Homilía en la Festividad de Cristo Rey

Homilía en la Festividad de Cristo Rey por D. Francesco Ricossa, iglesia de San Luis Gonzaga en Albarea (FE), 28 de octubre del 2018.

En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Alabado sea Jesucristo, sea por siempre alabado.

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Todos nosotros tenemos un gran afecto a esta festividad de Cristo Rey, que fue introducida tardíamente en la liturgia (si es que se puede decir así)­­ al término del Año Santo de 1925, con la encíclica Quas Primas del Papa Pío XI. La podéis encontrar en la red, solamente hay que buscarla en Internet en la misma web del Vaticano para quien no la tiene en libro. Y como sabéis el nuncio dijo a Mons. Lefebvre: “Hoy el papa -papa por decirlo de alguna manera- no escribiría ya esta encíclica”. Sin embargo, esta encíclica fue escrita por el Papa Pío XI para precisamente alertar a los fieles católicos de un gravísimo error: el laicismo; y recordarles a su vez una verdad de fe que es la Realeza de Jesucristo. Que Jesucristo sea Rey debería ser una cosa evidente ya que el mismo nombre de Cristo significa esto, Cristo, es decir, el Mesías o Aquél que ha sido consagrado con el óleo santo en una ceremonia y que antiguamente se hacía a los reyes, a los sacerdotes y a los profetas, o sea a aquellos que hablan a los hombres en nombre de Dios.

Ahora bien, Jesucristo asume en su única persona de manera eminentísima estos tres títulos: el de Sumo Sacerdote, que ha ofrecido su sacrificio ofreciéndose a si mismo como víctima sobre el altar de la Cruz; el de Rey de reyes y Señor de los señores, objeto de la festividad de hoy; y luego el de aquél que habla en nombre de Dios, no como los otros profetas sino siendo mucho más ya que Él mismo es el Hijo de Dios.

Primero Dios nos habló a través de sus servidores y luego nos ha hablado a través de su propio Hijo. Jesús por lo tanto es el Cristo, esto es, el Rey. Y a la pregunta de Pilatos durante el proceso que condujo al Señor delante del procurador romano, “¿Eres tú rey?” -Jesús responde- “Tu mismo lo has dicho, yo soy Rey”. De hecho la sentencia que llevará, un documento oficial y público, proclama a Jesucristo Rey de los judíos. Aunque no solamente de los judíos sino que en realidad lo es de todos los pueblos, puesto que el Mesías debía venir no solamente para un pueblo sino por la humanidad entera.

La encíclica nos recuerda los motivos por los cuales Jesucristo es Rey. Ved ya que Dios es el Señor de todas las cosas, de hecho a Dios lo llamamos “el Señor”. Y Señor significa Aquél que tiene un dominio absoluto y total sobre toda cosa ya que Él es el Creador. Consecuentemente todos los hombres y toda las sociedades humanas tienen el deber, aunque fuera solo por la mera luz de la recta razón que nos enseña que existe un Dios, de reconocer la soberanía de Dios y de proclamarla. Nosotros, sin embargo, hoy no celebramos tanto la soberanía del Señor, de Dios, sino la de Jesucristo en cuanto hombre, ya que Jesús es verdadero Dios y verdadero Hombre.

Dios tiene un rostro, se ha hecho hombre en Jesucristo; Dios tiene un Nombre que es el del Padre, el del Hijo y el del Espíritu Santo; y el Hijo se ha hecho Hombre en Jesús. Y Jesús, no solamente como Dios es Rey de todas las cosas, sino como Hombre también es Rey de todas las cosas. El Apocalipsis le da este título: «Rey de Reyes» (Rex regum) y «Señor de los señores» (et Dominus dominantium). Nuestro Señor Jesucristo por lo tanto es Rey y tiene todas las funciones reales, de modo que su realeza no sea un atributo o título en vano, como tantos reyes de hoy que no sirven para nada. Pío XI dice que un rey, en el verdadero sentido de la palabra, debe tener el poder legislativo, el poder judicial y el poder ejecutivo. Debe pues poder hacer leyes para gobernar a los hombres a él encomendados y debe poder juzgarlos e incluso castigarlos o premiar según su propio comportamiento y la observancia de la ley. Y Jesucristo por lo tanto acapara todo esto: es Legislador, ya que la Nueva Alianza y el Nuevo Testamento es su Ley y es Juez, ya que vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos.

