Homilía del Domingo de Septuagésima

Homilía del Domingo de Septuagésima por D. Francesco Ricossa, iglesia de San Luis Gonzaga en Albarea (FE), 17 de febrero del 2019.

En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Alabado sea Jesucristo, sea por siempre bendito y alabado.

Hoy es el Domingo de Septuagésima, con el cual comenzamos, aunque todavía de lejos, el tiempo de penitencia como preparación para la Santa Pascua. Este tiempo terminará el Viernes Santo en el Calvario.

Las dos oraciones “in memoriam“, que se rezan a partir del Domingo de Septuagésima son: la de “a cunctis” (a todos los santos) y luego una oración a libre elección, por lo que he elegido la de obtener la gracia para llorar por nuestros pecados.

RIEn la misa de hoy encontramos dos lecturas: la Epístola de San Pablo a los Corintios y una parábola de Jesús, la de los trabajadores de la última hora, que encontramos en San Mateo. No obstante, podríamos considerar también la enseñanza que nos da el Oficio Divino en maitines -con el comentario de los Santos Padres- y que vemos también en el Introito de hoy: Circumdedérunt me gémitus mortis, dolóres inférni circumdedérunt me (Cercáronme gemidos de muerte; dolores de infierno me rodearon).

Es esta la primera consideración que debemos hacer, es decir, reflexionar sobre la condición del hombre después del pecado original; mientras que la segunda consideración será ver cómo Dios desde el principio -y más aún ahora- viene a socorrer al hombre perdido y enfermo. Por último, la tercera consideración será ver cómo a pesar de esa intervención divina y a pesar de los dones y de las gracias de Dios, muchos, muchísimos se pierden y se condenan. Por ello es importante tomarnos en serio la salvación de nuestra alma. Veamos estos tres puntos:

I. En primer lugar la verdad del pecado original. Esta tragedia para la humanidad se narra en el Primer Libro de la Sagrada Escritura, en el Génesis, en el cual se explica el primer pecado de nuestros padres. Ahora bien, es sobre todo San Pablo que, de forma explícita y detallada, nos acerca el significado y gracias a su enseñanza entendemos este primer advenimiento, y comprendemos cómo dicha caída no es solo una caída individual de Adán sino que es también la caída de todos los hombres.

Como dice San Pablo: por la desobediencia de un solo hombre entró el pecado (Adán) en el mundo y por el pecado la muerte, y luego su antítesis:”el nuevo Adán, el verdadero Adán que es Jesucristo, por la obediencia de uno solo (Jesucristo) hasta la muerte y una muerte de cruz, por Él ha venido la redención y la salvación a los hombres”. En definitiva, la desobediencia de uno solo ha causado la caída de todos y la obediencia hasta la muerte de Cruz de Uno nos ha traído a todos la Redención. Es el mismo San Pablo que nos dice de Adán:. “in quo omnes peccaverunt“, es decir “por el cual todos pecaron”. Dios había dado al hombre -que había creado por una misericordia y bondad infinitas- no solamente los beneficios naturales (la vida, la existencia, poner todo lo creado a su servicio…), ni los preternaturales (por ej. el eximirlo de sufrimientos, de la enfermedad, de la muerte), sino que sobre todo le había dado los dones sobrenaturales (la gracia, el ser hijos de Dios y después de una prueba, esta vida, la felicidad eterna en el otro mundo).

Pues bien, esto es lo que Dios ha hecho por el hombre y que el hombre ha arruinado con su caída. La caída de Adán no es sólo la suya, sino la de todos nosotros. A todos los hombres les estaba prometido ese destino de felicidad y todos los hombres lo han perdido con el pecado de Adán. Dicho pecado, que al ser bajo instigación del demonio fue como su pecado, esto es, de soberbia. El hombre ha querido asemejarse a Dios en el querer ser autónomo, esto es, regirse por sí mismo: “Yo soy mi propia ley, yo decido -no Dios- lo que es bueno y lo que es malo, nadie por encima mío”. Esta soberbia diabólica el demonio la ha insuflado en los oídos y en el corazón de la mujer y del hombre. ¡Qué caída tan grande!

