Homilía del Domingo del Buen Pastor (IIº Después de Pascua)

Homilía del IIº Domingo después de Pascua (Domingo del Buen Pastor) por D. Francesco Ricossa, iglesia de San Luis Gonzaga en Albarea (FE), 15 de abril del 2018.

En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

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“Yo soy el Buen Pastor”

Estamos en el IIº Domingo Después de Pascua, “del Buen Pastor”, y es fácil comprender porqué se le llama así  leyendo tanto la Epístola, que esta vez es de S. Pedro y no de S. Pablo, como leyendo el pasaje del Evangelio, cuando el Señor proclama: “Yo soy el Buen Pastor, y conozco mis ovejas y ellas me conocen a Mí”. Para comprender plenamente estas palabras de Jesús hemos de referirnos por un lado a los profetas del Antiguo Testamento, que nos recuerdan tantísimas veces que Dios mismo es el Buen Pastor, que guió a su rebaño Israel; y por otro lado a Jesús cuando dice de sí mismo: “Yo soy el Buen Pastor” y “¿Por qué decís que soy bueno? Solo Dios es bueno”.  Se refiere a Él mismo como bueno y como Pastor, atribuyéndose a sí mismo lo que corresponde a la Divinidad. Él nos conoce, nos conoce en la intimidad, mucho mejor que nosotros mismos.

Cuando nos hemos encontrado con Nuestro Señor Jesucristo hemos encontrado a nuestro Buen Pastor, que nos protege de todos los peligros espirituales y temporales, y que nos protege y aparta de la muerte eterna dando su vida. Él no es como un mercenario, que viendo al lobo rapaz huye, sino que da su vida por su rebaño, lo nutre con su Carne y su Sangre y sacrifica su vida por nuestra salvación.

Siendo Jesús el Buen Pastor es también Sumo y Eterno Sacerdote. De hecho, Cristo -como os acabo de decir-  se refiere a Él mismo como Pastor uniéndolo al hecho de ofrecer su propia vida. En efecto, Nuestro Señor es Sacerdote ¿Cómo? Entregando su propia vida. Es por ello, al mismo tiempo, Sacerdote y Víctima. En los antiguos sacrificios el sacerdote inmolaba la víctima, pero no a él mismo. No obstante Jesús, en este gran Sacrificio de la Cruz agradable a Dios, es al mismo tiempo –simul– Sacerdote y Víctima, porque ofrece la Víctima, que es Él mismo, al Padre. Su Cuerpo entregado por nosotros y su Sangre derramada en remisión de nuestros pecados, realizado de forma cruenta el Viernes Santo, pero de forma incruenta y sacramental en la Vigilia de su Pasión, cuando tomó el pan y el cáliz en sus santas y venerables manos, bendiciéndolo, dijo: “Tomad y comed todos de Él, porque Éste es Mi Cuerpo… Tomad y bebed todos de Él porque Éste es el Cáliz de Mi Sangre”. Pero justo después de pronunciar estas palabras Cristo añade:  “Haced esto en memoria de Mí”. ¿A quién se dirigía el Señor? A los apóstoles allí presentes. ¿Y qué les quiso decir? Que re-hicieran lo que él acaba de hacer, es decir, volver a hacer ellos mismos el Sacrificio que Él acababa de realizar, ofreciendo anticipadamente y de forma sacramental el Sacrificio de la Cruz, que tendría lugar al día siguiente en el Altar de la Cruz. Es decir, que los apóstoles podían ya transformar verdaderamente el pan en su Cuerpo (ya no es pues pan sino su Cuerpo entregado en sacrificio e inmolado) y debían verdaderamente transubstanciar el vino en su Sangre Preciosa, derramada para la remisión de los pecados. Y esto debían hacerlo en memoria suya, o sea, no solo acordándose de Él, sino dirigiendo su pensamiento a su intención (a lo que Jesús quería realizar y realizó) con el fin de rehacerlo de la misma manera. Por ello, teniendo ellos esta misión de parte del mismo Cristo, los apóstoles y sus sucesores -los sacerdotes-, han recibido de Cristo el mismo poder: el de hacer aquello que Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote hizo, puesto que el sacerdote católico ha recibido de Dios esta misión.

