La Encíclica que condenó el Modernismo (II)

Los orígenes del Modernismo.

MODERNISMO

Frente a las amenazas revolucionarias del “catolicismo liberal”, que pretendía reformar la Iglesia a partir de una síntesis entre  la doctrina católica y el pensamiento moderno, León XIII publicó el 4 de agosto de 1879 la encíclica Aeternis Patris (8), exhortando a “restaurar el uso de la sagrada doctrina de Santo Tomás”, que debería haber restablecido la base de toda enseñanza filosófica, para evitar aquellos sitemas filosóficos “que en algunos países han contaminado las mentes de los mismos filósofos católicos”.

De hecho, León XIII había individuado en el tomismo el freno a las tendencias más peligrosas: a raíz del documento ( que también provocó críticas encendidas, sobre todo en Alemania y Francia) se formó el llamado “neotomismo”.

A pesar de la encíclica, la crítica protestante y racionalista, el pensamiento fenomenológico y kantiano, siguieron difundiéndose entre las filas católicas, a través del clero liberal que tenía un concepto distorsionado de lo que debería representar el neotomismo; las facultades teológicas se convirtieron, de este modo, en semilleros de enseñanzas distorsionadas: las facultades teológicas de Estrasburgo, Mónaco, Tubinga, la Universidad de Lovaina con monseñor Mercier (que pretendía «repensar los problemas y las soluciones tomistas a la luz de las preocupaciones modernas») (9), el Instituto Católico de París, donde enseñaban Duschesne y Loisy bajo la dirección de D’Hulst («defensor, al igual que Mercier, de un tomismo decididamente progresista, que debía armonizarse con las ciencias experimentales y ponerse en constante diálogo con la filosofía moderna») (10).

Evidentemente fueron las universidades y seminarios romanos los bastiones de la ortodoxia, a través de grandes figuras como el jesuita Louis Billot (1846-1931), profesor en la Universidad Gregoriana y después creado cardenal por S. Pío X por sus méritos contra el Modernismo; el P. Pío de Mandato, adversario tenaz del protestantismo cuando este se difundía en Roma tras la ocupación de 1870; el cardenal Camillo Mazzella (1833-1900), primero profesor en la Gregoriana y luego prefecto de la Congregación para los Estudios. Este último se distinguió por la dura crítica a Mercier y a su enfoque filosófico difundido en la Universidad de Lovaina.

La adhesión siempre incondicional a la filosofía moderna junto con el desprecio a la teología tradicional, por parte de los intelectuales católicos liberales, condujeron al nacimiento del Modernismo. Escribía Arnaldo Cervasato en la introducción al libro del modernista irlandés George Tyrrell (1861-1909), El Papa y el modernismo: «modernismo significa insistencia en la modernidad como principio, es decir, el reconocimiento por parte de la religión de los derechos del pensamiento moderno, de la necesidad de una síntesis no indistintamente entre lo viejo y lo nuevo, sino entre aquello que mediante el análisis crítico es considerado bueno en lo antiguo [prácticamente nada, n.d.r.] y en lo nuevo [prácticamente todo, n.d.r.].» (11)

Evidentemente, la Iglesia no podía permanecer indiferente frente a estas personas que pretendían “re-estudiar” los dogmas, la jerarquía y el culto con el mismo método con el que un físico analiza el mundo de las ciencias naturales!

León XIII, con la carta Testem benevolentiae de enero del 1899, había condenado ya el Americanismo del padre Isaac Hecker (fallecido en 1888) que ponía en discusión la inmutabilidad del dogma.

Tyrrell cantaba alabanzas de estos precursores del otro lado del Atlántico, afirmando que «educados en los principios democráticos (…) tendían a invertir la pirámide jerárquica (…) para devolverla nuevamente a su amplia base, como algo que se apoya sobre fundamentos terrenos y no parezca caída de cabeza del espacio aéreo.» (12)

El pensamiento del heresiarca irlandés resume el Modernismo: reducir la religión revelada, cuya ortodoxia ha sido encomendada a la jerarquía de la Iglesia, a un inmanentismo religioso cuya continua evolución es dirigida por una estructura eclesial democrática.

La corriente modernista se difundió en toda Europa, no solo con las obras de Tyrrell sino con otros escritos de los franceses Loisy, Houtin, Laberthonnière, Sabatier, Le Roy, el alemán Schell y el austriaco von Hügel.

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Romolo Murri. Fue impulsor de la Democracia Cristiana, suspendido a divinis y excomulgado. En 1943 Pío XII le revocó la excomunión.

En Italia el movimiento modernista tendrá entre sus máximos exponentes a Ernesto Buonaiuti, Romolo Murri y Antonio Fogazzaro. Un poco en todas partes surgieron revistas de cariz modernista, que circulaban discreta pero eficazmente entre el clero joven italiano. Destacan Il Rinovamento, Battaglie d’oggi, Nova et vetera, La cultura moderna Coenobium (estas dos últimas con la redacción en Tesino, pero bien conocidas en las diócesis italianas).

La figura de Romolo Murri (1860-1944) está ligada a la “democracia cristiana”, aplicación política del Modernismo, tema demasiado complejo para ser tratado en este artículo. Baste recordar que el partido democristiano de la época, la “Lega Democratica Nazionale”, del cual Murri fue uno de los principales exponentes, fue definitivamente desautorizado por San Pío X, el cual amenazó con la suspensión a divinis a los eclesiásticos que formasen parte de él, para poner “un dique eficaz a esta confusión de ideas y a este aumento de espíritu de independencia” (13).

Sobre el problema de la independencia del laicado católico respecto de la jerarquía, condenando la “democracia cristiana” del movimiento francés del Sillon, S. Pío X escribirá que “conviene que la milicia sacerdotal se mantenga en una esfera superior a las asociaciones laicas, aún las más útiles y animadas del mejor espíritu.» (14).

(Carandino, D. Ugo. L’Enciclica che condannò il Modernismo. Amicizia Cristiana, 2005) Traducido por Propaganda Católica.


(8) Aeternis patris, en Lettres Apostoliques de S. S. Leon XIII, Maison de la Bonne Presse, Paris, t.I, pp. 42 ss.

(9) D. Saresella, Modernismo, Editrice Bibliografica, Milano 1995, p. 8.

(10) Ibidem.

(11) A. Cervasato, introduzione a G. Tyrrell, Il Papa e il modernismo, Edizioni Enrico, 1912, p. IX-X.

(12) G. Tyrrell, Da Dio agli uomini, 1907, p. 90.

(13) M. Guasco, op. cit., p. 145.

(14) Condamnation du “Sillon”, en Actes de S.S. Pie X, Maison de la Bonne Presse, Paris, t.V, p. 140.