La Santa Cuaresma (Año Sacro)

¿Eres católico, lector? ¿sí o no? Si no lo eres, no hablo contigo en este día: suéltame y vete a otro asunto. Mas si lo eres, si algo retienes aún de tu verdadera Religión, si no te has atrevido todavía a renegar de la fe de tu Bautismo, léeme bien, medítame, y luego haz como te dicte tu conciencia católica. Para esto, de tres puntos quiero conversar ahora contigo, reduciéndolos a estas tres preguntas:

¿Qué viene a ser la santa Cuaresma?

¿Qué exige de nosotros?

¿Qué tenemos derecho a esperar nosotros de ella? Nunca tal vez te has hecho en tu vida esta pregunta. Acostumbrado a oír tal palabra y a pasar este tiempo como el restante del año, jamás paraste la atención en saber por qué razón hay en el decurso de él una temporada que se llame así. Voy a explicártelo tan sencillamente y al mismo tiempo tan exactamente como pueda.

El alma necesita, como el cuerpo, restablecer de vez en cuando sus fuerzas gastadas. El combate de cada día la trae fatigada, y es necesario alentarla. O bien la indiferencia y la rutina la traen como adormecida, y es necesario despertarla. O bien el contacto con las miserias de la tierra en que vive encenegada la han puesto sucia, y es necesario limpiarla.

Para todo esto es necesaria la santa Cuaresma.

Para los dormidos y los descuidados, que necesitan quien les despierte con el trueno de las amenazas de Dios.

Para los desdichados hundidos en el cieno de las asquerosas maldades, que necesitan ser purificados.

Para los buenos a quienes el cansancio podría hacer desfallecer, y que necesitan ser sostenidos.

No sé si me equivoco, pero creo que esto es todo lo que necesita el hombre en cuanto a su espíritu, y creo que a todo esto satisface cumplidamente la santa Cuaresma. Para ello tiene establecidas la Iglesia tres prácticas importantísimas:

La predicación de la divina palabra.

La confesión de las culpas y la Comunión pascual.

La mortificación por medio del ayuno y abstinencia.

A estas tres cosas viene obligado durante la Cuaresma todo cristiano que no presente verdadero impedimento. No obstante, me parece que cada una de ellas corresponde de un modo particular a una de las tres clases indicadas.

La predicación, para sacudir a los dormidos.

La confesión, para purificar de sus culpas a los sucios.

La mortificación, para sostener en la virtud a los vacilantes.

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Procesión de la Buena Muerte (Barcelona, 1960)

Muchos son en este mundo los que andan dormidos, y antes que la muerte les dé un cruel despertar, prefiere la Iglesia despertarlos ella con su voz de madre. Dormidos son los que aquí viven como si debiesen vivir siempre; los fabricantes que no piensan más que en fabricar; los comerciantes que no ven en este mundo más que un centro de operaciones mercantiles; los ambiciosos que no buscan más cielo que el logro de sus sueños de poder; los libertinos que todo lo reducen a esta palabra, más propia de niños que de hombres, divertirse; la dama cuyo único cuidado es el figurín; el banquero cuya única religión es el alza y baja de los valores públicos; el artesano que no ve más allá de sus herramientas; el sabio orgulloso que no tiene otro ideal que adquirir algunos conocimientos más. Todos éstos y muchos que tú sabes, están dormidos, amigo mío, dormidos, como tal vez lo estás también tú, y lo peor de todo, dormidos a la misma orilla o borde de un precipicio espantoso.

Saben que han de morir, es cierto; pero todo el mundo diría que lo ignoran, según viven tranquilos y confiados. La muerte, que cada día arranca de su lado a personas llenas de vida, de salud y de ilusiones, llamará un día a su puerta; y si no tienen otra preparación para recibirla que los adelantos fabriles, o el movimiento comercial, o el traje de última moda, o las aventuras del baile de máscaras, dígote, por vida mía, que habrán hecho un bonito negocio.

Ea, dime tú, amigo mío, quien quieras que seas, rico o pobre, mozo o viejo, sabio o rudo: ¿es cierto todo esto, o no lo es?

