Homilía del IIº Domingo despúes de Epifanía

Homilía del IIº Domingo después de Epifanía por D. Francesco Ricossa, iglesia de San Luis Gonzaga en Albarea (FE), 20 de enero del 2019.

En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Alabado sea Jesucristo, sea por siempre bendito y alabado.

Celebramos el Segundo Domingo después de la Epifanía, con la memoria de los santos Sebastián y Fabián. El pasaje del Evangelio de hoy, el de las bodas de Caná, nos permite concluir el tríptico de la Epifanía, de la manifestación del Señor. El Señor se ha manifestado a los hombres haciéndose hombre, se manifestó a los paganos que todavía no lo conocían con la llamada a los magos, se manifestó luego como Mesías e Hijo de Dios en el momento del bautismo y finalmente se manifestó a los futuros apóstoles con el primer milagro, que lo realizó durante las bodas de Caná.

Después de su bautismo, del que hablamos el domingo pasado, el Señor comenzó la vida pública que duró muy poco, esto es, tres pascuas, apenas tres años durante los cuales el Señor enseñó, curó, predicó y sobre todo preparó su hora, para la cual vino. Su hora es el culmen de toda la vida de Cristo, es decir, su Pasión y muerte en la cruz. Pues bien, desde el inicio de la vida pública Jesucristo llamó y reunió en torno a él a los discípulos. Lo vimos ya el domingo pasado, que cerca del Jordán encuentra, aunque en realidad llama, a los dos primeros: Andrés y  Juan, los cuales una vez regresaron a Galilea llamaron a sus respectivos hermanos: a Simón Pedro, hermano de Andrés, y a Santiago, hermano de Juan, los cuales ya se conocían y trabajaban juntos. Estos llaman a su vez a Felipe diciéndole que habían encontrado al Mesías, Jesús de Nazaret, y de esta forma ya eran cinco. El mismo Felipe, que no podía guardarse para sus adentros tanta alegría, se la comunica a Natanael -un amigo suyo- que será el apóstol Bartolomé, quien al principio se muestra desconfiado, pero termina arrastrado por el entusiasmo cuando ve que Jesús conoce todos sus pensamientos. Este Natanael (Bartolomé) provenía de Caná de Galilea y puede que tal vez fuese por él, o por alguien cercano a él, un futuro apóstol suyo, o tal vez por alguien de la familia de Jesús, por un motivo u otro, que el Señor es invitado no él solo, sino con los primeros discípulos a las bodas de Caná en Galilea.

Saint_Raphael_Catholic_Church_Springfield_Ohio_-_stained_glass_Wedding_at_Cana_-_detail-359x450A la boda también acudió la Virgen María, personaje importante en el evento, que estaba -podríamos decir- entre los bastidores, siendo ella la que se da cuenta de que faltaba el vino, mientras el maestresala, cuya función era la de coordinar el banquete, no se había percatado. Preocupada pues por los esposos, los cuales hubiesen pasado por un mal momento y la tristeza hubiera salpicado la alegría del matrimonio, María acude a Jesús. Aparentemente no le pide nada, sino que le comunica una necesidad, esta es su oración: “No tienen más vino”. Y el Señor parece responderle negativamente, con rechazo: “No ha llegado todavía mi hora”. Pero María sabe que es una respuesta afirmativa, Jesús hará lo que Ella le pida. He aquí la primera consideración, la intercesión de María. Nos encontramos aquí con el primer signo, dice Juan el Evangelista, el primer milagro que hace significar quién es Jesús, que hace entender quien es Jesús. Un primer milagro que no hay que ir buscando en los apócrifos, que atribuyen tantísimos milagros inútiles al Niño Jesús. El primer milagro lo hizo Cristo en las bodas de Caná, durante el banquete, y lo hizo a petición de la Virgen María.

Del mismo modo que María nos ha dado al Niño Jesús (a Dios mismo hecho Hombre, Autor de todas las gracias) acogiéndolo en su seno purísimo, es Ella la Mediadora de todas las gracias, y el Señor ha querido que su oración impetrara la primera gracia. Tanto es así que sin la oración de María dicha gracia no se hubiera podido obtener, por eso dice Jesús que todavía no ha llegado la hora. No obstante la oración de María hace que, aquella que no era la hora se convierta en la hora señalada. Esto no significa que Dios cambie de opinión, sino para hacernos entender que desde siempre Dios quiso que aquél milagro se cumpliera solo y exclusivamente gracias a la oración de María, sin la cual no se hubiera realizado. Y esto que decimos del primer milagro se aplica al resto, Ella es la Mediadora de todas las gracias y Madre del Buen Consejo, ya que a los sirvientes les dice, aludiendo a Jesús: “Haced todo lo que Él os diga”.  Este es el consejo de María.

