Homilía del XXIVº Domingo después de Pentecostés

Homilía del XXIVº Domingo después de Pentecostés por D. Ugo Carandino, iglesia de San Luis Gonzaga en Albarea (FE), 4 de noviembre del 2018.

En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Alabado sea Jesucristo, sea por siempre alabado.

Queridos hermanos,

Hoy es el vigesimocuarto domingo después de Pentecostés y se recupera el cuarto domingo después de Epifanía, con la memoria de San Carlos Borromeo y de los santos mártires Vidal y Agrícola, dentro de la octava de Todos los Santos. Recomiendo el sufragio por las santas almas del Purgatorio y tratemos de poner en práctica aquello que nos recomienda la Iglesia, rezar por los difuntos y visitar el cementerio, en particular durante la primera mitad del mes, ya que dichas prácticas están enriquecidas por las santas indulgencias de la Iglesia.

El Evangelio de hoy es el de la tempestad calmada. Jesús y los apóstoles se encuentran en una embarcación en el lago Tiberíades y les sorprende una tormenta, que será aplacada por la omnipotencia divina de Jesús. En cada alma podemos encontrar, y de hecho está, la tormenta de las pasiones. Aunque con la omnipotencia divina se pueden y se deben aplacar y vencer dichas pasiones. Esto es lo que han hecho los santos en un modo heroico.

lema san carlos
Escudo de los Oblatos de los Santos Ambrosio y Carlos.

Hoy, de hecho, la Iglesia celebra uno de los santos más significativos, San Carlos Borromeo. Me gustaría recordaros algunos aspectos de su vida y de su santidad al servicio de Dios y de las almas. San Carlos Borromeo vivió en el siglo XVI, un siglo decisivo para la historia de la Iglesia. Fue una época en la cual la Barca de Pedro estaba siendo sacudida por la tormenta de la denominada “reforma” de los herejes, y que encontró un poco la paz con aquella Reforma guiada por el Espíritu Santo, que no fue otra que la Contrareforma Tridentina.

San Carlos nació en una familia aristocrática, pero al no ser el primogénito y siguiendo la costumbre de la época fue encaminado hacia la vida eclesiástica, una costumbre no muy agradable cuando no se tenía vocación. Sin embargo San Carlos se tomó en serio su camino, deseando santificarse sirviendo a Dios; y sirviendo a Dios servía lógicamente a la Iglesia, lo que significaba servir a las almas. Siguiendo de nuevo la costumbre de la época, ya que era sobrino del Papa reinante, con tan sólo veintidós años recibió el cardenalato, a modo de título puesto que todavía no había recibido la consagración episcopal.

A esta edad tan joven participó en las últimas sesiones del Concilio de Trento, no como un simple espectador sino como protagonista. Mostró en todas las ocasiones su celo, su piedad y su ciencia, particularmente defendiendo el concepto de misa como renovación del Santo Sacrificio de la Cruz, frente a la idea protestante que se estaba difundiendo de la misa como memorial de la última cena. También con el mismo vigor defendió los dos sacramentos fundamentales de la sociedad cristiana: el sacerdocio y el matrimonio. Será precisamente San Carlos quien indicará el camino a seguir para, por lo menos, la organización de la formación de los sacerdotes, esto es, los seminarios. Con este vigor defenderá también la santidad del sacramento del matrimonio.

Tres años después recibirá la consagración episcopal. A los veinticinco años será obispo y nombrado pastor de la diócesis más grande de aquél tiempo, la diócesis ambrosiana de Milán (que actualmente sigue siendo muy extensa). Una vez llegado a Milán, en la cátedra que un día fue de San Ambrosio, se manifestó en manera más perfecta su celo por la causa de Dios y de la Iglesia. Comenzó precisamente por vigilar la formación de los sacerdotes, para dar a la diócesis y a las familias buenos sacerdotes, formados según la buena doctrina y con una piedad profunda. Esto es, reformando los seminarios. También en las casas de vida religiosa trató de poner orden allí donde había entrado el desorden, para re-ordenar la vida de estos consagrados y consagradas. No solamente esto, sino que se desvivió por toda la archidiócesis, no era solo obispo de Milán sino obispo de todos los pueblos de la vastísima diócesis de Milán. Se desplazará, mediante varias visitas pastorales, a cualquier rincón y pueblecito para confortar, bendecir y confirmar en la Fe las almas allí presentes, verdaderamente como un buen pastor.

Sin embargo, en su camino encontrará la peste: por un lado, la peste que conocemos a través de las páginas de Alessandro Manzoni, entregándose en primera persona para aliviar la miseria material de tantos desdichados golpeados por dicha enfermedad y a sus familias. Sacará en procesión las reliquias más importantes de la archidiócesis para invocar y aplacar la clemencia de Dios. Tan grave fue la situación que unos decenios más tarde San Luis Gonzaga morirá de peste por haber cargado en sus hombros a un apestado y socorrer a este infeliz.