He aquí, pues, por qué la Iglesia levanta la voz constantemente, pero mucho más en estos días. He aquí por qué desde el miércoles de Ceniza no cesa de gritarte con voz de trueno: ¡Has de morir! ¡Has de ser juzgado! ¡Has de salvarte o condenarte! ¡El infierno es eterno! He aquí por qué salen para todas las parroquias celosos misioneros que repiten todo esto en todos los tonos, así en las capitales como en las aldeas, así a los ricos como a los pobres, así a los sabios como a los rudos. Porque ricos y pobres, sabios y rudos, cortesanos y aldeanos, todos hemos de sufrir igual suerte, igual juicio e igual sentencia.

He aquí, pues, la importancia que tiene la Santa Cuaresma para los dormidos.

Pero puede que no sólo estés dormido y descuidado, sino que es muy fácil, es casi seguro que seas también criminal. Criminal, sí, y no retiro la palabra. El mundo llama solamente criminales a los que roban o matan. ¡Cuántos crímenes se cometen que el mundo no conoce por tales y que Dios ve en el fondo de cada corazón! Criminal eres si has infringido la ley de Dios o la de su Iglesia, y estos crímenes no te llevarán al presidio, amigo mío, pero te llevarán al infierno. Para evitarlo es indispensable el arrepentimiento sincero y la confesión. Por esto la Iglesia la ha puesto como obligación a todos sus hijos en la santa Cuaresma, y si no te confiesas durante ella, preparándote para el cumplimiento pascual, das muestra de que no perteneces a nuestra divina Religión. Sí, ésta es la verdad, aunque te sorprenda oírla tan clara. ¿Piensas acaso que para ser individuo de una religión basta llevar su nombre? No, sino que es necesario seguir su ley.

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La otra práctica ordenada por la Iglesia en la santa Cuaresma es la mortificación. La mortificación es para las almas lo que la sal para los cuerpos: un preservativo y un estimulante. El espíritu necesita que tenga domado el cuerpo para someterlo a su señorío, y por esto la mortificación de la carne ha sido el primer medio de que se han valido los hombres para dominarse y perfeccionarse. Es al mismo tiempo una expiación, un castigo; porque si hemos pecado casi siempre por demasiado amor a nuestra comodidad y deleite, justo y corriente es que expiemos esta culpa con una ligera incomodidad y sufrimiento.

Ahí tienes, pues, lo que viene a ser la santa Cuaresma; un tiempo especialmente destinado por la Iglesia católica para la meditación de las verdades eternas, confesión de las culpas y mortificación de la carne.

¿Qué exige de ti la Iglesia en la Santa Cuaresma? Sencillísimo. Exige que asistas con recogimiento a la predicación de las verdades divinas; que confieses con humildad los pecados, disponiéndote para el cumplimiento pascual, y que practiques, si puedes, los ayunos y abstinencias. Esto hace todo buen católico en la santa Cuaresma. Si a esto faltas, permíteme que te lo diga, aunque la expresión sea un poco dura, serás tan católico tú, como yo mahometano.

Se da por algunos poquísima importancia a la predicación de la divina palabra, y no sé ciertamente por qué motivo. La predicación popular se ha hecho tan de moda, y se ha creído un medio tan eficaz para la propagación de toda clase de doctrinas, que hace poco tiempo hasta nuestros enemigos pusieron a cada esquina un predicador. Y era de ver el afán de los lobos para oír a tales predicadores. Pues bien; pueblo querido, déjate de cuentos: tales predicadores no llevarán un átomo de tranquilidad a tu casa, ni un átomo de paz a tu alma. Te harán encender a lo más la sangre en odios violentos contra clases y personas; te volverán iracundo, vengativo y malcontento, y he aquí todo el resultado. No así la predicación apostólica. El saludable terror que inspira a los fieles la voz del misionero, ¡cuántas bendiciones deja a los pueblos que han sabido aprovecharse de ella! ¡Cuántas enemistades y rencillas apaciguadas! ¡Cuántas restituciones de cosas hurtadas o mal adquiridas! ¡Cuántas relaciones infames destruidas! ¡Cuántas honras salvadas! Y esto a juzgar por lo que se ve de fuera. Porque si pudiésemos examinar el interior, ¡cuánta paz y cuánto consuelo en muchos corazones destrozados antes por el remordimiento! ¡Feliz el pueblo al derredor de cuyo púlpito se agrupan en este tiempo los fieles todos pendientes de la palabra del ministro de Dios!

