Sursum Corda (Año Sacro)

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Pues, sí, indudable es y no hay para qué disimularlo. Reina hoy día en el organismo social, y hasta en no pocos católicos, un aplanamiento de espíritu, que es el peor tal vez de los males que aquejan a la presente generación.

Ante los alardes de la impiedad, dueña, siquier oficialmente, del mundo, y cuyas arrogancias serían síntoma gravísimo de incontrastable poderío, si casi siempre no fuese cosa probada que gordas palabras son síntoma de debilidad, hay quien no sabe sentir más que los calofríos del miedo, rayanos a los terrores de la desbandada. Y como es imposible llevar bien a la pelea soldados que tienen ya de antemano como descontada la derrota, de ahí que el enemigo más formidable que aflige hoy por hoy el Catolicismo y que en mucho paraliza sus obras, más que el valor real y efectivo de los encarnizados enemigos, sea el negro pesimismo que tiende sus alas sobre algunos de nuestros hermanos, y les impide luchar como debieran por la santa Causa de Dios y de su Iglesia, en terrenos tan duramente combatida.

¡Válganos el cielo, y cuán faltos, no diré de sentido común, pero sí de buen sentido cristiano, andan los tales católicos de almíbar y pasta flora! ¡Como si toda la historia del Catolicismo no nos mostrase que siempre han sido las mismas las altanerías de sus enemigos, y siempre igual el desengaño con que el Catolicismo se ha complacido en abatirlas y humillarlas!

Nacen estos temores y desconfianzas de falta de espíritu de fe y de sobras de espíritu naturalista. Humanamente mirada la causa de Cristo, fue desde el principio y sigue siendo ahora y ha de ser siempre una causa perdida. El Apóstol, para más gráficamente calificarla, la calificó de insensatez y locura. De lo cual rectamente se deduce que los que por ella vivimos y en ella creemos y de ella todo lo esperamos, no hemos de ser a los ojos de la mundana y terrenal sabiduría más que un hato de locos e insensatos. Que en eso, por raro concierto, convienen, por lo menos de palabra, el famoso texto del Apóstol y los dicharachos de la vocinglera impiedad.

Mas… no así, cuando divinamente consideramos la cosa, que es como deben, en buena lógica y razón, considerarse las cosas divinas. Bajo este concepto aquel desgarrador Nos insensati! deberán nuestros enemigos pronunciarlo, nunca nosotros. Son ellos los locos y desviados por la miopía de su criterio naturalista, que no ve más allá de la esfera de las humanas previsiones. Nuestro ojo iluminado por la fe ¡gracias a Dios sean dadas! ve más arriba que todo eso, y no reconoce otro límite a sus inefables certidumbres que el del infinito poder de Dios y de su inefable sabiduría y de sus indefectibles promesas.

El Sagrado Corazón de Jesús es, además de su augusta realidad, el símbolo más adecuado de esa serena confianza y consiguiente viril ardimiento, que en los corazones infunde el sobrenaturalismo cristiano. No sin causa vio en el Corazón Sacratísimo un formidable enemigo, la impiedad masónica, desde las primeras revelaciones de Aquél a Santa María Margarita. Todos los atributos del Sagrado Corazón significan oprobio, aflicción, vencimiento. ¡Cruz, herida, corona de espinas! ¡Qué bandera tan rara se da a los fieles de los modernos siglos para infundirles seguridad de vencer en estos tal vez sus postreros combates! Si no temiésemos pecar de irreverentes, diríamos que encierran de parte de Cristo para los poderes mundanos y para los católicos cobardes una irrisión, una ironía. ¡La prenda de nuestro indefectible triunfo sobre la Revolución es un jeroglífico de humillaciones y de ignominias! Pues, por eso mismo, y ello es el signo de las cosas de Dios, que como propio suyo reconoce inmediatamente el certero instinto del alma de fe.

¡Arriba, pues, los corazones todos, con el Sagrado Corazón! ¡Arriba, que no abajo han de dirigirse nuestras miradas y han de cifrarse nuestras certidumbres de indefectible victoria!

Contemplando estamos años ha las evoluciones del movimiento sectario, que parece avanzar, pero que en realidad no hace más que dar vueltas sobre sí mismo, cada día más hundiéndose y desacreditándose. ¡En eso ha venido a parar el Liberalismo, que no tiene ya otra cosa que dar de sí! ¡Y ante él, en cambio, ved cual resplandece más, más alentadora, más esperanzada que nunca la afirmación cristiana, cuyo símbolo, además de su realidad augustísima, es el adorable Corazón de Jesús!

¡Arriba, arriba los corazones todos, arriba a la victoria, con el Sagrado Corazón!

(Sardá y Salvany, D. Félix; Año Sacro, Tomo II. Barcelona: Editorial Ramón Casals, 1954)