Carta Pastoral del Dr. Irurita sobre la santificación del verano

El celoso Prelado barcelonés lamentaba amargamente los excesos pecaminosos y graves escándalos que tenían lugar, especialmente en las ciudades y pueblos marítimos de la Diócesis, durante el verano. Varias veces, para corregirlas, recabó la intervención de la autoridad civil, y se valió del auxilio de las Juntas de Acción Católica para reprimir el mal. En sus sermones combatía también los pecados del verano. A los reverendos párrocos y arciprestes de los referidos pueblos les exhortaba también particularmente a hacer lo mismo. Al mismo fin va encaminada la presente Exhortación Pastoral que publicó al principio de su pontificado en Barcelona, y las Circulares sobre la moralidad en las playas, que dictó en años sucesivos.

Justificación de las vacaciones veraniegas.

Muy amados diocesanos: No quisiéramos que tacharais de inoportuna la exhortación especial, que os vamos a dirigir, a la obra de vuestra santificación durante el verano, pareciéndoos que hemos confundido irreflexivamente este tiempo, que convida al descanso y al divertimento, con el cuaresmal, que es propiamente tiempo de santificación o de restauración cristiana. Porque, aparte de que el deber de santificarnos es de todas las estaciones del año y de todos los meses y de todos los días de nuestra vida, y, por tanto, nunca podrá ser inoportuna nuestra exhortación a que cumpláis con este deber, el primero y primordial de todos los deberes, a nadie se ocultan las razones especiales que la hacen más oportuna en el tiempo estival.

Es el tiempo de vacaciones para la juventud estudiosa, la cual, reintegrada a sus hogares, por lo general ya no toma los libros en sus manos; y, como de suyo es activa e inquieta, aplica a otras cosas su actividad y busca en otros campos el pábulo que demandan sus gustos y aficiones.

Es el tiempo de descanso para los empleados; los calores propios de la estación imponen una tregua al trabajo ordinario; todos se procuran un período de solaz más o menos largo, aun los mismos obreros, y líbrenos el Señor de condenarlo, cuando, por el contrario, nos holgaríamos grandemente de ver acrecentado el bienestar de las clases humildes y satisfecha la necesidad de un descanso anual, algún tanto prolongado, que sienten los trabajadores para atender a la reparación de sus fuerzas y a otros cuidados legítimos de la vida familiar y social.

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Nada malo hay en unas vacaciones que sirvan para descansar y “recargar las pilas” (las pilas del cuerpo y del espíritu).

Es el tiempo en que todos gustan alejarse del centro de sus ocupaciones ordinarias para procurarse algún sosiego y romper la monotonía de la vida; en que los enfermos y débiles cambian de ambiente y van en busca de otros aires para restablecerse; en que las playas marítimas atraen las muchedumbres, ofreciéndoles la frescura de sus brisas y los beneficios de sus aguas.

El verano así entendido tiene su justificación. Hay que atender a la salud y restaurar las energías quebrantadas en el trabajo; la semana tiene su descanso y está bien que el año lo tenga y de mayor duración; lícito es defenderse de los calores del estío y procurarse algunas satisfacciones en medio de los enojos de la vida.

Excesos que en ellas se cometen.

Pero todo debe tener su regla y medida y el cristiano siempre debe ser cristiano; y esto es lo que muchos olvidan, por desgracia, en la estación estival, con grave perjuicio de sus intereses espirituales, y lo que Nos quisiéramos prevenir y evitar entre nuestros amadísimos hijos.

¿No es cierto que el descanso del verano se trueca muchas veces en ociosidad, en la maldita ociosidad, sentida de todos los vicios, como la llama San Buenaventura, incentivo de los vicios carnales, según Santo Tomás?

¿No es cierto que la inmodestia en el vestir de las mujeres se agudiza durante el verano, pretendiéndose cohonestarla con el exceso del calor?

¿No es cierto que el afán de pasatiempos mundanales y placeres llega hasta el frenesí durante el verano, con manifestaciones escandalosas de pública inmoralidad?

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Las playas veraniegas son una mina de inmoralidad y de escándalo. El católico debe, pues, evitarlas.

En las playas veraniegas son todavía mayores los ataques a la moral: nos referimos a los baños de mar, de aire y de sol, que se toman con poco recato y sin separación de sexos, a los paseos mixtos en trajes de baño inverecundos, a la desaprensión, que sería ridícula, si no fuera también feamente inmoral, con que los bañistas se trasladan, medio desnudos, a sus casas a veces muy distantes de la playa, y a los atrevimientos obscenos que se permiten algunos, sin recatarse de la mirada de los niños inocentes y personas de otro sexo que los rodean.

En suma, para muchos con el advenimiento del verano se cierra el ciclo de la piedad cristiana y comienza el de la vida mundana; para muchos parece que el verano no tiene Dios o es un Dios distinto con menores exigencias respecto a la moral.

Inoporunidad de tales excesos.

Y esto es un pernicioso error. Porque Dios siempre es el mismo, no varía, no se muda; sus derechos y títulos a nuestro servicio son de todos los tiempos y lugares. El hombre continúa siendo en verano lo que es en otras estaciones, siervo de Dios, sujeto a su voluntad, obligado a cumplir sus mandamientos, sin excluir ni uno solo. La moral es inmutable, no admite dispensas ni privilegios.

