Nuestro gran día (Año Sacro)

I

Para todo el mundo católico lo fue, pero lo fue de un modo excepcional para España el 8 de diciembre de 1854, cuando el Maestro infalible de la fe católica, declaró dogma de ella la verdad de la Concepción de María sin mancha de original pecado. Era anhelo de los fieles, ver esta suspirada glorificación de nuestra Madre Santísima, pero lo era singularmente de la nación española, que entre todas las del orbe era la que más se había distinguido siempre en la pía creencia y ardorosa defensa de este soberano misterio.

Por análoga razón podemos decir que es hoy el día grande de España más que de otra nación alguna de las cinco partes del globo, pues al conmemorar aquella fecha augusta no hacemos más que conmemorar el triunfo del apostolado español desde los más remotos siglos por la honra de María en el más glorioso de sus más preciados privilegios.

Valdes Leal - Inmaculada Concepcion
Inmaculada Concepción con dos donantes, de Valdés Leal.

¡Gran día de Ella y gran día de España! ¡Cuán consolador es poder abrazar y estrechar todavía en un solo sentimiento patriótico-religioso estos dos nombres, que el infierno quiere en vano separar, y no ha de lograrlo! ¡María y España! ¡Quién pudiese escribir un libro, que sería un poema, reseñando lo que María ha hecho por España, y lo que España ha hecho a su vez por María! ¡Y quién, dotado de profética visión, pudiese leer en las páginas del porvenir lo que aún ha de hacer España por María, y lo que a su vez hará María por nuestra común patria!

Que no creemos, no, haya  terminado la misión providencial de España sobre el resto del mundo en pro de la causa de Dios. Mucho hemos pecado, y no sin poderosas razones de justicia ha pesado sobre nuestras espaldas el azote de Dios. Pero hemos de creer que es castigo de corrección saludable el que nos ha infligido, no sentencia de perpetua reprobación. Mucho se ha amado aquí a María y mucho se la ama aún, para que pueda dejar jamás de interceder por nostros tal Madre. Si lo es de todos los pecadores, no lo es menos de todas las naciones pecadoras. Y si en las almas es la devoción a María signo de predestinación eterna, como enseña unánime la teología de los Padres, en los pueblos es la devoción a María prenda de segura restauración.

¡Nuestro gran día es hoy, porque es el gran día de Ella! ¡Y por ser el de Ella y el más clásico de nuestra heredada fe y el de nuestros más arraigados amores, ha de ser también el de nuestras más consoladoras esperanzas! La celebración de este día grande, tal como está presenciándose hoy y cómo seguirá viéndose aún por mucho tiempo, nos da derecho para hablar así y para así sentirnos como nunca, más que nunca, esperanzados.

II

¡No, no tenemos en nuestro Calendario nacional otro como ése!

Todo buen español tiene derecho a llamar de esta suerte el día de la Inmaculada Concepción de su Madre y Patrona. Que sí, en efecto, es día grande para todo el mundo cristiano el de que se trata es de un modo particular el día grande de la nación española.

Sin duda porque fuimos lo que un día fuimos, se cebó en nosotros con horrible predilección el furor sectario, para que no lo volviéramos a ser. Digna ha sido de los privilegiados rencores del infierno la nación esforzada que más rudas batallas libró contra él, y que sobre él logró más gloriosas victorias. ¡Oh, si el brazo de España volviese a ser el brazo de Dios y de la Iglesia, para librar en la Europa apóstata de nuestros tiempos los heroicos combates de la fe, que un día u otro en ella se habrán de librar! ¡Oh, si para tal honra de verse armado soldado de los derechos de Cristo mereciese ser escogido, como en otros siglos lo fue, el noble pueblo español!

La fe de los que aun quedamos en esta tierra finos amantes de la Virgen Inmaculada, es la que ha de alcanzar para nuestra patria días mejores, y quizá el llamamiento del cielo a dicha providencial misión. Mucha y muy preciosa sangre se ha derramado en nuestro suelo en defensa de la causa de Dios. ¡Es nuestra nación la postrera de las naciones del mundo moderno que ha sabido sacar la espada por ella y morir por ella! ¡Es la que por más dilatados confines ha llevado triunfante el signo de la Cruz! ¡Es su idioma, después del griego y del latín, el que más se ha empleado en la predicación del Evangelio, y en que más preces y alabanzas se han dirigido a Dios Nuestro Señor! ¡Y es, sobre todo, de cuantas cristiandades hay en la tierra, la que más ha amado y enseñado a amar a María Inmaculada!

¡Pueblo tal no puede ser menos de creer en su resurrección, aunque otras cosas juren y perjuren todas las potestades anticristianas de la tierra y del abismo!

Vivimos y morir queremos en esta seguridad, y la sentimos cada año reencarnarse en nuestro pecho, al acercarse la fiesta nacional del 8 de diciembre.

Viva ella también y nunca muera, ni siquiera desmaye, en el corazón de cuantos amamos a María y a España, fundidos estos dos sagrados amores en un solo sacratísimo afecto de religioso patriotismo.

¡No dejemos de confiar en María Inmaculada, que es y ha sido siempre nuestra Madre… no, nuestra Madre no nos abandonará!

(Sardá y Salvany, D. Félix; Año Sacro, Tomo I. Barcelona: Editorial Ramón Casals, 1953)