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Exige también la Iglesia en este tiempo que te confieses bien. No es confesarse postrarse a los pies del confesor, decir cuatro tonterías sin haberte antes examinado, y volverte con indiferencia, sin ninguna resolución formada, sin ningún plan de nueva vida, sólo para recoger la cédula parroquial y lograr que callen de una vez con ella la madre o la esposa, que te han estado hurgando quince días seguidos para que fueses a cumplir. No; esto no es confesión, sino parodia de ella: con esto podrás engañar a tu confesor, a tu párroco y a tu familia, y tal vez a ti mismo; pero nunca, nunca a Dios, que ve tu mala disposición y tu indiferencia y tu hipocresía. Confesarse bien es declarar todas las culpas cometidas que recuerdes después de un regular examen; dolerse de ellas y resolver no cometerlas otra vez; cumplir finalmente la breve penitencia que por ellas se te imponga. Lo contrario es un crimen horrendo, es un sacrilegio, y si después de todo te atreves a recibir la Sagrada Comunión, acabas de poner el sello con eso a la condenación eterna de tu pobre alma.

El ayuno y la abstinencia son también prácticas obligatorias en la santa Cuaresma. La segunda obliga desde los siete años hasta la muerte, estando en buena salud. El primero desde los veintiún años cumplidos hasta los sesenta, si las fuerzas no están decaídas. Están dispensadas del ayuno dos clases de personas: los débiles, con consejo antes del médico, y los dedicados a ejercicios penosos y cansados, como los metalúrgicos, labradores y otros. En caso de duda no puedes dispensarte tú solo: únicamente el confesor es quien puede, no dispensarte, sino declararte dispensado y el que no ayune pudiendo, peca mortalmente cada día de ayuno. Y el que falta a la abstinencia, comiendo carne en los días prohibidos, peca también de pecado mortal.

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¡Cristiano lector! No eres dueño de toda una nación, ni siquiera de todo un pueblo para obligarlos a esta observancia, pero eres dueño de tu alma, y tal vez de otras almas que dependen de ti. Comprenderás que hablo de tu familia y de tus dependientes. Tienes obligación estrecha de hacer lo posible para que todos los que de este modo te pertenezcan aprovechen en lo posible el celo de la Iglesia en este tiempo. Míralo bien. Nuestra Madre para llamarte al recogimiento y a la penitencia se ha revestido ella misma del aparato de la más severa tristeza. Preséntase vestida de morado en sus Oficios, obliga a que enmudezcan las dulces armonías del órgano, y en lugar de los festivos alleluyas de otras épocas, diríase que sólo sabe suspirar plañideros quejidos por tus iniquidades y por el temor de la justicia de Dios. Penétrate de este su espíritu de suave terror y de santa melancolía, que nunca es tan bella una madre como cuando llora.

Aun de bailes y teatros debes privarte en este sagrado tiempo. Observa un apartamiento riguroso de todo esto, a fin de que la disipación de tu alma no haga un feo contraste con el recogimiento de los verdaderos hijos de la Iglesia. ¿No tienes tú también mucho de qué llorar? ¿No hallas en tu alma muchísimo de qué afligirte? Recorre a la luz de la fe y con sinceridad los pliegues de tu corazón, y si te crees después seguro de toda acusación, y dispuesto a presentarte en seguida al tribunal justiciero del Divino Juez, ríete entonces enhorabuena de la santa Cuaresma y de la Confesión y de los ayunos, y baila o canta, o haz lo que te pareciere mejor. Pero, dime en confianza,. ¿Y Dios? ¿Conformará su divino juicio con el tuyo, hijo de tu pereza y de la ceguedad de tus pasiones? Piénsalo bien.

(Sardá y Salvany, D. Félix; Año Sacro, Tomo I. Barcelona: Editorial Ramón Casals, 1953)