A pecado sin límite, reparación sin medida (Año Sacro)

flagelacic3b3nAmor y Reparación, volvemos a repetir: he aquí dos palabras que condensan todo el pensamiento que debe ocupar al verdadero cristiano en tales días. Amor y Reparación, que son dos palabras, pero son una sola cosa, porque no se puede dar la una sin la otra, de tal suerte se entrelazan y confunden e identifican.

Dos formas puede presentar el agravio a la Divina Majestad: la privada y la pública.

Cada pecado, aun en el seno más recóndito de la humana conciencia, es una injuria a Dios y le infiere horrendo agravio. Y estos pecados, contenidos en la tan conocida división de pensamientos, palabra, obra y omisión, son inmensos, son innumerables, incontables, y no se pasa segundo en el reloj de los tiempos que no suban a millares a mancillar si pudiesen la honra divina, a menoscabar su externa gloria y a provocar su indignación justísima contra los pecadores. No se cansa el hombre infeliz de escupir al cielo su baba inmunda, al propio tiempo que el cielo sigue derramando sobre el mundo, así en el orden de la naturaleza como en el de la gracia, sus benéficas influencias. No cabe ingratitud  mayor que la del pecado en el hombre, mayor que la que cometieron los ángeles rebeldes, porque éstos habían recibido de su Criador menos beneficios y no habían agotado, por decirlo así, los tesoros de su incansable paciencia. Por eso se concibe la existencia del infierno, y que si éste fue creado para el demonio y sus satélites, hubiese debido crearse de propósito para el hombre redimido y hecho infame criminal contra su divino Redentor. Pensamiento es este que debiera llenar de pavorosa confusión todos los corazones, y que bastaría Él solo para trocarlos en santos si fuese debidamente meditado y comprendido. Así debió verlo el glorioso San Ignacio, cuando puso este punto como uno de los más importantes y fundamentales en sus admirables Ejercicios.

carnaval-2Mas, con ser esto tan grave, no es aún lo peor. Es lo peor cuando el pecado sale de la esfera de la relación individual y privada del hombre con Dios, y se exterioriza y se hace público. Entonces es no sólo pecado, sino escándalo. El escándalo es el pecado convertido en conglomerado, en piña, en erizo, de otros cien y mil pecados. Es el pecado elevado a un grado potencial, superior a todo cálculo matemático, el pecado multiplicado por todos los hombres, y por todos los lugares y por todos los tiempos; el pecado cuyas fronteras y límites sólo Dios conoce y que ni el hombre ni el ángel son capaces de precisar. ¿Dónde, pues, debe tener lugar con preferencia la obra hermosísima del desagravio y de la reparación?

Debe ésta en consecuencia revestir en lo posible todos los caracteres que aquél reviste, y debe ser universal y extenderse a todos los hombres pecadores, y constante y dilatarse a todos los tiempos y ser múltiple y adoptar todas las formas. La pauta de la reparación deben darla al fino amante los mismos agravios que trata de reparar. Y no se asuste por la cierta infinidad que esta fórmula supone, porque el pecador agravia él solo, pero el cristiano reparador cuenta con el auxilio y eficacia infinitas de quien le ayuda en su obra reparadora. Haga de su parte cuanto pueda y sepa; hay quien hará lo demás aunque al parecer falte todo.

Gran consuelo y poderoso estímulo debe ser ese para las almas reparadoras en los días del inmundo Carnaval.

(Sardá y Salvany, D. Félix; Año Sacro, Tomo I. Barcelona: Editorial Ramón Casals, 1953)