Homilía del Día de Navidad (Misa del Gallo)

Homilía de la Misa del Gallo por D. Francesco Ricossa, iglesia de San Luis Gonzaga en Albarea (FE), 25 de diciembre del 2018.

En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Alabado sea Jesucristo, sea por siempre alabado.

Os deseo una Santa Navidad a cada uno de vosotros.

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Mons. Sanborn celebrando la Sta. Misa de Navidad.

Cada año regresa la fiesta de la Navidad y también cada año vemos cómo son más numerosos aquellos que olvidan el significado de la Navidad y dejan de pensar en Nuestro Señor Jesucristo, en su Madre María, en San José… en todo lo que significa para nosotros y lo que realmente es el Nacimiento de Jesucristo. Después estamos nosotros, que por la gracia de Dios hemos mantenido viva en el corazón la fe en Jesucristo, pero corremos el riesgo de habituarnos y de no comprender lo que fue, lo que sigue siendo todavía y será para siempre: la grandeza, lo inimaginable, lo infinito y maravilloso del Nacimiento de este Niño.

Debemos pues, dejarnos enternecer nuestro corazón e iluminar nuestra mente reviviendo fuertemente el Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo. Como sabéis, en este santo día la Iglesia celebra tres misas diferentes: la de Medianoche, la de la Aurora y la del Día. Os recomiendo leer el texto de las tres, aunque solo asistáis a una. Y estas tres misas se hicieron para recordar al cristiano los tres nacimientos de Nuestro Señor:

El primero es el Nacimiento Eterno, porque todavía ahora después de tanto tiempo, el Nacimiento de ese Niño nos conmueve aunque al mismo tiempo lleguen al mundo tantísimos niños. Pero este Niño lo recordamos todavía hoy y nos roba el corazón lanzándonos a comprender quién es Él realmente, que es Dios mismo hecho Hombre. Y quien se ha hecho hombre es el Hijo, esto es, Dios Hijo; como nos recuerda el Salmo II que ha sido recitado en el Introito de la Misa de hoy: “Dominus dixit ad me: Filius meus es tu, ego hodie genui te” (El Señor me ha dicho: Tú eres mi Hijo; yo te he engendrado hoy). Es Dios Padre que habla a Dios Hijo en el hoy de la Eternidad Divina que no conoce ni pasado ni futuro, sino el eterno presente, siempre el Padre engendra al Hijo. Y este misterio de la Trinidad no solamente nos da la luz sobre el misterio de Dios para saber quién es este Dios que los hombres conocen, pero al mismo tiempo desconocen porque no saben su Nombre, sino que es Dios mismo quien se nos ha revelado. Nos ha revelado que es Trinidad: el Padre ha amado tanto al mundo que nos ha dado a su Hijo Unigénito y ha sido por Obra del Espíritu Santo que ha tomado una naturaleza humana.

Por lo tanto, recordamos en primer lugar que ese Niño, Jesucristo, como enseña el Catecismo, es la  Segunda Persona de la Santísima Trinidad, Dios Hijo que se ha hecho Hombre por nosotros y que ha tomado el Nombre de Jesús. Dios Hijo que nace del Seno del Padre desde toda la Eternidad, este es el primer Nacimiento de Quien hoy adoramos.

El Segundo Nacimiento sucedió en la gruta de Belén. Del mismo modo que nace del Seno del Padre para toda la Eternidad, así nace temporalmente del Seno Purísimo de la Virgen María. Y ha venido en medio de nosotros y ha hecho su morada entre nosotros, nos ha venido a buscar, nos ha querido, nos ha amado. Se hizo Niño precisamente para que nadie temiera su Rostro, y de esta forma todos fueran alcanzados por su Amor. Este es el otro gran Misterio.

El Primer Misterio es el de la Trinidad y el otro gran Misterio es el de la Encarnación.

Jesucristo nació en Belén, que quiere decir “la Casa del pan”. Él es el Pan Vivo que baja del Cielo y que nosotros podemos recibir bajo las apariencias del pan y del vino (donde se hallan su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad) como Alimento de nuestra alma; Jesucristo quiso nacer en una cueva para hacernos entender que debemos sujetarnos y poseer no los bienes de esta tierra sino los celestiales, los espirituales, la Vida que nos espera; Él quiso nacer bajo un censo, como dice San Gregorio Magno, para hacernos comprender que debemos ser inscritos en el Libro de la Vida, en el Libro de aquellos que Jesucristo ha venido a salvar, por ello debemos estar entre aquellos que se salvan por Él; Él quiso nacer no en su propia casa, para que comprendamos que estamos aquí como de paso, de camino a otro Hogar y otra Patria.

Y finalmente, para concluir -ya que venís de muy lejos- el tercer Nacimiento de Jesús es el que ha de suceder en cada una de nuestras almas. Para que cuando venga Jesús a la tierra no haya de ir al Palacio de Herodes,  ni al templo de los judíos, ni a la casa de los orgullosos o de los incrédulos, sino que venga al corazón de los pastores, al de los Reyes Magos, al de Simeón y al de todos los que lo esperaban, es decir, al de todos aquellos que lo querían recibir en sus propias almas.

“Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo”. No tengamos pues cerrada la puerta de nuestro corazón y de nuestra alma a Jesucristo que llama a nuestra puerta.

Una vez más nos recuerda en esta Noche cuánto nos ama y que siempre querrá amarnos. Por lo tanto dejémonos otra vez más, conquistarnos y enamorarnos por Él, por su Madre Santísima, por San José y por todos lo santos que lo han amado, y que por ello son nuestros hermanos. Que resuene en nuestros oídos esas palabras: “Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”; paz a los hombres que Dios ama y que haya paz también entre nosotros. Jesucristo viene a traer la Caridad, el Demonio, por el contrario, es sembrador de división y de cizaña. No dejemos crecer la cizaña en nuestro corazón, sino el buen grano de la Caridad, ese grano que se convertirá en el Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo.

Pido, por lo tanto, al Niño Jesús que me bendiga a mí, a vosotros, a vuestras familias y seres queridos, y también a las almas de nuestros difuntos queridos -por quienes ofrezco esta Santa Misa-. Que también en el Purgatorio se celebre una bonita fiesta de Navidad y que puedan ser liberadas muchas almas de sus penas y, finalmente, contemplar el Rostro de Dios.

En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Alabado sea Jesucristo, sea por siempre alabado.

¡Que paséis una Santa Navidad!