La Encíclica que condenó el Modernismo (V)

La reacción a la Encíclica.

Entre las filas de los innovadores, que obcecados por el orgullo se creían intocables, la encíclica sembró consternación y rabia. Escribe el profesor Guasco, en un libro editado por las paulinas hace dos años: «El tono usado fue increíblemente severo, podríamos decir ofensivo; y aquellos que se sintieron aludidos no podían no reaccionar a las acusaciones de falsarios, hipócritas y orgullosos.» (20)

La misma noche de la publicación de la encíclica Buonaiuti escribió a su amigo Piastrelli: «Esta tarde publican la encíclica y es terrible. No he querido ver todo el texto, pero por lo que sé es suficiente para comprender que es la condena definitiva de lo que nosotros creemos en el ámbito filosófico y crítico.» (21) Y a Gallarati Scotti escribía: «Por mi cuenta he encontrado la reproducción de mis convicciones científicas y filosóficas más inamovibles.» (22)

loisy y tyrrel
Los modernistas Alfred Loisy y George Tyrrell, ambos excomulgados.

En Inglaterra Tyrrell (ya estaba suspendido a divinis) reaccionó con todos los medios a su disposición, ya fuera a través de las columnas de algunos diarios como el Time y el Giornale d’Italia (donde «volvió varias veces a reiterar el daño incalculable que la Pascendi había causado al movimiento de recuperación de la espiritualidad católica en el mundo») (23), o publicando en el panfleto Mediovalismo. Risposta al card. Mercier, «en el cual repetía las críticas formuladas por los reformadores a las doctrinas de la Iglesia.» (24)

Buonaiuti, en su calidad de director oficial de la Rivista storico-critica delle scienze teologiche, declaraba abstenerse de las disposiciones de la encíclica, obtando después por el anonimato para criticarla. De hecho fue el autor principal del panfleto anónimo Programma dei modernisti. Risposta all’enciclica di Pio X “Pascendi dominici gregis”, fechado el 8 de diciembre de 1907.

Tras haber recordado como los modernistas estaban «inmersos apasionadamente en el alma moderna para estudiar las aspiraciones, compartiendo con un caluroso entusiasmo su ideal de fraternidad universal, descubriendo en sus suspiros los síntomas de un magnífico renacimiento religioso» (25), sentenciaba que «la Iglesia no puede y no debe pretender que la Suma de Santo Tomás responda a las exigencias del pensamiento religioso del siglo XX.» (26)

Luego trataba de refutar punto por punto la Pascendi mediante el principio usado por todos los autores modernistas: la S. Sede no había entendido la complejidad y la riqueza del Modernismo, mostrando así los límites intelectuales del pontificado de S. Pío X. Poco después de su difusión el Santo Oficio golpeó con la excomunión a los autores “anónimos” del panfleto. El atormentado Buonaiuti no tardó en publicar otra obra haciendo apología del modernismo (escondiéndose siempre bajo el anonimato), Lettere di un sacerdote modernista (Cartas de un sacerdote modernista), «el documento más radical y el más alejado de la ortodoxia católica que haya producido el modernismo italiano.» (27)

Murri publicó un libelo, La filosofia nuova e l’enciclica contro il modernismo (La nueva filosofía y la encíclica contra el modernismo), en el cual afirmaba no sentirse aludido por la encíclica, aunque la criticaba «por las sospechas y las desconfianzas que vertía a todo un movimiento de pensamiento y de investigación vastísimo.» (28)

También en Francia, Loisy y demás secuaces del Modernismo difundieron algunos escritos. Después de la publicación de uno de estos, en enero de 1908 la Santa Sede ordenó a Loisy a realizar una declaración de sumisión. El heresiarca respondió con la publicación de otras obras en las que reiteraba sus posturas modernistas. Fue entonces excomulgado, el 7 de marzo de 1908, en la fiesta de S. Tomás de Aquino, simbólica venganza de la ortodoxia escolástica.

Después de la condena continuó por el camino de la herejía, llegando a considerar “la Sociedad de las Naciones como posible sustituto de la administración carismática y eclesial en la vida de los hombres en sociedad”, anticipando de esta forma la posición actual de privilegio y de colaboración de la Iglesia conciliar para con el Mundialismo, promotor de la sociedad multiracial y multireligiosa (29).

En setiembre de 1910 San Pío X, tras solo tres años de la Pascendi, con el Motu proprio Sacrorum antistium repetía la condena al Modernismo, solicitando nuevamente al episcopado poner en práctica las normas de vigilancia indicadas en la encíclica de 1907. Para fortalecer la defensa de la Iglesia de la infiltración modernista, disponía que todo el clero hiciera un juramento antimodernista.

La firmeza de San Pío X diezmó las filas de los maestros del Modernismo, después de la ya citada condena de Loisy. Romolo Murri fue suspendido a divinis en 1907; después de presentarse como candidato a las elecciones políticas de 1909 con el apoyo de socialistas y demócrata-cristianos de la “Liga Nacional”, fue sancionado con la excomunión mayor en marzo de 1909. Salvatore Minocchi (1869-1943), fue suspendido a divinis en enero de 1908, pocos meses después se casó.

También Buonaiuti murió excomulgado: tras una primera excomunión en 1921 se sometió aparentemente, pero persistiendo en sus doctrinas heterodoxas fue excomulgado una segunda vez en 1924, tras la cual ya no hubo reconciliación con la Iglesia. Tyrrell, expulsado de la Compañía de Jesús en 1906 y suspendido a divinis en el mismo año, fue excomulgado en octubre de 1907.

(Carandino, D. Ugo. L’Enciclica che condannò il Modernismo. Amicizia Cristiana, 2005) Traducido por Propaganda Católica.


(20) M. Guasco, op. cit., p. 163.

(21) P. Scoppola, Crisi modernista e rinovamento cattolico in Italia, Il Mulino, Bologna 1961, p. 245.

(22) A. Zambarieri, Il cattolicesimo tra crisi e rinnovamento, p. 399.

(23) D. Saresella, op. cit., p. 77.

(24) Ibidem.

(25) E. Buonaiuti, Le programme des modernistes. Réplique à l’encyclique de Pie X: “Pascendi Dominici Gregis”, Paris 1908, Librairie Critique, p. 8.

(26) E. Buonaiuti, op. cit., p. 10.

(27) M. Guasco, op. cit., p. 169.

(28) D. Saresella, op. cit., p. 76.

(29) D. Saresella, op. cit., p. 79.