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El sacerdote es para Dios y para el Sacrificio.

Ved como muchas veces en las películas y en todo este tipo de cosas cuando aparece o se habla del sacerdote aparece siempre ocupándose de los pobres, de los necesitados, de los afligidos y de toda persona necesitada. Ciertamente el verdadero sacerdote, el buen pastor, no puede desinteresarse de sus ovejas, de sus almas, ni de sus necesidades tanto temporales como espirituales, puesto que el sacerdote católico no es como los sacerdotes paganos, puramente ritualista que debe cumplir una serie de ritos. Pero ahora bien, ha de quedar claro que la esencia del sacerdocio no es ayudar a los pobres. De hecho las obras de misericordia, tanto las espirituales como las corporales, las podéis ejercitar también vosotros. Vosotros podéis y debéis consolar a los tristes, podéis y debéis dar de comer al hambriento, podéis y debéis aconsejar al vacilante, etc. Todas estas obras de misericordia (corporales y espirituales) las puede y debe cumplir cualquier cristiano, según sus posibilidades y circunstancias. Pero aquello que constituye al sacerdote y que lo diferencia del resto, por estar unido al Sacerdocio de Cristo ¿Qué es? Jesús lo dijo cuando instituyó el Sacerdocio: “Haced esto en memoria mía”. El sacramento del Orden, uno de los siete sacramentos -canales de la gracia- ha sido instituido en la Iglesia cuando les dijo: “Haced esto en memoria mía”. Por ello el Sacerdote es esencialmente el Sacrificador, aquél que ofrece el Sacrificio de la Misa que renueva sacramentalmente el Sacrificio del Calvario. Sacrificio que se realiza por vosotros, puesto que los beneficios de la Misa -la Sangre Preciosísima derramada por vosotros- se aplican a todas las almas. Ahora bien, antes que nada el Sacrificio de la Misa se ofrece exclusivamente a Dios, es decir, se ofrece por vosotros pero se ofrece a Dios. Por lo tanto claro está que el sacerdote ha de dedicarse a las almas, a su rebaño, pero antes que a nadie el sacerdote es para Dios, es el hombre de Dios y el que ha de ofrecer a Dios el Sacrificio. O dicho con otras palabras, el  sacerdote es el que ha de unirse a Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, no según el orden de Aarón (sacerdotes y sacrificios del Antiguo Testamento que ya han concluido y eran meras imágenes y representaciones de la realidad), sino según el Sacerdocio de Melquisedec, rey y sacerdote del Antiguo Testamento que ofreció el pan y el vino y que instauró un nuevo sacerdocio, que es el sacerdocio de Cristo.

Los sacerdotes ordenados son como un instrumento en las manos de Jesucristo, que es el Primer Sacerdote y quien ofrece cada Santa Misa por medio de las manos, la voz y la intención del sacerdote, su ministro, es decir, su Siervo. Esto es principalmente el sacerdote.

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Introibo ad Altare Dei. El Padre Pío celebrando la Santa Misa.

En el siglo pasado, en el que nosotros hemos vivido, Dios dio a la Iglesia uno de tantos ejemplos (y puede que el último) de lo que es un verdadero sacerdote: el Padre Pío. El cual, estigmatizado, es decir, semejante en todo a Jesucristo y a su Pasión, vivió para el Altar. La gente iba a sus misas cuando aún ni siquiera había salido el sol, porque en sus misas comprendían que el sacerdote es para la Misa, para el Sacrificio, para Dios. Y el resto del día, el Padre Pío, lo pasaba en el confesionario, que también es esto privilegio del sacerdote, puesto que es el dispensador de la Sangre de Cristo y capaz de luchar contra el lobo rapaz: la herejía, el pecado, el mal, el infierno, el demonio, etc. Un combate que principalmente tiene lugar en el confesionario -que es cuando se administra la Sangre de Cristo-, sin el cual (el sacramento de la penitencia) no tendríamos esperanza alguna en poder obtener el perdón de nuestras culpas. El Padre Pío pasaba toda su vida rezando, celebrando misa y confesando, absolviendo a los pobres pecadores que venían de lejos para arrodillarse delante del ministro de Dios. Y todo esto lo hemos de ver, con espíritu de Fe, en todos los verdaderos sacerdotes.