Pero, ¿Es solamente un rey espiritual o es también un rey temporal? Ciertamente es sobre todo y antes que nada un Rey espiritual, Él mira en primer lugar por la salvación de las almas, la vida sobrenatural. Él no ha venido a la Tierra para expulsar de su trono a Herodes, a César o a cualquier otro soberano de su tiempo o de hoy. No era como pensaban los judíos ese mesías puramente humano que con sus ejércitos humanos debía someter al pueblo de Israel el mundo entero. Esto era lo que soñaban los judíos, pero lo ha refutado claramente Jesús y lo recordó a Pilatos: “Mi reino no es de este mundo, sino del otro”. Más aún, Pío XI recuerda en su encíclica que erraría gravemente y de forma vergonzosa aquél que negara a Jesucristo una realeza temporal. Y este es el error del laicismo.

Este error es un error que va contra la Revelación cristiana y contra la enseñanza de la Iglesia, y es el error de nuestro tiempo. Vivimos inmersos en este error que consiste en el afirmar que pese a que un hombre en la intimidad de su conciencia puede dar culto a Dios y adorarlo, puede hacerlo como persona privada e individual. Pero cuando los hombres se reúnen y crean una sociedad: sea la familia, la escuela, el mundo del trabajo, la justicia e incluso el Estado, allí todo debe ser laico, es decir, sin Dios. Bien, esto es una herejía, es una negación del Reinado Social de Cristo y como enseñaba el Papa es “una peste”. Esto es, un mal mortal por un lado y contagioso por el otro. Al contrario, Jesucristo debe ser reconocido no solo por el individuo sino también por la sociedad como Rey de reyes y Señor de los señores, reconociendo su Divinidad y rindiéndole un culto público y oficial, también por parte del Estado. Éste debe inspirarse en su Ley Evangélica para las leyes que nos deben regir y prohibir aquello que injuria, ofende y contradice la Voluntad Divina y la Dignidad de Nuestro Señor Jesucristo. Así eran todos nuestros países hasta la llegada de la Revolución, que antes o después, en uno u otro lugar y gradualmente, por etapas, ha acabado triunfando según aquél grito que fue primero el de Satanás: “No serviré” (Non serviam). Grito que después fue retomado por los enemigos de Cristo como se lee en el Evangelio: nolumus hunc regnare super nos, “no queremos que Éste reine sobre nosotros”. O aquél otro que profirieron los judíos durante la Pasión de Jesús. Les dice Pilatos: “Crucificadlo vosotros ya que es vuestro rey”, a lo que los judíos respondieron: “nosotros no tenemos más rey que el César”.

Si se quita a Jesucristo no queda otro rey que el mismo Estado, el cual sin embargo no tiene ya una verdad, una guía, una consagración por parte de Dios. No tiene ningún límite por parte de la Ley Divina y natural. Y tomando el lugar de Dios se convierte en un Estado tiránico, aunque adopte el nombre de democracia. Es tiránico porque no tiene ningún límite basado en la ley natural ni divina, ni por la Verdad Primera que es Dios y al cual todos deben obedecer.

Jesucristo ha conquistado su Realeza también como hombre. Primero por nacimiento porque es el Hijo de Dios, mediante la Encarnación; después por conquista porque ha conquistado su Reino con su Pasión -nuestro Rey reina desde la Cruz-; y después porque el mundo entero ha sido hecho para Él como nos dice la Epístola de San Pablo a los Colosenses que os he leído. Cuando Dios creó el mundo ya tenía en mente a Cristo como Rey, ya lo veía a Él como perfección de la Creación y toda la Creación es para Jesucristo, que por lo tanto es verdadera y plenamente el Señor. Esta ha sido hecha en Jesucristo, por Jesucristo y para Jesucristo. Pues bien, también es cierto que Jesús nos dice: “Reinaré a pesar de mis enemigos”. Jesucristo reina sobre aquellas sociedades que reconocen su realeza: ya sean las familias, las empresas, los Estados, las coronas… Si reconocen a Jesucristo Él reina otorgando sus beneficios, los beneficios de la Ley del Evangelio, de esa luz que el Evangelio da incluso a la razón humana y que se expanden sobre todos aquellos que reconocen a Jesucristo como su Rey. Pero Jesús, sin embargo, también reina sobre sus enemigos, sobre aquellas impías e infames sociedades que rechazan a Jesucristo so pretexto de neutralidad, laicidad, de la igualdad de todos los cultos, de la incredulidad y del escepticismo.

Ahora bien, ¿Cómo es posible que reine Jesús sobre estas sociedades? Dejándolas ir hacia su propia ruina, porque estas sociedades tienen en sí mismas el germen de la corrupción, de todos los males que nosotros padecemos y de toda la corrupción que tenemos y vemos, las monstruosidades infernales que debemos aguantar, etc. Todas ellas son como un castigo divino bien merecido por el haber rechazado a Jesucristo. Este es nuestro gran mal, el cual padecemos.

