En el mes de las ánimas (Año Sacro)

Suelen algunas personas piadosas dedicar especialmente al sufragio por los fieles difuntos, no el solo día 2 de Noviembre, o el solo novenario que en él se acostumbra practicar, sino el mes entero, como se dedica Marzo a San José, Mayo a María Santísima y Junio al Sagrado Corazón de Jesús.

Hay manualitos expresamente compuestos para emplearse en tan santo y saludable ejercicio, sancta et salubris cogitatio, como le llama la Escritura. Pero nosotros, sin negar que tales libros son para el común de los fieles de mucha utilidad preferiríamos que en esto como en todo cada cual procurase sacar algo de su propio fondo, sin pedirlo prestado a otro más que en caso de absoluta necesidad.

Así este ejercicio del mes de las ánimas puédelo cualquiera practicar con sólo avivar eficazmente la intención de que todo cuanto haga en esas semanas sea con esta intención ofrecido, y procurando con igual intención aumentar en cualidad, cantidad y fervor las buenas obras ordinarias del resto del año. Vamos a especificar estas obras.

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En primer lugar, el santo sacrificio de la Misa, que es sufragio por excelencia, óigase cada día durante este mes, u óigase dos veces cada día, y ofrézcase con particular devoción por las benditas almas, añadiendo a él rezos adecuados, como el santo Rosario, Salmos penitenciales, Oficio de difuntos, etc.

Los santos sacramentos de la Confesión y Comunión son moneda de oro para el rescate de los cautivos del purgatorio, y duele ciertamente que, teniéndola todos tan a la mano, no la enviemos allá con más prodigalidad. Pídase permiso, pues, para mayor número de Comuniones cada semana, o para practicarla cada día, o súplase lo que buenamente no se pueda con el provechosísimo acto de la Comunión espiritual, que se puede repetir sin escrúpulo cuantas veces se quiera.

La limosna al pobre, al enfermo, al afligido, es un sufragio tan valioso como desdichadamente olvidado de los cristianos de hoy. Redimir con limosnas los pecados es frase muy gráfica de los Libros Santos, que no sé cómo no traemos continuamente a la memoria. Meter, pues, más a menudo la mano en el bolsillo para alargarla al necesitado, subir alguna vez más la buhardilla o cuartucho de la familia desvalida, prodigarse un poco a los tristes y cuitados, he aquí un sufragio del que sacan provecho tres: el que lo practica, aquel con quien se practica y el alma por la que se practica.

¿Y qué diremos de los actos de mortificación propia? Son también excelentes sufragios, y con gran aumento de nuestra propia santificación los podemos utilizar. Los achaques del cuerpo, las inquietudes del alma, las rarezas de nuestros hermanos, las persecuciones de la envidia, las infidelidades de los amigos, todas espinas grandes o chicas, de las que hemos de traer todos nuestra respectiva corona mientras acá vivimos, todas esas, digo, se pueden ofrecer en alivio de nuestros hermanos difuntos y serles de gran descargo ante la justicia de Dios.

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Nada decimos de los rezos, meditación, visitas al Santísimo Sacramento, etc. porque esto ya es lo usual entre los buenos cristianos que se acuerdan del Purgatorio. Sólo quisiéramos llamar la atención sobre el Rosario en familia, que tan en desuso va cayendo en algunas partes, y que es la fórmula más hermosa de rezo doméstico y al que tantas gracias ha concedido la Iglesia. Y también recomendar la visita al Santísimo Sacramento, donde entre otros puntos que pueden íntimamente tratarse con el dulcísimo Esposo de las almas allí escondido, es sin duda uno de los más tiernos y devotos el de la intercesión por las benditas almas.

¿Y qué diremos de las indulgencias así plenarias como parciales, moneda acuñada, o mejor letras o vales que Dios nos permite girar en favor de nuestros hermanos del Purgatorio, con sólo que de ellos hagamos la debida aplicación? ¿Cuántas de esas indulgencias no puede ganar y girar allá un cristiano medianamente diligente y cuidadoso de aprovecharlas?

Y todo esto se puede ofrecer en conjunto al principio del mes en aquel día tan solemne de Todos los Santos, por la tarde, día tan saturado del recuerdo piadoso de los difuntos; o renovar la intención cada mañana de Noviembre por medio de un breve ofrecimiento al Sagrado Corazón; o repetirlo (y sería lo mejor) a cada una de las obras si hay fervor para darles alma y vida a estos nuestros actos, alma y vida que con sola la atención habitual ya tienen, pero más lánguida y como adormecida. ¡Dichoso quien pudiera hacer todas sus buenas obras con plena atención e intención actual! Poco tendría este que envidiar a los Ángeles del Cielo.

Hagamos, pues, algo, algo más durante este mes por las benditas almas. Ellas mismas nos lo devolverán.

(Sardá y Salvany, D. Félix; Año Sacro, Tomo II. Barcelona: Editorial Ramón Casals, 1954)