3. El error no tiene derechos, ni a la existencia ni a la propaganda (Teología Política)

Retomemos nuestra disertación del 17 de febrero, día en el cual los modernos fustigadores de la civilización celebraron, de manera protocolaria, la fatal conmemoración del farsante, doblemente apóstata y hereje contumaz, Giordano Bruno (cf. Quod Nuper, León XIII).  Pues bien, el ex dominico de Nola odiaba también la autoridad. Es a través de una serie de personajes similares que, en los siglos sucesivos, se va asentando esa ansia pestilente de la “laicidad”, que trae necesariamente la desesperación a los hombres y la ruina a las naciones. Veamos rápidamente los “orígenes” inmediatos de la llamada “laicidad”, es decir, del laicismo.

Según el Papa Gregorio XVI lo “que ha producido muchos de los males” es el indiferentismo. En su Mirari Vos del 15 de agosto de 1832 el Sumo Pontífice afirma: «De esa cenagosa fuente del Indiferentismo mana aquella absurda y errónea sentencia o, mejor dicho, locura, que afirma y defiende a toda costa y para todos, la libertad de conciencia. Este pestilente error se abre paso, escudado en la inmoderada libertad de opiniones, para ruina de la sociedad religiosa y de la civil». Su Santidad vislumbra ya los “terribles” frutos de esta tendencia perversa: «[…]  la inconstancia en los ánimos, la corrupción de la juventud, el desprecio por parte del pueblo- de las cosas santas y de las leyes e instituciones más respetables; en una palabra, la mayor y más mortífera peste para la sociedad […]».

El Papa Pío IX en la Quanta Cura, del 8 de diciembre de 1864, afirma: «[…] Cuando en la sociedad civil es desterrada la (verdadera) Religión (es decir, la Católica) y aún repudiada la doctrina y autoridad de la misma Revelación, también se oscurece y aun se pierde la verdadera idea de la justicia y del derecho, en cuyo lugar triunfan la fuerza y la violencia. Claramente se ve por qué ciertos hombres, despreciando totalmente y dejando a un lado los principios más firmes de la sana razón, se atreven a proclamar que “la voluntad del pueblo manifestada por la llamada opinión pública o de otro modo, constituye una ley suprema […]”»

Derechos sin deberes y perdón sin justicia es  la “guía espiritual” que anima la “laicidad”, y que inequívocamente supone el preludio de la disolución. Así, de hecho, lo corrobora el Aquinate: «[…] la justicia sin misericordia es crueldad y la misericordia sin justicia es madre de la disolución».

veritasEl Papa León XIII en su Encíclica Libertas, del 20 de junio de 1988, enseña: «Hay derecho para propagar en la sociedad libre y prudentemente lo verdadero y lo honesto para que se extienda al mayor número posible su beneficio ; pero en cuanto a las opiniones falsas, pestilencia la más mortífera del entendimiento, y en cuanto a los vicios, que corrompen el alma y las costumbres, es justo que la pública autoridad los reprima con diligencia para que no vayan cundiendo insensiblemente en daño de la misma sociedad».

El Papa Pío XII advertía así a los legisladores en la Alocución Ci Riesce, del 6 de diciembre de 1953: «”El extravío religioso y moral debe ser siempre impedido, cuando es posible, porque su tolerancia es en sí misma inmoral” no puede valer absoluta e incondicionalmente […] Lo que no responde a la verdad y a la norma moral no tiene objetivamente derecho alguno ni a la existencia, ni a la propaganda, ni a la acción».

Pese a que la Iglesia siempre ha vigilado acerca de la moralidad – no por capricho, sino por el buen crecimiento de sus hijos y futuros legisladores, para la mayor gloria de Dios y procurar el bien de los pueblos –, la irresistible codicia de las pasiones más desenfrenadas, estimulada por fuerzas supranacionales corruptoras, ha entrado tristemente a manos llenas en todos los palacios del poder. Hasta tal punto que el Papa Pacelli, en su Radiomensaje a los Romanos, del 10 de febrero de 1952, afirmó: «Es todo un mundo, que se ha de rehacer desde los cimientos, que es necesario transformar de selvático en humano, de humano en divino, es decir, según el corazón de Dios».

Firmemente y sin demagogia alguna señaló el único camino a seguir: «Este no es el momento de discutir, de buscar nuevos principios, de señalar nuevos ideales y metas. Los unos y los otros, ya conocidos y comprobados en su sustancia, porque han sido enseñados por el mismo Cristo, iluminados por la secular elaboración de la Iglesia, adaptados a las inmediatas circunstancias por los últimos Romanos Pontífices, tan sólo esperan una cosa: la realización concreta».

Carlo Di Pietro en Le Cronache Lucane

(Original de la web Sursum Corda. Traducido por Propaganda Católica)