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El Santo Cura de Ars decía que si en una parroquia faltase el sacerdote la gente volvería a adorar a las bestias.

Esto es, pues, antes que nada un sacerdote y si falta éste el mundo regresa a las barbaridades más terribles. El Santo Cura de Ars decía que si en una parroquia faltase el sacerdote la gente volvería a adorar a las bestias. Y esto es lo que vemos ante nuestros ojos y peor aún. Vemos que esto sucede por doquier: iglesias vacías, sagrarios vacíos, altares vacíos (si es que no han sido destruidos)… Cuando falta el sacerdote el mundo regresa bajo el dominio de Satanás, del pecado y de las cosas más monstruosas. ¿Por qué? Porque el sacerdote hace presente  a Jesucristo, lo hace presente sacramentalmente (realmente) con la Consagración, haciendo presente el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en todas las iglesias y tabernáculos del mundo donde se celebra la Santa Misa verdadera, y lo hace presente también a través de la acción eficaz de su gracia, que la administra a través de los sacramentos, ya que casi todos los sacramentos tienen como ministro al sacerdote.

Nosotros desde el comienzo de nuestra vida sobrenatural, en nuestro bautizo, encontramos al sacerdote infundiéndonos la gracia divina y santificante, la fe y el resto de virtudes; luego nos nutre espiritualmente con la Santísima Eucaristía y con el resto de sacramentos; y al final permanece a nuestro lado en el momento de la muerte administrándonos los últimos sacramentos, en el momento que se decide nuestra eternidad: la salvación eterna y la contemplación de Dios o la condenación eterna, el infierno y el abismo terrible, donde desgraciadamente terminan tantas almas que no han tenido a un sacerdote a su lado en ese terrible momento.

Esta es la importancia que tiene el sacerdote y que el demonio conoce bien, haciendo todo lo posible para ensuciar la figura del sacerdote: primero por culpa del mismo sacerdote, cuando éste es indigno de su misión y enfanga y profana una cosa sagrada, y termina alejando a las almas de Dios; y después por culpa de los enemigos de la Iglesia, que siempre han intentado dañar al sacerdote porque saben que es el vínculo entre la Tierra y el Cielo, entre los hombres y Dios, que administra los sacramentos de Dios. Por ello el sacerdote es el “pontífice”, es decir, el puente entre la Tierra y el Cielo, entre Dios y los hombres, destruido el cual se rompe dicha unión y por ende nuestra salvación.

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Pablo VI “promulgó” el Novus Ordo Missae, aboliendo casi por completo el Santo Sacrificio en todo el orbe.

En estos últimos tiempos el demonio ha trabajado con mayor ensañamiento para que el mismo sacerdocio desapareciera y con él el Sacrificio, el perdón de los pecados y la Presencia Real en la Santísima Eucaristía. De hecho, con las reformas litúrgicas han osado tocar con manos sacrílegas los ritos milenarios, alterando todos los ritos de los sacramentos y del Sacrificio de la Misa. Por ello sobre todas las ordenaciones y ritos (exceptuando el Santo Bautismo y el Matrimonio) recae la duda trágica de su validez, logrando este modernismo imperante suprimir la Presencia Real de Jesucristo y dejar abandonados los altares. Es realmente terrible. Sin embargo, si los sacramentos no desapareciesen por esta causa lo harían por la disminución o la pérdida de vocaciones sacerdotales, vocaciones que casi siempre nacen en familias cristianas. Por lo que sois vosotros, los que no habiendo recibido el sacramento del orden habéis recibido el sacramento del matrimonio, los que debéis lograr que vuestra familia sea verdaderamente cristiana, de tal modo que puedan surgir y florecer verdaderas vocaciones sacerdotales y religiosas. Si no tenemos vocaciones es porque ya no quedan, o apenas quedan, familias verdaderamente cristianas.

