Carta Pastoral de Adviento del Dr. Irurita

Tres temas son el objeto de la presente Alocución: El temor de Dios, la Inmaculada Concepción y la fiesta de Navidad.

El Santo Temor de Dios.

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Maiestas Domini de Sant Climent de Taüll.

La Iglesia, nuestra Madre, quiere que nos dispongamos debidamente a la digna y provechosa celebración de los misterios de Navidad, avivando en nuestro espíritu el santo temor de Dios por medio de la meditación de las verdades eternas, especialmente del Juicio universal. Celebraremos con fruto los misterios de Navidad, si procuramos que Jesús nazca místicamente en nuestras almas, saliendo del tristísimo estado del pecado, adelantando en el conocimiento y amor del recién nacido, en la imitación de sus virtudes, de sus ejemplos de santidad, que nos da desde la cuna de Belén.

Y para eso, es muy buena y necesaria disposición el santo temor de Dios. Porque este temor es el principio y fundamento de la sabiduría y del amor (Prov., I, 7; Eccl., I, 16): es la madre y custodia de las virtudes; nos libra del pecado (Eccl., I, 27) y nos fortalece para no sucumbir en la hora de la tentación; es necesario para conseguir la salvación eterna, según aquellas palabras con que nos exhorta el Apóstol: Con temor y temblor procurad vuestra salvación. (Philip., II, 12).

«Bienaventurado el hombre que teme al Señor, y que toda su afición la pone en cumplir sus mandatos», dice el Salmista. Y ponderando su ventura, prosigue: «Poderosa será sobre la tierra la descendencia suya: será la generación de los justos. Gloria y riqueza habrá en su casa, y su justicia durará eternamente». (Ps., CXL., 1-3). Cuán precioso don y cuán necesario es el temor de Dios. Necesario particularmente para la práctica de las virtudes difíciles, para el cumplimiento de los deberes arduos. Él sostuvo firmes a los Mártires en sus tormentos, a las Vírgenes en sus tentaciones, a los Confesores en sus penitencias y luchas de espíritu. Él es el que forma a los hombres de carácter austero y fieles en el cumplimiento del deber, despreciadores de temores vanos, de los respetos humanos, del « qué dirán». «Teme a Dios y guarda sus mandamientos —se nos dice en el Eclesiastés (XII, 13)—, porque esto es el todo del hombre». Y el Señor, en su Evangelio (Mat., X, 28): No temáis a los que matan el cuerpo y no pueden matar el alma: temed antes al que puede arrojar alma y cuerpo en el infierno.

Pues ahora, para fomentar en nuestro espíritu el santo temor de Dios, recojámonos dentro de nosotros mismos, en estos días de Adviento, apartándonos del bullicio del mundo y de sus diversiones, meditemos las verdades eternas, especialmente aquella temerosa del juicio universal; y pidamos al Señor, con el Salmista (CXVIII, 120), que traspase nuestras carnes con su temor, para servirle con mayor fidelidad y perseverar en su amor.

La Inmaculada Concepción.

He aquí el primero y más hermoso fruto de la Redención. Se obstinan los herejes en rechazar esta prerrogativa de la Virgen María, diciendo que se opone a la dignidad de Cristo Redentor, porque si Ella no hubiera contraído el pecado original, tampoco hubiese sido redimida, y, por tanto, la Redención no hubiese sido universal.

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Alegoría de la Inmaculada (Juan de Roelas)

Pero la Iglesia Católica, al definir el misterio de la Inmaculada Concepción de María, no pretende excluirla del beneficio de la Redención; antes por el contrario, afirmar que María fue preservada del pecado original en atención a los merecimientos de Cristo Redentor, esto es, que fue redimida con una redención preservativa. Y ¿quién no ve que es más glorioso para Cristo Redentor el preservar del pecado que no el borrarlo después de haberlo contraído, como es más glorioso para un médico el prevenir que no el sanar una enfermedad?

Siendo esto así, debemos celebrar la fiesta de la Inmaculada Concepción con mayor devoción y regocijo este año, Centenario de la Redención, juntando en nuestras alabanzas el Hijo y a la Madre. Organícense Comuniones generales en todas las iglesias; multiplíquense las plegarias ante los altares de María Inmaculada; y pidámosle especialmente que reine en nuestra Patria, que la reconoce por Patrona, para que venga pronto el reinado efectivo de su Divino Hijo.

Navidad.

La alegría cristiana, propia de las fiestas de Navidad, no ha de ser exclusiva de los afortunados, sino que debe extenderse a todos, en alas de la caridad, pues para todos anunciaron los ángeles el gran gozo del Nacimiento del Salvador y cantaron sobre la cuna de Belén: Gloria a Dios en las alturas y paz a los hombres de buena voluntad.

navidadJesús nació pobre, para vivir pobremente y morir, desnudo, en una Cruz. Los pastores vinieron en su socorro con sus sencillos dones, y después, los Reyes Magos con sus ricas ofrendas; y durante su vida pública no faltaron almas generosas que le socorrieron en sus necesidades. ¿Quién de nosotros si hubiéramos vivido entonces, no hubiésemos corrido en socorro de la pobreza de Cristo? Para satisfacer este deseo, Jesús ha querido perpetuarse con los pobres y nos ha dicho: «Lo que hacéis a uno de estos pequeñuelos míos, a Mí me lo hacéis».

Acordémonos de los pobres de Cristo en estos días de Navidad, de los obreros sin trabajo, de los indigentes, de los niños que piden pan; dividamos con ellos las dádivas de la Providencia. Démosle el pan material, que acalla el hambre, y el pan espiritual, bajado de Jesús, único alimento que da hartura y contentamiento completo al alma, favoreciendo con nuestro óbolo la Escuela Católica y las obras de Catecismo.

Barcelona, 27 de noviembre de 1933.

+Excmo. Dr. D. Manuel Irurita Almandoz, obispo de Barcelona.