2. Giordano Bruno, el falso mito creado por la masonería (Teología Política)

Lo habíamos dejado con algunas reflexiones del Papa Pío XI sobre el concepto de autoridad, enseñanzas que el mismo Pontífice sintetiza el día 11 de diciembre de 1925 en la Quas Primas, donde proclama la Realeza Social de Cristo: «Lo que al comenzar nuestro pontificado escribíamos sobre el gran menoscabo que padecen la autoridad y el poder legítimos, no es menos oportuno y necesario en los presentes tiempos, a saber: “Desterrados Dios y Jesucristo —lamentábamos— de las leyes y de la gobernación de los pueblos, y derivada la autoridad, no de Dios, sino de los hombres, ha sucedido que… hasta los mismos fundamentos de autoridad han quedado arrancados, una vez suprimida la causa principal de que unos tengan el derecho de mandar y otros la obligación de obedecer. De lo cual no ha podido menos de seguirse una violenta conmoción de toda la humana sociedad privada de todo apoyo y fundamento sólido”».

Erradicada la causa primera de la sociedad, esto es, Nuestro Señor Jesucristo, que por los laicistas ha sido relegado impíamente a la exclusividad de las sacristías, deseando que de allí también desapareciera, la sociedad, por una consecuencia lógica, ha sido trastocada fuertemente, precipitándose de este modo en una peligrosísima “anarquía práctica”, el humus ideal para los demócratas demagogos.

Uno de los símbolos del ambiente masónico laicista contemporáneo, así como de la rebelión a la autoridad, es el “libre pensador” Giordano Bruno. Hoy, 17 de febrero de 2016 se celebra, como ya viene siendo costumbre desde hace tiempo, el aniversario de su muerte, al menos desde que las camarillas y sectarios de medio mundo erigieran una estatua en su memoria en Campo dei Fiori (Roma).

El Papa León XIII, en su Alocución Amplissimus collegium del 24 de mayo de 1889, se lamentaba de lo ocurrido: « […] se ha llegado hasta el punto de que en esta misma ciudad (Roma) […] se consienta a la impiedad desafiar la religión de Jesucristo con grandilocuentes y sistemáticas injurias, rindiendo los honores debidos a la virtud a un apóstata del catolicismo, y esto no sin una insolente obstinación».

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Giordano Bruno fue condenado a la hoguera en 1600.

Según la pluma de Pietro Balan, en el ensayo  histórico Giordano Bruno e i suoi meriti per un monumento… (Giordano Bruno y sus méritos para un monumento…), Boloña 1886, y según todos los historiadores académicos que trazan la vida nefasta de Bruno, el ex monje de Nola fue un jugador a varias bandas, doblemente apóstata y hereje empedernido. Giordano Bruno era un conocido misógino; en 1576 huyó del convento que lo acogía para evitar un proceso por herejía, en la época considerada ésta como un crimen por parte del Estado ya que la herejía suponía un peligro para el orden social; en 1579 se refugió en la Ginebra calvinista y también por ellos fue excomulgado; luego trabajó como espía para el inglés sir Francis Walsingham, en la embajada francesa en Londres para combatir contra los ingleses católicos; traicionó tanto al embajador Michel de Castelnau como al hábito dominico para obtener información que pudiera ser usada en contra de los católicos de Inglaterra (por ejemplo: denunció a un penitente que le había confesado su intención de asesinar a la reina); volvió a París con Enrique VIII de Valois, que siempre lo había protegido, pero terminó expulsándolo por una trifulca; se trasladó entonces a Magdeburgo, en Alemania, donde obtuvo una cátedra universitaria, pero también esta vez hubo de marchar por litigios con el rector; continuó con su huida refugiándose en Wittenberg, donde se hizo luterano para después ser excomulgado por los mismos luteranos en Helmstadt, en 1589 (según el mismo Bruno los luteranos debían de ser «exterminados y eliminados de la faz de la tierra como las langostas, la cizaña y las serpientes venenosas»); fue hasta Praga con Rodolfo II, que lo hospedó porque le interesaba el esoterismo y las supuestas “habilidades mágicas” de Giordano Bruno, pero también esta vez fue expulsado por embustero; en 1591, tras un largo deambular, Bruno acabó refugiándose en Venecia, junto al noble y aspirante ocultista Giovanni Mocenigo, pero también por este motivo fue denunciado a la autoridad y finalmente recibió la condena que merecía el 17 de febrero de 1600.

El Papa León XIII en su Encíclica Quod Nuper, del 30 de junio de 1889, comentó: «Se celebran pompas a un hombre doblemente apóstata, herético empedernido, cuya obstinación contra la Iglesia arrastró hasta la muerte. Y por todo ello se le ha honrado, pese a que no tenía ninguna notable cualidad: no tenía ni un alto conocimiento científico, porque sus obras lo revelan como partidario del panteísmo y del abominable materialismo, y a veces en contradicción consigo mismo; ni dotado de virtudes notables, puesto que sus costumbres han quedado para la posteridad como ejemplos de la extrema maldad y de la corrupción, a la cual las pasiones desenfrenadas pueden llegar a empujar a un hombre. Tampoco fue autor de grandes obras ni de reconocibles servicios en favor del bien público, puesto que sus aptitudes consistieron en el fingir y en el mentir, preocupado únicamente de sí mismo e intolerante con quien no aceptara sus ideas, adulador, abyecto y perverso […]».

El Pontífice de la imperecedera Rerum Novarum añadía: «Éstos precisamente son los ideales y las aspiraciones de las malvadas sectas, las cuales quieren a toda costa alejar a todos los cuerpos sociales de Dios, y con odio infinito, hasta el límite extremo, combaten contra la Iglesia y el Pontificado romano. Y para hacer más solemne el ultraje y más evidente el significado de ello, se quiso hacer la inauguración en medio de grandes pompas y con un notable número de personas. Roma vio en esos días y dentro de sus murallas, una gran muchedumbre de personas proveniente de todas partes, que portaban escandalosos estandartes por las calles contra la religión. Y lo más terrible todavía, no faltaron las enseñas con la imagen del pérfido cabecilla de los sediciosos e instigadores de toda rebelión, que negó la obediencia al Altísimo en los cielos».

Carlo Di Pietro en Le Cronache Lucane

(Original de la web Sursum Corda. Traducido por Propaganda Católica)