El primer grito de anhelo de la Iglesia (Año Sacro)

No es aún Navidad, pero es ya su hermosa antesala; no se ven aún los resplandores del dichoso Portal, pero se columbra ya como de lejos y entre nieblas la claridad del misterio que en él va a contemplarse.

«Mirando de lejos veo la majestad y el poder de Dios que viene, en medio de una niebla que cubre toda la tierra. Salidle al encuentro y preguntadle: Dinos si eres Tú el que ha de reinar sobre el pueblo de Israel.»

Este es el primer responsario con que saluda la Iglesia en su Oficio el santo tiempo en que vamos a entrar. Breve pincelada, pero de efecto sin igual, y que equivale ella sola a todo un cuadro.

thColócase la Iglesia en la situación en que se hallaba el mundo todo al sonar la hora anunciada y suspirada del advenimiento del Hijo de Dios. Densa niebla cubría toda la tierra. No cabe expresar mejor aquel estado de universal confusión, de ignorancia religiosa, de degradación social, de noche obscurísima a que había permitido Dios llegase por su culpa el hombre para que mejor conociese la necesidad del divino Restaurador. Niebla, y niebla cubriéndolo todo; en medio de ella como sangrientos y aterradores fantasmas, divísanse las inmensas tiranías del hombre sobre el hombre, y óyense los gemidos de millones de víctimas en la culta Grecia, en la potente Roma, en el viejo y sabio Egipto, en todos los confines del globo que se llamaba a sí propio civilizado. El dominio del género humano pertenecía verdaderamente a Satanás, y éste como feroz y brutal dominador gozábase en el embrutecimiento de la imagen divina, que había logrado trocar en horrenda caricatura.

En medio de esta niebla empieza como a divisar la Iglesia la pequeña ciudad de Belén, a semejanza del punto por donde empieza a romper el día en medio de prolongada obscuridad de cerca cuarenta siglos.

Belén, con su cueva de animales que aguarda al futuro Libertador; con los pastores en su campiña que solo esperan la voz del Ángel para ir a formarle amoroso cortejo; con su ruin pesebre dispuesto para cuna real del Niño que va a nacer.

Y no lejos, Nazaret, la humilde Nazaret, escondida como nido de tórtolas entre los naranjos y palmeras de la Palestina; Nazaret, en una de cuyas ignoradas calles se ve una tienda humilde de laborioso menestral, y en ella una Doncellita bellísima, desposada pocos meses ha con José el carpintero. En sus entrañas guárdase el Fruto glorioso que impaciente anhela el plazo señalado para darse a luz sin menoscabo del virginal capullo de rosa que durante nueve meses lo encerró.

Y entre tanto que esto aguarda la Iglesia, cual si de nuevo volviese a repetir como grata realidad lo que es tan sólo un recuerdo que va a solemnizarse, plácele hacer oír en medio de este silencio de expectación el arpa del más iluminado de los profetas, Isaías, del cual se ha dicho que podía muy bien llamarse por la precisa minuciosidad de sus vaticinios, el quinto Evangelista.

FB_IMG_1543558384598La contemplación del fiel cristiano debe ya ahora ocuparse toda en el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, que desde su maravillosa concepción en el seno virginal de María es ya Dios con nosotros y vive ya entre nosotros. Aquel seno purísimo es ya su cuna, y la ignorada casa de Nazaret su palacio; como dentro poco van a ser su cuna las pajas y su casa real la desabrigada covacha de Belén. Trasladémonos hasta aquellos días en que se verificó lo que hoy después de veinte siglos no hacemos más que recordar. Recojámonos, cuanto sea posible, en aquel estado de silenciosa expectación, con que cielos y tierra (astra, tellus, aequora, dirá el himno) debieron de anhelar el gran suceso. ¡Hasta que rompa los aires el grito de la Iglesia en aquella solemnísima y sin par vigilia: Christus natus est nobis; venite, adoremus, para que, regocijados como nunca y como nunca devotos y fervorosos, volemos a formar amorosa rueda de corazones en torno del recién nacido Jesús!

(Sardá y Salvany, D. Félix; Año Sacro, Tomo I. Barcelona: Editorial Ramón Casals, 1953)