Pero no solo se encontrará en su camino la peste material. San Carlos tuvo que enfrentarse también contra la peste de la herejía, mucho peor que la peste anterior. En particular en la parte suiza de la archidiócesis, por donde bajaba del norte de Europa la peste de la herejía protestante. Hizo uso él mismo de la Santísima Inquisición, una institución providencial para frenar la peste de la herejía y gracias a ello no penetró en la Lombardía ni en el norte de Italia. Era pues un pastor que amaba las almas, como aquellos médicos celosos que hacían cualquier cosa, incluso arriesgando sus vidas, para ayudar a los apestados; del mismo modo este pastor de gran celo hacía cualquier cosa para arrebatarle las almas a la herejía, y así salvar las almas del peligro de la condenación eterna. Gracias a San Carlos Borromeo la peste de la herejía no penetró en las tierras gobernadas por él.

La tercera peste a la que tuvo que hacer frente fue la peste de un proto-laicismo. Desde hacía décadas la sede episcopal de Milán no la ocupaba el obispo titular y la autoridad civil de la época había aprovechado la ocasión para invadir el ámbito de la Iglesia, negando los derechos de Ésta. Así las cosas, San Carlos frente a la prevaricación de esta autoridad laical elevó su voz para defender los derechos de Cristo y de la Iglesia. El mismo San Pío X, en la encíclica que escribió para el tercer centenario de la canonización del santo, usó palabras muy severas contra ese error contemporáneo, de tiempos de San Pío X, enlazándolo con los errores de la época de San Carlos. Tal fue la situación que algunos gobiernos masones europeos, el francés en particular, formularon duras críticas a la encíclica de San Pío X porque se sentían personalmente aludidos.

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San Carlos confortando con el Viático a un moribundo.

Todo esto, ¿Para qué? Para cumplir con su cargo de pastor de almas. Un redil al que amar, defender y gobernar para asegurar la salvación del mayor número de almas. A San Carlos le gustaba repetir que las almas se salvan con las rodillas, arrodillándose frente al Sagrario. En los lugares más limítrofes de su diócesis las iglesias habían sido devastadas, los santos altares destruidos, los comulgatorios abatidos, las imágenes de los santos arrebatadas, etc. Había entrado la herejía con todo lo que ella conllevaba. Se trataba pues, al pie de los altares y delante del Santísimo Sacramento, de obtener la gracia del Señor para enfrentarse a todo ello. Y como ya os he dicho, este mal funesto fue frenado; y con las rodillas, aunque también con los pies —recorriendo tantas veces de manera extraordinaria toda la diócesis—, salvó las almas de su ovejas.

Con 46 años se apagó, agotado por el cansancio de los viajes, de los combates… Pero había resultado victorioso. Como tantos santos se apagó a una edad joven porque lo había dado todo por el Señor. Incluso en vida fue un modelo para tantos otros santos de la época de la Contrareforma, que fueron animados por su figura y confirmados en los mejores propósitos, y con su intercesión ayudados en su propia misión.

Es por lo tanto la figura de un gran servidor del Señor, él que puso toda su vida al servicio del Señor. Se merece este santo, por lo tanto, ser invocado, conocido en la medida de lo posible y ser recordado. Fue un santo que gastó toda su vida para asegurar el Paraíso a su alma y a las almas a él encomendadas. Y ahora está en el Cielo, rodeado de todas las almas que salvó, edificó, enseñó, consoló y arrancó a la herejía; mientras que en el otro lugar están los innovadores con las almas que engañaron, sedujeron y condujeron a la perdición. Es así, en la Eternidad donde obtenemos el resultado, la consecuencia de la vida terrena.

Al incio de la encíclica de San Pío X, el Papa recordaba como la memoria del justo es eterna. Y también aunque haya muerto el justo habla, por ello el recuerdo de San Carlos es verdaderamente eterno, que está en gloria en el Paraíso y su santidad todavía habla. Sus escritos y sus obras nos hablan. Se trata entonces, con fe y con humildad (la humildad que era su lema) de recurrir a su intercesión y ayuda.

Que San Carlos nos ayude en este mes de noviembre a vencer la tormenta de las pasiones de nuestra alma, a poner orden, combatir nuestros defectos y no acumular deudas delante del Señor; antes bien, expiar las deudas acumuladas en nuestra vida y pensar en nuestros hermanos y hermanas que nos han precedido en la Eternidad y ofrecer sufragios por las almas del Purgatorio.

En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Alabado sea Jesucristo, sea por siempre alabado.