Escuchaba recientemente en la radio, algunos días atrás, como una asociación pseudocatólica titulada “Wojtyla” que colabora con el Gobierno y busca practicar el diálogo entre las religiones: entre el cristianismo, el hebraísmo y el Islam en particular. ¿Haciendo qué? ¿Dar a conocer la verdad del cristianismo al infiel? No. ¿Qué es lo que quieren que conozcan, por ejemplo los islamistas, para que lo acepten? No el Evangelio sino la Constitución. La Constitución para estos excatólicos, para estos modernistas, toma el lugar del Evangelio aun siendo esta Constitución atea. En 1948 los padres constituyentes rechazaron, planteado sí que lo fue, no solamente reconocer la realeza de Jesucristo sino también mencionar a Dios. El Concordato, en cambio, fue rubricado comenzando con las palabras de “En nombre de la Santísima Trinidad”. Pero nada de esto aparece en la Constitución de la República. El Estatuto, aunque de menos peso, en el artículo primero reconocía la Religión Católica Apostólica y Romana como la Religión del Estado, rindiendo a Jesucristo y al Verdadero Dios el culto debido -al menos en la letra o en teoría-. No obstante, en el texto de 1948 ya no se menciona a Jesucristo y ni siquiera el nombre de Dios. Y así, colocando la Constitución en el lugar del Evangelio ¿Qué se obtiene? El ateísmo. Ciertamente el Evangelio no es un código civil, es obvio, pero nos da las luces y los principios que nos deben guiar e inspirar.

Esto es lo que tenemos, el ateísmo, no proclamado pero que impide nombrar a Dios. Luego cuando la Corte Constitucional cuando interpreta las leyes, si son conformes a la Constitución o no, ciertamente fuerza y agrava el texto de la Constitución. Pero no obstante en cierto sentido no trastoca su espíritu. Por ejemplo, cuando ha declarado que era conforme a la Constitución el divorcio, luego el aborto y ahora recientemente ha invitado al Parlamento a pronunciarse sobre el fine vita, es decir, el suicidio, la eutanasia. Es decir, la licitud del suicidio o asesinar a otro que solicita ser asesinado. Hemos visto ya en otros países como bebés y niños son asesinados aparentemente por su propio bien, aunque en realidad es por el egoísmo de quien lo asesina y por el Demonio que es quien inspira estas leyes, puesto que es Homicida desde el principio. Así pues, ¿es la Constitución un baluarte contra estas monstruosidades? Absolutamente no, viendo que quienes la interpretan y son sus custodios y jueces nos imponen estas leyes que no son leyes sino afrentas no solo contra la ley de Dios sino también contra la ley natural.

Así vemos como desgraciadamente la sociedad laica da sus frutos, frutos tristemente también contra nosotros. Son enemigos de cada uno de nosotros, personalmente. Pensemos en la escuela laica, así llamada (aunque ni siquiera aquellas que se dicen católicas se distinguen apenas de las escuelas laicas). Y vemos como los jóvenes, aunque educados por padres católicos, honestos, buenos, sanos… son cotidianamente adoctrinados con enseñanzas contrarias a Dios. A veces no les hablan mal de Dios, no, quizás no; pero muchas veces sí y peor aun cuando hablan de la Iglesia fundada por Nuestro Señor. Y tantas otras veces ni Dios ni la Religión se nombran y el veneno es propagado poco a poco en casi todas las asignaturas de tal forma que el laicismo, la incredulidad y el ateísmo triunfe entre tantos de ellos. Tantas almas inocentes se pierden y quizás para siempre.

Esta es la realidad, por lo que son enemigos personales de cada uno de nosotros, quieren el mal de cada uno de nosotros. Toda la sociedad está estructurada de tal forma para favorecer la condenación de las almas, no para facilitar su salvación. Así pues, todo católico consciente de dicha situación debe ser un militante bajo la Bandera de Jesucristo Rey y debe, sin duda alguna, hacer lo que pueda para que al final Jesucristo reine en la sociedad, pero comenzando por lo más básico, en uno mismo, que reine Jesucristo en su propia alma, viviendo en gracia de Dios, y después en nuestra familia. Al menos que Jesucristo reine en nuestra casa que tantas veces ni siquiera esto sucede ya.

Señor, tened piedad porque vuestra ausencia es el más grande los castigos. Os han expulsado y Vuestra ausencia es el más grande de los castigos y Vuestra presencia la mayor de las gracias. Volved a Reinar en medio de nosotros, porque si no reináis vos lamentablemente reina Satanás, el príncipe de este mundo que no quiere otra cosa que dispersar, matar y sacrificar las almas que Tú Señor has creado y que Tú has redimido con tu sangre.

En el Nombre de Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Sea alabado Jesucristo, sea por siempre alabado.