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Toda la obra de la Creación que se nos ofrece a los sentidos, y particularmente en verano, es una muestra de la bondad de Dios para con los hombres.

¿Y no es, por ventura, durante el verano cuando Dios se muestra nuestro bienhechor de una manera más regalada obligándonos a más generoso servicio suyo? ¿No es Él quien nos da las mieses doradas, que entrojamos, y los frutos abundantes y sabrosos que recogemos? ¿No es Él quien mueve las brisas que orean nuestras frentes ardorosas y agita el agua del mar en que nos bañamos y el que nos da todos los medios de descanso, de recreo, de solaz…?

¿Por qué, pues, olvidar a un Dios, que tanto piensa en nosotros, y retornar contra Él los dones, que gratuitamente de Él recibimos?

Cristianos somos, y cristiano quiere decir imitador de Cristo. Y ¿no sabéis que la vida de Cristo fue una cruz continuada? No cesó de inculcarnos con palabras y ejemplos la necesidad de la mortificación y abnegación, como único camino que conduce a la salvación de nuestras almas. «Si alguno quiere venir en pos de mí -decía- niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame; porque el quiere salvar su vida, la perderá, y el que la pierda por mi amor, la salvará». Y esta doctrina suya, la confirmó con el patíbulo, como dice enérgicamente San Jerónimo: Omnem doctrinam suam patibulo roboravit.

He ahí el modelo de todo cristiano; y por eso dice San Juan Eudes: «La gracia del bautismo es una gracia de martirio».

Por donde se ve cuánto degeneran de su condición de cristianos esos veraneantes que sólo piensan en gozar, y se lanzan desaforadamente en el torbellino de los placeres vedados.

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Los placeres desenfrenados son falsa felicidad y llevan camino del infierno.

Y no se nos diga que somos enemigos de la felicidad humana, que somos unos misántropos incompatibles con la alegría de los demás, que habiéndonos trazado para nosotros mismos una norma de austeridad enojosa, nos sentimos injustamente irritados contra los que también voluntariamente han tomado otro camino más humano y placentero. Nada de eso.

La religión católica es ciertamente la religión de la mortificación y de la penitencia, pero en manera alguna es la religión de la desventura y de la desdicha. La mortificación no es el fin, según el criterio cristiano, sino el medio que a él conduce; el fin del hombre es, sin duda, la felicidad, pero la mortificación se ordena cabalmente a destruir los obstáculos que se oponen a nuestra felicidad. ¿Qué es el pecado sino el sepulcro de la alegría? Por el contrario, ¿qué es la virtud sino el festín del alma henchido de dulzuras aun en la vida presente?

Exhortación a evitarlos.

Padre de vuestras almas por designios divinos, solamente buscamos vuestra felicidad del tiempo y de la eternidad, y para obtenerla os dirigimos estas consideraciones.

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Una buena alternativa para los jóvenes durante el verano son unos campamentos verdaderamente católicos.

Jóvenes: vuestra juventud ha de ser para Dios y no para el mundo. Divertíos enhorabuena, pero no pequéis. Huid de la sensualidad, que enerva la inteligencia y corrompe el sentido. La castidad en la juventud es profecía de honradez y de virtud en la edad madura y garantía de tranquila ancianidad.

Mujeres cristianas: sed modestas en el vestir. ¿Hasta cuándo os haréis sordas a la voz del Papa y de los Prelados, que no cesan de clamar contra el libertinaje de la moda? La honestidad del vestido es un deber, y, al mismo tiempo que decora castamente a la mujer, la amuralla contra los atrevimientos insolentes del vicio. Estimaos en mucho y vivid prevenidas contra el mundo egoísta, que quiere reírse de vosotras, por quienes lloraron lágrimas redentoras los hermosos ojos de Cristo Jesús. ¿Cuál ha de ser vuestra ambición suprema? Convertiros en vivos retratos de la Purísima Virgen María.

Amadísimos hijos: «El tiempo es corto, os diremos con palabras del Apóstol, y así lo que importa es que los que lloran, vivan como si no llorasen; y los que se huelgan como si no se holgase; y los que hacen compras, como si nada poseyesen; y los que gozan del mundo, como si no gozasen de él; porque la escena o apariencia de este mundo pasa en un momento» (I Cor., VII, 29-31). Y pasará el verano con sus holganzas y ensueños de dicha y vendrá el otoño y caerán deshojadas las ilusiones. Pasará el verano o no pasará. ¡Cuántos agonizarán en sus lechos, mientras otros juguetearán en la playa veraniega! Y ¿no podría suceder que algunos hallaran también la muerte donde fueron en busca de la salud o de los regalos de la vida?

Acordados de las palabras del Apóstol: «La escena de apariencia de este mundo pasa en un momento». Y de aquellas otras del Divino Maestro: «En la hora que menos penséis, vendrá el Hijo del Hombre». (Luc., XII, 40).

Por nuestra parte, solamente deseamos que aquella hora sea para todos vosotros, muy amados diocesanos, la hora de vuestra eterna recompensa por haber santificado el verano y toda vuestra vida.

Barcelona, 9 de junio de 1930.

+Excmo. Dr. D. Manuel Irurita Almandoz, obispo de Barcelona.