Es un error defender una Unión Política Europea (Teología Política)

 

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La UE es un organismo supranacional (y antinatural) a merced de las logias y del marxismo cultural.

Desde hace unos cuantos años existe un Parlamento Europeo y también diputados elegidos en representación de los italianos (o españoles). Al agotar cada mandato somos invitados a reelegirlos o a sustituirlos por otros. En mi opinión se trata de una concepción errónea. No se puede, de hecho, hablar de forma racional de una Comunidad Europea. Menos aún de motivos válidos para transformarla en Unión Europea, como algunas personalidades han defendido. Voy a explicarme.

Comencemos con unas preguntas: 1- Es necesario recordar algunos principios fundamentales. ¿En qué sentido puede hablarse de Comunidad Política? 2- ¿Es correcto distinguir entre Comunidad de libre elección de otras de Derecho Natural? 3- ¿Qué Comunidades pueden ser consideradas de Derecho Natural? Respondiendo a dichos interrogantes resuelvo:

1= Para que sea lícito hablar de Comunidad existente, se requieren Individuos, uno de los cuales ostente la autoridad para dirigir a los demás pertenecientes al grupo. Si se trata de solo dos personas, un Hombre y una Mujer asociados para diversos fines, entre ellos el de traer hijos al mundo, hablamos de una Comunidad Doméstica, llamada Familia. Si en cambio se trata de un mayor número de personas y de Familias, que conviven en un mismo Territorio y hay alguien que las gobierna (para los fines de una buena convivencia), se habla entonces de Comunidad política (o también de Comunidad civil). 2= No solo es correcto diferenciar entre Comunidad formada por libre elección y aquellas formadas por Derecho Natural, sino que es necesario, ya que nadie puede ser obligado a formar parte de una Comunidad que no lo sea por Derecho Natural. Solo éstas últimas existen por una exigencia misma de la Naturaleza Humana, tal como el Creador la ha concebido y querido, para nuestro beneficio irrenunciable. 3= Solo la Familia Doméstica y la Sociedad Política en las que hemos nacido son de Derecho Natural, como lo demuestra el hecho de que cuando nacemos nos encontramos sujetos a dos solas Autoridades: la del Cabeza de Familia y la de quien gobierna al colectivo de los Individuos y de las Familias (a una de las cuales pertenecemos). Y esto siempre es así por Exigencia Intrínseca de la Naturaleza que Dios ha tenido la bondad de darnos.

Queda claro entonces, por lo que hemos tratado de explicar anteriormente, que la primera consecuencia absurda de querer sustituir el Orden Natural por nuevos tipos de Comunidades, implica -aunque uno no se dé cuenta- poner al hombre y su capricho en el lugar de la sabiduría divina. Que el conjunto del Género Humano, en cualquier época de la Historia, se considere (en sentido genérico) como una sola Familia, no lo ponemos en duda. Ahora bien, otro problema distinto es el de configurarlo, incluido en el plano jurídico, como una Comunidad o Unión política. Ello esconde un peligro especial, y quienes así lo defienden -sobre todo aquellos que se jactan de democráticos– propugnan una igualdad de derechos políticos para todos los mortales. La democracia en Política, es decir, como sistema de Ordenamiento Estatal, niega que la Ética Política (o social) sea una ciencia del ámbito de las Ciencias Morales. Y como tal requiere una especialización. [N.B.: profundizar en Libertas y en Graves De Communi Re, ndR].