05481a081a3349efe3d8251fb124ca32Veamos ahora otra enseñanza. Los sirvientes, obedeciendo las palabras de Jesús, han de rellenar las tinajas con agua y luego llevarlas a la mesa. Tenemos dos cosas aquí: en primer lugar las tinajas llenas de agua, y en segundo lugar el milagro, que el agua se convierta en vino, y no en un vino cualquiera sino en uno excelente, mejor que el que se había servido hasta el momento, como reconocerá el maestresala. Estos dos hechos vienen a significar lo mismo: el agua simboliza el agua que usaban los judíos en las purificaciones, es decir, los ritos que tanto gustaban a los fariseos y que debían cumplirse antes de las comidas, por ejemplo. Todavía esto lo conservan los musulmanes. Pues bien, este ritualismo sirve por un lado como instrumento para obrar el milagro, y por el otro es suplantado por el milagro, porque el agua desaparece y en su lugar hay vino. ¿Qué significa esto? ¿Qué significa también el vino bueno que hasta ahora habían servido, pero que no es tan bueno respecto al vino excelente proporcionado por Jesús (el maestresala no sabe que ha sido Jesús, pero nosotros sí)? Pues bien todo ello significa lo mismo. La Antigua Ley, representada tanto por el agua como por el vino menos bueno, es una cosa buena de la cual proviene Jesús, pero al mismo tiempo debe desaparecer y dejar el lugar para la Nueva Ley. La Antigua Ley respecto la Nueva Ley es lo que el agua es respecto del vino, o lo que el vino bueno (pero de calidad inferior) respecto del vino excelente que es el Evangelio, la Ley del Evangelio. Es por lo tanto una imagen de la imperfección de la Antigua Ley, que no obstante provenía de Dios, y la perfección de la Nueva Ley que siempre viene de Dios mediante su Hijo Unigénito Jesucristo. Sepamos reconocer pues en el Evangelio ese vino embriagador y delicioso que debe ser nuestra bebida cotidiana. Es en la Palabra de Dios donde hemos de encontrar nuestro consuelo y nuestra guía.

Por último quisiera hacer dos consideraciones más. La primera es que el milagro es realizado durante un matrimonio. San Agustín en la lectura de los maitines de hoy dice que Jesús ha querido cumplir este primer milagro durante un banquete de bodas porque sabía que vendrían en el futuro herejes que negarían la legitimidad del matrimonio y de las bodas, que dirían que está prohibido casarse. Y de hecho estos herejes llegaron y San Agustín los conocía bien, eran los maniqueos que en el Medievo se convertirían en los cátaros. Éstos, bajo una apariencia de extrema pureza se abandonaban a las peores obscenidades y odiaban el matrimonio y la procreación de los hijos, un poco como el mundo de hoy que pretende hacer desaparecer ambas cosas porque están inspirados por el demonio, que es enemigo de la vida y autor de la muerte, homicida y mentiroso desde el principio. Pues bien, Jesús con su presencia ha querido bendecir el matrimonio humano.

e8fc3efb1a183981151e88266d1c21e8--spiritual-warfare-catholic-artEsta Santa Misa, por ejemplo, la ofrezco en sufragio de un alma y me ha sido pedida por su marido, que ha quedado viudo y me ha pedido decir una misa cada mes por su mujer. Pues bien, es bonito pensar como este amor que ha unido a dos personas bajo la bendición de Dios durante toda la vida aún continua, ya que a pesar de que la muerte tendría que haber roto este vínculo,  solo ha roto el vínculo del matrimonio pero no ha roto el amor conyugal entre dos personas que permanece pese a la muerte, ya que el amor es más grande que la muerte.

Bien, ahora debemos considerar otro matrimonio que nos indica el Señor, el suyo. Es cierto que Jesús ha permanecido siempre virgen y nunca se ha casado humanamente. Sin embargo, Él es por excelencia el Esposo y todo matrimonio cristiano es una imagen del matrimonio de Jesucristo, de estas bodas que en Él, en la única persona de Cristo, la naturaleza humana y la divina se unen; e imagen del matrimonio que Jesús hace con cada uno de nosotros y con la Iglesia toda, que es su Esposa y de la cual nosotros somos sus miembros y Él la Cabeza. ¿Y cuándo celebró el Señor estas bodas? En el Calvario, cuando del costado herido de Jesús surgió la Iglesia, del mismo modo que del costado de Adán Dios creó a la primera mujer.  Es por lo tanto este el Banquete Místico de las bodas de Cristo, el de la Encarnación, el de la unión de Cristo con nuestra alma y su Esposa, la Iglesia. Pero entonces, ¿Qué banquete de bodas es el que nos prepara el Señor en la Tierra? El de la Eucaristía. Del mismo modo que la sustancia del agua se ha transformado en la sustancia del vino (y en este caso también los accidentes), también en la Santa Misa, de aquí a unos instantes, la sustancia del vino se convertirá en la sustancia de la Sangre de Cristo y la sustancia del pan se convertirá en la sustancia del Cuerpo de Cristo, aunque permaneciendo los accidentes, las apariencias del pan y del vino. Esta Sangre es verdaderamente una Bebida y este Cuerpo es nuestro verdadero alimento espiritual, que nos preparan sin embargo para algo todavía más grande. La Eucaristía es la garantía de la Vida Eterna, quien come de su Cuerpo y bebe de su Sangre tendrá la Vida Eterna. Y esta Vida Eterna es el Banquete, es la unión con Jesucristo, con la Santísima Trinidad que celebraremos en el Cielo cuando contemplemos a Dios cara a cara. Es por ello que la Eucaristía en la tierra nos prepara a unirnos perfectamente con Aquél en quien ahora creemos sin verlo, mientras entonces lo veremos sin necesidad ya más de creer.

Y como dije el domingo pasado, y así concluyo este domingo, hemos de tener para con Jesús aquella intención que San Ignacio nos da en la segunda semana de los Ejercicios, es decir, el conocimiento íntimo de Jesús. Como en un banquete de bodas hay un conocimiento íntimo entre los comensales, el conocimiento íntimo de Jesús nos proporciona un gran amor para seguirlo con mayor fidelidad, como los apóstoles que comiendo junto con Jesús en ese banquete y viendo su poder divino para con la naturaleza y la materia creyeron en Él. Estando con Jesús creyeron en Él, también nosotros hemos de creer en Él y estar con Él.

En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Alabado sea Jesucristo, sea por siempre bendito y alabado.