ADAEsta es la miseria del pecado original con el cual nacemos, pero que llevamos ya desde el mismo momento de la concepción en el vientre de nuestra madre. Dice S. Pablo que somos “hijo de la cólera y vasos de ira”, o como afirma S. Agustín: “la humanidad entera es una masa condenada que corre y se precipita a la perdición”. El bautismo cancela el pecado original, es verdad, pero no nos preserva de las cicatrices, de las heridas y debilidades que este pecado nos ha causado en nuestra humanidad, que sin destruirla totalmente, no obstante, la ha debilitado. Somos enfermos, enfermos profundos, débiles y frágiles, y si esto somos quienes hemos sido lavados de la culpa en las aguas del bautismo ¡Cuánto más el infiel, que desgraciadamente, está subyugado por la condena a muerte que mereció nuestro padre Adán y toda su descendencia!

En la historia de la Iglesia ha habido pensadores que han exagerado las consecuencias y el hecho mismo del pecado original, son los herejes: los protestantes, Miguel Bayo, los jansenistas… Pero también han habido otros que, por el lado contrario, han cancelado o disminuido esta verdad del pecado original: los pelagianos y todos los naturalistas. Podríamos afirmar que esta es la mentalidad de nuestros días, que ha olvidado totalmente y erradicado la verdad del pecado original. Sirva de ejemplo esto que voy a decir, el Domingo de Septuagésima fue suprimido por la Reforma Litúrgica montiniana porque no se adaptaba al mundo moderno, a la soberbia, a la autonomía, a la pretendida falsa libertad y orgullo del hombre moderno.

II. Acto seguido tenemos la Redención que nos viene de Nuestro Señor Jesucristo. Ya desde el Antiguo Testamento – en el Libro del Génesis-, justo después de la caída del hombre y su justo castigo, tal como se hace referencia en la oración colecta de hoy: Nosotros pagamos justamente con las penas nuestros pecados, las penas son fruto de un juicio justo de nuestras culpas. Pero pese a ello, Dios no solamente nos castiga, sino que ha salvado al hombre. Más aún, permitiendo la caída de éste, ha sido la caída la ocasión para una Redención superior, una manifestación todavía más grande, chocante y emocionante de su Amor infinito. Vemos como desde el inicio amenaza al demonio y a todos sus esbirros con un castigo:  “Ella (la Virgen Santísima) y su Divino Hijo Jesús te aplastarán la cabeza”. Y efectivamente así será. Dios quiere aplastar la cabeza de la serpiente y reparar por medio de Jesucristo aquello que el demonio había arruinado, no en un plano de igualdad sino por sobreabundancia. “Allí donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”, dice San Pablo.

043cd5eb9a9a9c2a862609f5f0f83543--religious-people-religious-artDios ha actuado siempre así, lo hemos visto ya desde el principio con Adán: le promete el Redentor. Pero luego los anuncios continúan a lo largo de la Historia de la humanidad, reflejo de lo que vemos cuando el dueño de la viña llama a los operarios para que vayan a trabajar a su viña. Vemos primero la llamada a Adán, luego una segunda llamada en los tiempos de Noé, la tercera llamada en tiempos de Abraham cuando una vez más les es prometido el Salvador, el Mesías; y luego la llamada en los tiempos de Moisés, cuando es dada a los hombres la Ley, los Mandamientos de Dios, pero no porque éstos puedan sanarnos de nuestros pecados -puesto que solo Cristo puede sanarnos-, sino porque nos hacen comprender la profundidad de nuestro mal. Así lo muestra san Pablo: los mandamientos sirven para que el hombre entienda cuán grande es nuestra miseria y cuánta necesidad tenemos del Salvador. Y al final llega Jesucristo, solo Él puede curar al hombre y Él cura al hombre con la Redención. Como os he dicho antes, donde abundó el pecado sobreabundó la gracia.

En los sacramentos, comenzando con el bautismo -ayer tuvimos el bautizo de una niña pequeña, motivo por el que dar gracias a Dios- y siguiendo con la Eucaristía y todos los demás sacramentos encontramos en ellos el perdón, el precio que ha pagado por nosotros con la Pasión y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo.

