflexibles, inquebrantables, en este combatido reducto de la vieja fe española, donde ondea aún, aclamada por millares de leales, la bandera católica pura, la bandera de nuestros padres, la bandera de Santiago.

Esta bandera, tan amada de todos los buenos como aborrecida e infamada por todos los malos, se llama… ¿por qué no hemos de decirlo con el propio nombre con que éstos pretenden deshonrarla y que nosotros con orgullo aceptamos? Se llama INTRANSIGENCIA.

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La “Pepa” marca el inicio de todas las desgracias acaecidas a España en los siglos posteriores.

Si de veras queremos honrarnos con poseer en nuestro suelo la gloriosa sepultura de Santiago, con especial ahínco hemos de procurar no se entibie en nuestros corazones el ardor de la católica fe, que tan insigne Apóstol nos vino a traer. Y mucho menos hemos de permitir nos engañe el exagerado amor a la paz y a las condescendencias, hasta hacernos verdaderos tránsfugas o desertores de tan hermosa bandera. De ella ¡oh dolor! apostató años ha una parte de nuestra nación para abrazar extrañas novedades, y el empeño del enemigo común era que sin cesar continuara esta obra de infame apostasía, religiosa y nacional, que nos hiciera cada día menos católicos y a la par menos españoles. Mas otra buena parte de este mismo pueblo, gran parte, la parte más numerosa todavía de él, resistió y resiste con sin igual entereza así a la seducción del halago y del sofisma, como a la imposición y a la amenaza, y con sublime terquedad, que es el carácter distintivo de su heroica raza de mártires y soldados, mantiene frente a frente de la Revolución en todas las esferas triunfante, el inflexible Non possumus que aprendió de su madre la Iglesia Romana. Eso desespera al enemigo; eso enciende en rabia a los más o menos encubiertos amigos de él; eso es ocasión de farisaico escándalo a cuantos afectan no comprender todo el valor de esa nacional protesta. Eso hace de nosotros un pueblo original, típico, sin parecido en el desdichado mundo de nuestros tiempos; eso hace de nosotros, no los árabes de Europa, como dijo un escritor, sino los únicos verdaderos cruzados de ella, como había dicho mejor el insigne P. Fáber.

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El Requeté representó en el ’36 la España católica y tradicional que volvía a alzarse contra la Revolución Liberal y la barbarie marxista.

«¡España! ¡España! país de eterna cruzada», exclamó con acento de noble envidia el célebre ascético inglés, y hemos de convenir en que la tal fórmula es verdaderísima, aun más que gráfica y elocuente. Que fiera cruzada es la que hemos sostenido, rodeados por doquier de enemigos que, o insidiosamente o al descubierto, querían robarnos los últimos girones de nuestra cristiana nacionalidad. Fiera cruzada fue en que luchamos cada día y hora, cuerpo a cuerpo, en todos los sitios y con todas las armas, sin que descanse el brazo o cesase el grito más que para llevar el pan a la boca y alzar la angustiada súplica al trono de Dios. Y como aquellos fieles israelitas ocupados en la reconstrucción de su templo y ciudad, ceñidos juntamente para la faena y el combate, levantaba con una mano los muros y tenían con la otra en lo alto la espada para defenderlos de las incesantes correrías de los incircuncisos, así el buen español de hoy. En casi todas las demás naciones, si no se rinde la plaza,capitula por lo menos con el sitiador. Sólo hay dos pueblos en el globo en que se tiene por un crimen mentar siquiera la palabra capitulación, y los dos hablan una misma lengua, como profesan una misma fe: España y el Ecuador. El Ecuador logró un día la victoria, sellándola con la sangre de García Moreno que sobre su brecha murió. España la alcanzó y alcanzará indefectiblemente gracias a la sangre de tantos hermanos de aquel mártir, que no dudaron verter toda la suya generosamente por idéntica causa. Causa que no es la de la monarquía ni la de la república, y la prueba de ello es que lo mismo y con iguales caracteres se ventila en repúblicas que en monarquías; sino que es la causa de Dios, por la cual con el divino favor, espléndida será siempre nuestra victoria.

 

(Sardá y Salvany, D. Félix; Año Sacro, Tomo II. Barcelona: Editorial Ramón Casals, 1954)