Debemos reconocer -y tenemos una larga experiencia- que individuos con una fuerte determinación, como Vittorio Scialoja, Guglielmo Marconi o Ferruccio Lantini, por poner ejemplos recientes y de diversos ambientes culturales, consideraron adecuado colaborar con Benito Mussolini, ¡Jefe del abominable (según algunos) Fascismo! ¿Se les podría considerar ignorantes o hasta nefastos en materia de “Ciencia Política”? ¿Podríamos decir lo mismo de Pío XI, verdadero pozo de Cultura, que no dudó en negociar con el (supuesto) verdugo? Y hasta parece que lo definió como un «Hombre de la Providencia». No obstante luego, Alcide De Gasperi, hizo saltar por los aires toda la estructura de los Pactos Lateranenses, que el Papa había defendido. ¿Cómo se conjuga todo esto? Si ya vemos clamorosas divergencias entre personajes de altísimo nivel (no se entienda ello como un ‘hosanna’ hacia todos los que hemos nombrado: ¡también Hitler tuvo… su notoriedad!), ¿Cómo podríamos pretender que cada italiano (u español), alemán, francés, etc, etc. fuera capaz de decidir los fines políticos eligiendo lo justo para una entidad tan extensa, cuando no son capaces de hacerlo ni en su propio pueblecito? Aun así los instigadores de la invocada unidad europea están dispuestos a llevarla a cabo, al igual que sus defensores, bajo el supuesto de la igualdad de derechos “políticos” fundada en unas capacidades correlativas a todos: ¡como las que hay entre en un Scalfaro y un Berlusconi, o entre los asesinos racistas de Rwanda u otros lugares del corrupto planeta terrestre! Debemos pues insistir en que son insensateces, que pueden incluso rozar la blasfemia, porque ignoran o contradicen la benéfica inteligencia y soberanía del Creador del Universo. (…)

Repetimos lo ya señalado por Pío XI en la Encíclica Ubi Arcano Dei Consilio: «Porque, ¿cuántos hay que profesan seguir las doctrinas católicas en todo lo que se refiere a la autoridad en la sociedad civil y en el respeto que se le ha de tener, o al derecho de propiedad, y a los derechos y deberes de los obreros industriales y agrícolas, o a las relaciones de los Estados entre sí, o entre patronos y obreros, o a las relaciones de la Iglesia y el Estado, o a los derechos de la Santa Sede y del Romano Pontífice y a los privilegios de los Obispos, o finalmente a los mismos derechos de nuestro Creador, Redentor y Señor Jesucristo sobre los hombres en particular y sobre los pueblos todos? Y sin embargo, esos mismos, en sus conversaciones, en sus escritos y en toda su manera de proceder no se portan de otro modo que si las enseñanzas y preceptos promulgados tantas veces por los Sumos Pontífices, especialmente por León XIII, Pío X y Benedicto XV, hubieran perdido su fuerza primitiva o hubieran caído en desuso. En lo cual es preciso reconocer una especie de modernismo moral, jurídico y social, que reprobamos con toda energía a una con aquel modernismo dogmático. Hay, pues, que traer a la memoria las doctrinas y preceptos que hemos dicho; hay que avivar en todos el mismo ardor de la fe y de la caridad divina, que es el único que puede abrir la inteligencia de aquellas y urgir la observancia de éstos».

(…) Reflexionen pues, sobre los delicados Temas y Problemas relacionados con el fundamento de la autoridad y su legitimación, o incluso en los derechos de los trabajadores! ¿Y en cuánto a las relaciones entre Iglesia y Estado, Religión y Patria, Clase y Clase, Nación y Nación? Un [supuesto, ndR] obispo, en una reciente entrevista periodística, ha considerado como bueno y legítimo refiriéndose a que «estamos ante un punto de inflexión (…). Se trata de pasar de la Comunidad a la Unión (…): el futuro de los ciudadanos europeos parece al alcance de la mano. Pero para ser ciudadano hay que serlo, no solo parecerlo». ¡También el fruto del Árbol prohibido – es decir, contrariando el Designio Divino- aparecía muy atractivo y al alcance de la mano! ¿Y las consecuencias? ¿Ha reflexionado el [supuesto, ndR] obispo? Para él se trata de proyectos que el cristiano ha de apoyar en base a principios irrenunciables… De entre los cuales ha ignorado completamente el respeto debido e incondicional a la voluntad de Dios y reconocerlo abiertamente como único Soberano y Legislador… ¿A merced de quién pretende abandonar la esencia de los supuestos principios?

De Carlo Francesco d’AgostinoCentro Politico Italiano– Ed. L’Alleanza Italiana. De Quaderni della Nuova Alleanza nº48, pág. 65 y ss.

(Original publicado por Carlo Di Pietro en Sursum Corda)