Esta Redención ya no es para solo un Pueblo. En los comienzos eran llamados solamente algunos, pero al final, en la última hora el Dueño de la viña se acerca también a aquellos que no han hecho nada en todo el día y les dice: “¿Por qué estáis ociosos?” Y ellos responden: “Porque ninguno nos ha llamado” -Venid pues también vosotros a mi viña-. Jesús, que es el Dueño de la viña llama a su viña a los pueblos gentiles, paganos, que hasta ahora no creían, también ahora ellos trabajan para Dios y reciben ellos también el premio y la recompensa de la Vida Eterna. Cuando los primeros llamados ven que a los últimos llamados también les es prometida la Vida Eterna se ponen celosos y envidiosos: Nosotros que hemos sido los primeros y hemos trabajado más se nos debe dar más, ¿por qué hemos de colocarnos al lado de éstos? Los celos y la envidia eran ya sentimientos del demonio para con el hombre: “Yo estoy condenado, ¿el hombre salvado? ¡Jamás! Lo arruinaré”. Y del mismo modo les sucedió a tantos llamados de la primera hora que tuvieron celos de los paganos llamados a la Fe, a la Iglesia, queriendo acabar con ellos y arruinarlos juntamente con ellos. Así es toda la historia de la Humanidad, desde el Calvario hasta hoy y cada vez peor.

III. Pero detengámonos en el tercer aspecto. Si todos aquellos que han aceptado trabajar en la viña y que por lo tanto son aquellos que han sido llamados por el Señor, ¿Todos ellos se salvarán? No, porque el Señor concluye su parábola diciendo: “Muchos son los llamados y pocos los escogidos”, y además la Epístola a los Corintios, este pasaje, termina con las palabras: “la mayor parte de ellos desagradaron a Dios”. Por lo tanto vemos que de aquellos que comienzan a trabajar muchos se pierden. San Pablo lo explica bien, retomando el ejemplo del Antiguo Testamento: “Ved a nuestros padres, todos ellos dejaron Egipto (símbolo del pecado) por la Tierra Prometida (símbolo de la Salvación Eterna); ved que todos ellos cruzaron el Mar Rojo y fueron guiados por la nube (símbolo del Bautismo); ved que todos ellos comieron de un alimento espiritual (el maná caído del Cielo) y de una bebida espiritual, del agua que brotó de la roca (símbolo de Cristo). Y después pasando del pasado (de las imágenes, de los símbolos, de las figuras) habla del presente, la realidad. Nosotros, cristianos, hemos salido del dominio de Satanás (Egipto), hemos sido bautizados, hemos recibido el alimento y la bebida espiritual (el Cuerpo y la Sangre de Cristo), pero no todos, ni siquiera la mayor parte, alcanza la Vida Eterna”. ¿Por qué? Porque es necesario vivir en gracia de Dios. Quien quiere el fin, quiere también los medios.

Después tenemos otro ejemplo de San Pablo, el del atleta que quiere ganar la carrera. Y por ello todos los atletas se sacrifican, se mortifican (deben controlar sus comidas, pasar horas y horas en el gimnasio), etc. Pero de todos los que corren solamente uno obtendrá la victoria. Pues bien, también nosotros hemos de saber que queremos alcanzar la Victoria, que no son los cinco minutos de popularidad, de riqueza, de alegría por haber ganado, pero que luego pasan y son corruptibles, sino la corona incorruptible que es la corona inmortal de la Vida Eterna y del ver a Dios cara a cara. Para ello debemos entender bien que no podemos ganar sin mortificarnos. Dice San Pablo: “Yo mismo que he sido llamado a ser apóstol por Jesucristo, yo que he hecho milagros y he visto cara a cara a Dios aún siendo viviente en esta tierra. Pues bien, yo temo que después de haber predicado a los demás no sea yo un réprobo, un condenado; por lo tanto hago penitencia y me mortifico”. Dirá San Pablo a todos nosotros: “Trabajad vuestra salvación con temor y temblor”. ¿Por qué tan pocos se preocupan de salvar su propia alma y de amar a Dios sobre todas las cosas? No solo pensar en salvar nuestra alma porque es quedarnos en el pensamiento sobre nosotros, que aunque siendo algo santo debemos pensar en Dios, ya que salvar nuestra alma significa querer ver a Dios por toda la eternidad y unirnos a Él por una unión de amor y de contemplación con el Señor. ¿Por qué les interesa a tan pocos?, ¿Por qué tan pocos temen el infierno?, ¿Por qué menos gente aún desea el Cielo? Porque hay poca Fe.