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Recemos para que Dios dé a su Iglesia un verdadero Sucesor de San Pedro.

Pues bien, queridos fieles, en este Domingo del Buen Pastor hemos de rezar por los que recibirán algunas órdenes a finales de este mes, para que surjan numerosas vocaciones y para que la Iglesia tenga de nuevo un Buen Pastor. Cierto es que al Buen Pastor lo tenemos siempre, ya que es Jesucristo y sin Él seríamos ovejas descarriadas, mientras que con Él estamos seguros y es Él que en su único redil, la Iglesia, ha reunido a todos los pueblos: “Tengo otras ovejas que no son de este redil y conviene que Yo las traiga”. Son los gentiles y paganos que el Señor ha llamado a la Fe, bajo su protección y custodia. Pero debemos rezar para que Dios, en su misericordia, se apiade de nosotros y nos conceda un Buen Pastor visible sobre este mundo, es decir, un verdadero Sucesor de San Pedro. En efecto, San Pedro ha sido constituido como Pastor conjuntamente con Jesucristo y junto a Él debe gobernar y pastorear la grey de Jesucristo. Le pregunta Jesucristo a Pedro: “¿Me amas más que éstos?» Él le contestó: – «Sí, Señor, tú, sabes que te quiero.»”  Y Jesús le dice tres veces: “Apacienta mis corderos… Pastorea mis ovejas… apacienta mis ovejas”. Es pues Pedro otro Jesús y moralmente es una única persona con Jesús y es con Jesús que debe pastorear el Rebaño de Dios y defenderlo del lobo rapaz. Quien abre las puertas del redil para que el lobo pueda matar y hacer daño no es un pastor, sino que que es mucho peor que un mercenario, y por lo tanto , en consecuencia, no puede ser el verdadero Pastor de la Iglesia de Jesucristo.

Pidamos y supliquemos al Señor, que estando tan abandonados como estamos nos dé un Verdadero Pastor y verdaderos pastores para cada grey particular, es decir, obispos para nuestras pobres diócesis, verdaderos sacerdotes para nuestras pobres parroquias y para nuestras pobres almas, y que nos envíe muchas vocaciones dignas de dicho nombre: sacerdotes que rindan honor a Jesucristo por su ciencia, por la integridad de su Fe, por la asiduidad en la oración, por la pureza de su castidad, etc. Virtudes todas ellas absolutamente necesarias para que el sacerdote obre el bien y no el mal. Cuando nosotros, sacerdotes, nos encontremos en el momento del Juicio nuestra alma se encontrará en una situación mucho más severa que la que os encontréis vosotros, ¡siendo la vuestra una situación muy seria también! No obstante, los sacerdotes tendremos a la vista todas las almas que se salvaron por nuestro ministerio sacerdotal y que no se hubieran salvado sin él. Ahora bien, también veremos  a todas aquellas almas que se perdieron por nuestro mal ejemplo,  por nuestra negligencia, por nuestra tibieza, y en definitiva, por nuestra falta a los deberes sacerdotales.

Rezad por todos los sacerdotes que todavía trabajan en la Viña del Señor, porque necesitan el apoyo de las oraciones y de vuestra ayuda para no ser indignos, sino dignos, para llevar a las almas a la salvación y no a la perdición. Fijaos que tesoro tan grande y hermoso nos ha encomendado a nosotros: las almas que Él ha redimido con su Sangre y  su Cuerpo; Cuerpo y Sangre que tocan las manos del sacerdote. El sacerdocio es un tesoro precioso que el Señor nos ha confiado y del cual deberemos rendir cuentas y que no puede continuar sin alguien que lo custodie, que lo guíe, que lo nutra y que lo defienda de los peligros y del enemigo de las almas.

En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.