Si nos tocan a nuestro bienestar enseguida protestamos, pero si al contrario nos quitan la Fe no protestamos y permanecemos indiferentes. Hemos llegado a tal punto que Bergoglio en el viaje que ha hecho a los Emiratos Árabes ha afirmado que todas las religiones vienen de Dios, tanto aquellas que niegan que Jesucristo sea Dios, como las que afirman que Jesucristo es un impostor o las que adoran a una multiplicidad de divinidades ¿De verdad que todas estas religiones vienen de Dios? Es tal la magnitud de una afirmación así, pero no obstante ha pasado casi desapercibido, a lo mucho algunos se quejan y se lamentan. Pero, ¿Para qué? ¡Si van a continuar allí, en comunión con aquél que ha dicho tantas barbaridades! Y ¿por qué todo esto? Porque hay poca Fe.

Este es el problema de fondo: poca y muy poca Fe. Es una Fe ineficaz, una Fe que no cambia nuestra vida, una Fe que no supone el criterio para regular mis acciones ni de animar mi caridad. Es por ello que tengo poco cuidado de mi alma, me preocupo de la salud pero no de mi alma. Me preocupo si mi cuerpo me da señales de enfermedad, pero no me preocupo si vivo en pecado mortal o estoy en peligro de caer en el pecado mortal; me preocupo de no morir, pero no me preocupo de no morir eternamente. Así es, tristemente, la situación de tantos hombres.

img_20190308_2353067034692100602962006.jpg¿Me condenaré o me salvaré? Esto no lo sé, pero con mayor probabilidad lo puedo saber si ahora estoy en gracia o en desgracia de Dios y si estoy en desgracia de Dios voy por el camino de la perdición. Si me salvo mi vida habrá tenido un sentido, si me condeno mi vida habrá carecido de todo sentido. Como dijo Jesús sobre Judas, a quien llamó “hijo de la perdición”: “Mejor hubiera sido para él si no hubiera nacido nunca”. Para esta gente es peor haber nacido, mejor les hubiera sido no haber nacido, no porque estén condenados de antemano, sino por haber usado mal de sus vidas su eternidad será terriblemente y casi infinita y eternamente infeliz.

Este Domingo de Septuagésima, como podéis ver, es incómodo para el hombre moderno y por ello lo suprimieron los modernistas. Los modernistas son y el modernismo es la principal causa de condenación de las almas en la actualidad. Esta es la verdad. No la única, claro está, pero la principal. Han hecho más daño ellos que todos los enemigos de la Iglesia a lo largo de la historia, desde los inicios de la humanidad hasta hoy. Ante esto, ¿Cómo podemos ser tolerantes con esta monstruosidad? No debemos olvidarnos sin embargo de pensar en nuestra alma, porque como os he dicho ya el principal enemigo de nuestra alma somos nosotros mismos: si vivimos mal, si aceptamos el mal, si elegimos el mal… nos convertimos en enemigos mortales de nosotros mismos.

Es pues este el momento de hacer penitencia; no esperemos al último momento de nuestra vida que no sabemos cuándo será y tendremos que cargar con toda nuestra vida sobre nuestras espaldas. Tratemos ahora de hacer penitencia y de vaciar con sinceridad nuestro corazón para convertirlo al Señor, ahora que todavía podemos trabajar en la viña y merecernos la moneda de oro que nos ha prometido el Señor. Todo ello a través de la intercesión, la mediación y de la oración a la Virgen María, Nuestra Madre.

En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Alabado sea Jesucristo, sea por siempre bendito y alabado.